La historia y sus herejías

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La historia es un pasado eterno que se niega y afirma desde el presente. Los hechos históricos se vuelven enigmas, y son los que preñan el devenir. El tiempo es historia y a la vez la sustancia del absoluto de la historia. Sin embargo, es el azar el verdadero partero de la historia, antes que los hechos mismos. La historia, en consecuencia, no siempre es racional, pues la acechan las pasiones humanas y las ambiciones de poder. Siempre la vigilan la violencia, las guerras y la locura de líderes mesiánicos y megalómanos; pero, asimismo, la decoran, afortunadamente, la paz y la libertad. Nunca es inocente, ya que la explotan y saquean, en nombre de ciertas ideologías, métodos de investigación o filosofía de la historia.
Los románticos vieron la historia como un diálogo, pero a veces, ese diálogo es supeditado por la violencia o el monólogo de los dictadores y los tiranos. “La historia es un teatro fantástico: las derrotas se vuelven victorias, las victorias derrotas, los fantasmas ganan batallas, los decretos del filósofo coronado son más despóticos y crueles que los caprichos del príncipe disoluto”, dijo Octavio Paz. Los modos de producción y los sistemas sociales se transforman y saltan cualitativamente de un Estadio a otro, a partir del dínamo que le inyectan las luchas de clases, ese motor de la historia. Del salvajismo a la barbarie, y de esta a la civilización, del primitivismo al capitalismo, la historia de la humanidad es la historia de los hombres que escriben con sus hechos y hazañas los anales del tiempo. Las leyes de las contradicciones de los individuos es lo que hace posible su progreso, al insuflarle la combustión que demanda como organismo vivo de la sociedad.
La historia es la filosofía de vivir con los demás, donde somos plenamente teatro de los acontecimientos, la historia siempre deviene contingencia de los hombres, causalidad de sus leyes. Los sujetos se vuelven históricos cuando escriben con sus hechos la historia desde adentro, pero con el consenso de los otros. Masas e individuos conforman los agentes que dinamizan los hechos sociales y políticos. En la historia nos condenamos y nos salvamos en compañía, nunca en soledad. Las masas hacen la historia, no los individuos -dice un principio marxista-, pero para trascenderla, y de su seno nacen los héroes.
Todo líder o guerrero tiene sed de historia y heroísmo, y por eso persigue matrimoniarse con la historia, o con su destino. Dicho en cristiano: casarse con la gloria. Pero ese anhelo, más que hambre de eternidad, es deseo de trascendencia en la tierra, de ser recordado per secula seculorum. Y por eso luchan los hombres, se inmolan, se sacrifican y mueren. La historia, en su proceso de consumación de los hechos, se cumple en el territorio del valor y la libertad. Solo el hombre adquiere conciencia de la historia cuando asume el espíritu de su lucha y el significado de su ideal de libertad. Muchos de los conflictos históricos tuvieron como escenario la conciencia de los hombres o de sus actores, antes que el terreno de los hechos.
Algunos de los grandes desastres políticos y genocidios primero se gestaron en el fondo de las bajas pasiones humanas, de prejuicios raciales, y a la sombra de líderes dogmáticos (Hitler, Mussolini, Stalin, Lenin, Mao). “Por esto no es posible desoír su llamado y por esto la historia no es solo el dominio de la contingencia y el accidente: es el lugar de la prueba. Es la piedra de toque”, dijo Paz. La historia no es solo espejo del pasado sino memoria y aprendizaje moral para el porvenir. Lección del tiempo histórico y fuente de conocimiento, la historia tiene sus señales, y nos habla. Es voz del pasado y nostalgia de redención. También promesa. Es irreversible y se vuelve la dictadura del tiempo, tiranía del insomnio y el deseo. Fuego que quema, pero deja sus cenizas, en documentos, huellas, testamentos, letras y objetos. Es hija de la escritura.
Así pues, contingencia, azar y accidente son la prueba de fuego y las líneas curvas y zigzagueantes en la geometría histórica. Las religiones y las ideologías deforman el presente y el pasado, y también la historia: no nos dejan ver con objetividad los hechos, ni nos dejan vernos a nosotros mismos hacia adentro, es decir, nos enceguecen. La historia, en la modernidad, usurpó el espacio de Dios, y esa fue una de sus grandes herejías.
No hay historias sin hombres, y por tanto, no es un cuerpo abstracto. La historia en sí no existe: existe porque existen los hombres, que la escriben y le dan vida y combustión, sangre y savia. La historia, dicho concretamente, somos nosotros mismos, es decir: los hombres que la sueñan y la edifican. Es imperfecta y azarosa porque la hacen seres imperfectos: los hombres. Está hecha de fracasos y triunfos, reveses y conquistas, progresos y retrocesos. Su línea geométrica es la espiral. Es una ilusión de la razón política, una prolongación de nuestras fantasías, de nuestros temores, metas y sueños. No hay pues una sola historia porque siempre es múltiple, grande o pequeña, local o universal; y nunca se repite, más que como farsa, dijo Marx.

Al parecer, como se otea en el correr de los tiempos actuales, asistimos a una modernidad que bosteza sus últimos suspiros. Percibimos la sensación de que vivimos no el Fin de del Mundo sino el final de un tiempo. O el epílogo de una noción del futuro, acaso el fin de la última utopía redentora. Nace -o está por nacer- no una nueva civilización sino una nueva barbarie, disfrazada de tecnología y modernización. No todo humanismo humaniza. No todos los filósofos humanistas aman la humanidad. Heidegger hizo silencio ante los horrores del nazismo y fue indiferente ante la crueldad contra sus colegas filósofos judíos. O Mandelstam ante su persecución y la de sus compañeros poetas por parte de Stalin.

No toda ciencia o tecnología humaniza. Los nazis amaban la música clásica y muchos dictadores sanguinarios amaban – o aman- la poesía. No pocos soldados nazis asesinaban judíos después de oír a Beethoven o a Mozart. Hitler pintaba cuadros y escribió un libro; Stalin amaba el cine y también escribía libros, y Pol Pot estudió en la Sorbona. Como se ve, el espíritu, el carácter y la crueldad muchas veces no se moldean con la cultura y el arte. A menudo, se consustancializan y sirven de escudo para ocultar los bajos instintos y esconder el cinismo o la perversidad. No obstante, las artes, las letras y la cultura son inocentes. Son los artistas, los farsantes o los amantes infieles los que traicionan los testamentos de sus orígenes y naturaleza.