La gesta patriótica de abril de 1965

Juan Bosch0

Al amanecer del 27 de abril de 1965, apoyado por unidades blindadas, un contingente de tropas de infantería del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA) se dispuso a tomar por asalto las posesiones del Ejército Constitucionalista apostadas en la cabecera occidental del puente Duarte. Los estrategas de San Isidro pensaban que disponían de fuerzas militares suficientes como para acabar de una vez por todas con la resistencia de los constitucionalistas. Erróneamente estimaban que los seguidores del depuesto presidente Juan Bosch y del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez no disponían de tropas ni de armamentos para hacer que las embestidas de los del CEFA fracasaran; y que a esos militares rebeldes no les quedaban más opciones que rendirse o desencadenar una batalla desesperada con ribetes de suicidio. De su parte, los estrategas constitucionalistas consideraron que taponar la dirección del ataque no bastaba para frenar el avance de las tropas de San Isidro; y que más importante que la creación de una línea de resistencia era aprovechar la reacción moral de los soldados y de los combatientes civiles para exigirles la presentación de una resistencia a ultranza donde el ataque del enemigo tuviera lugar. Algo parecido a la táctica empleada en la Segunda Guerra Mundial por el mariscal soviético G.K. Zhukov para detener a los ejércitos nazis en las puertas de Leningrado. Dicha táctica, a los estrategas militares norteamericanos y a los oficiales dominicanos egresados de la Academia de Las Américas podría parecerle tan vaga como ilusoria; pero era la más llamada a emplearse en explotar la energía y el deseo de vencer de un reducido cuerpo de ejército alentado por una multitud dispuesta a batirse hasta el final.

Alrededor de las nueve de la mañana de ese día 27 de abril de 1965, las tropas de San Isidro iniciaron su acometida. Previo al inicio de ésta, aviones P-51 y Vampiros procedentes de la Base Aérea de San Isidro bombardearon las posiciones de defensa de los constitucionalistas y los campamentos militares 16 de Agosto y 27 de Febrero en poder de estos. Por horas, esos ataques no cesaron; se sucedían unos tras otros empleando diversas clases de armamentos: bombas, cañones, morteros, metrallas y otros. Los barrios de Borojol y de Mejoramiento Social componían la primera línea del frente. Los proyectiles de artillería caían por todos lados y las llamas ascendían a los tejados de algunas de las viviendas de esas dos populosas barriadas de la ciudad de Santo Domingo. Todos esos ataques fueron rechazados por un ejército popular en formación. Después de más de tres horas de combate, viéndose imposibilitadas de romper la resistencia de sus oponentes, las tropas del CEFA optaron por retirarse, después de haber sufrido numerosas bajas y de dejar abandonados en su huida valiosos armamentos de guerra, incluyendo cinco tanques AMX de fabricación francesa y varios carros de asalto. De nuevo el Ejército Constitucionalista controlaba gran parte de la ciudad de Santo Domingo.

El escritor Efraím Castillo apuraba una taza de café en la cafetería “El Sublime” de la calle del Conde, lugar preferido de artistas e intelectuales de la época. Ese día, dicho establecimiento estaba lleno de parroquianos y, debido al calor asfixiante, todas sus puertas y ventanas permanecían abiertas. Un aparato de radio conectado a unos altoparlantes se encontraba encendido a todo volumen. Se escuchaba dentro del local la voz metálica de la popular cantante Elenita Santos. El programa de música a menudo era interrumpido para dar paso a boletines de noticias sobre la marcha de los acontecimientos: ¡Atención, Mucha Atención, Pueblo Dominicano! ¡Se espera de un momento a otro la llegada al país del Presidente Constitucional de la República, Profesor Juan Bosch! ¡Las Tropas del Glorioso Ejército Constitucionalista aplastaron a las del CEFA en el puente Duarte!

Hablando a voces para hacerse oír de los presentes, Efraím Castillo sopesaba las consecuencias de la derrota de las tropas de San Isidro en la Batalla del Puente Duarte. Asumiendo pose de estratega, el conocido intelectual trataba de explicarles a sus contertulios que para aplastar a los generales y coroneles golpistas, los jefes militares constitucionalistas deberían continuar repartiéndoles armas a los combatientes civiles, especialmente a aquellos militantes de partidos de izquierda. No sabía que, en esos mismos momentos, en la intersección de la avenida Mella con Duarte, unos hombres repartidos en pequeños grupos recibían instrucciones de parte de unos sargentos del Ejército Constitucionalista sobre el manejo del fusil máuser y sobre el uso de ametralladoras ligeras.

Alrededor de las 10 de la mañana del 30 de abril de 1965, el jefe del Ejército Constitucionalista, coronel Juan Lora Fernández, dispuso que sus unidades blindadas abrieran fuego contra las puertas de entrada de la Fortaleza Ozama, sede de las tropas contra motines de la Policía Nacional, de los odiados “cascos blancos”; y que las tropas bajo su mando asaltaran el fortín.

El comandante de las tropas policiales, coronel Manuel Valentín Despradel Brache y su segundo al mando, mayor Robinson Brea Garó, aunque serenos y confiados, no tenían ningún plan de defensa concertado con los demás cuarteles policiales, los cuales ya habían caído en manos de los constitucionalistas. Los policías cascos blancos situados en la primera línea de defensa cayeron abatidos por ráfagas de ametralladoras 50 emplazadas en los edificios cercanos al fortín colonial. Se escuchaban los gritos de horror de los agentes. El despiadado ataque de los militares constitucionalistas se detenía por momento para volver a recobrar su vigor. Policías y oficiales cascos blancos trataban de escapar de ese infierno a través de las murallas que separaban el fortín de los depósitos de las aduanas, perseguidos de cerca por soldados constitucionalistas y combatientes civiles. Se oían gritos y clamores provenientes de la Torre del Homenaje. Era una orgía de sangre y una espantosa carnicería. Fueron pocos los policías que lograron evadirse. La mayoría de ellos cayó prisionero o falleció en combate. El poeta Miguel Alfonseca no salía de asombro. Los gritos de los soldados y oficiales constitucionalistas conminando a los cascos blancos a rendirse lo hacían evocar lo ocurrido en Francia en 1789, durante la toma de La Bastilla.

Vencidas las tropas de San Isidro en la Batalla del Puente Duarte seguida de la caída de la Fortaleza Ozama y del apoyo manifiesto a la causa constitucionalista de parte de la mayoría de las guarniciones militares del interior del país movían a dar como un hecho el retorno al poder del depuesto presidente Juan Bosch y la puesta en vigencia de la Constitución de 1963. Nunca el pueblo dominicano se había sentido más libre que antes. No sospechábamos que lo peor estaba por venir. En efecto, horas antes de lo acontecido, el presidente Lyndon B. Johnson había recibido en su despacho de la Casa Blanca un telegrama de su embajador acreditado en Santo Domingo informándole que la situación en la República Dominicana se encontraba fuera del control de sus autoridades (de las de San Isidro quiso decir) y que las fuerzas del orden público ya no estaban en capacidad de garantizar la vida ni los bienes de los ciudadanos. A las 7 de la noche del 30 de abril de 1965, el mandatario estadounidense anunciaba en Washington que le había ordenado a su secretario de Defensa que dispusiera de las tropas que fueran necesarias para salvaguardar la vida de cientos de ciudadanos norteamericanos y de otras nacionalidades que residían o se encontraban de visita en el país. Se trataba de un juego diplomático para maquillar el abominable hecho de que un día antes, 22 mil infantes de marina de la Armada de los Estados Unidos ya habían desembarcado en la República Dominicana.


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