La identidad salvada III

Federico-Henríquez-Gratereaux

El joven hijo de griegos quería ser -como sus amigos de la escuela- norteamericano de la cabeza a los pies, ahora y desde siempre; suponía que era posible borrar el pasado y empezar en cero, en Chicago, en los EUA, sin higos, ni viejos de Creta, ni palabras retumbantes y extrañas. El tendero -creo que se llamaba Protágoras- le ayudó a reconciliarse con sus orígenes, a que pudiera acercarse a la cultura griega y, de algún modo, amarla. Logró así ser norteamericano sin volcar las cajas de frutas -sin destruir simbólicamente a sus ancestros- y aceptó sin reservas la vida en su integridad: la de sus padres, la de él mismo, la de sus hijos, que serían “yanquis” sin acento griego pero con afición a la comida mediterránea. Y encontró los temas más hermosos para sus tareas de escritor en inglés.
Por ejemplo, las vicisitudes de los emigrantes sin dinero ni títulos académicos que, no obstante, luchan por sobrevivir, trabajan y logran educar y alimentar bien a sus hijos. Algunos de ellos, mucho después, llegan a ser escritores norteamericanos “oriundos de Chicago”. Prueba de que los hombres son entidades dúctiles que se transforman con el paso del tiempo, lo mismo a golpes de desgracia que a golpes de amor.
Ver y conocer esta historia me impulsó a escribir: “Los norteamericanos recientes han de sufrir una suerte de “pasantía” antes de llegar a ser norteamericanos en plenitud sentimental y no solamente jurídica. Durante ese periodo, comparable al de los polluelos en trance de emplumar, los polacos, griegos, italianos, desarrollan “barrios étnicos”, donde se sirven sus comidas, se venden sus periódicos, se escucha su música y se exhiben los objetos simbólicos de su folklore”.
“… los norteamericanos nuevos se protegen de la “intemperie cultural” fabricando una atmósfera resguardada, conocida, que les ofrece abrigo y seguridad emocional. Los norteamericanos de origen griego siguen comiendo queso feta, aceitunas kalamata, ensalada Nicosia, durante un largo proceso de adaptación. Arropados por costumbres extrañas, por una lengua que no es la materna, los emigrantes deben construir sobre sus hombros un caparazón nuevo, a semejanza de ciertas especies de cangrejos. El “barrio étnico” funciona como un refugio temporal. La identidad de los pueblos es… persistente y mutante”.