La independencia nacional:
pensamiento y acción de los trinitarios

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27 febrero, 2007 12:00 am Sé el primero en comentar

AMAURY JUSTO DUARTE
No hay lectura más apasionante que la historia de la Independencia dominicana. El heroísmo de los conjurados, la alianza de los dominicanos y haitianos reformistas, el romanticismo de los trinitarios, las contradicciones entre separatistas e independentistas, el indoblegable patriotismo del fundador de la República, Juan Pablo Duarte, todo esto se mezcla en un fresco histórico de incalculable valor. Hay que afirmarlo sin rodeos.

Alcanzar la independencia no fue nada fácil. Simplemente, se trató de una hazaña. Haití, en los años previos al 27 de febrero de 1844, era una potencia militar en el Caribe. Habitaba en su territorio alrededor de un millón de personas, mientras que en la parte Este de la isla la población no superaba los 200,000 habitantes. Por otra parte, los principales líderes haitianos, Louverture, Dessalines, Petión, Boyer, habían sido formados en la lucha militar y política contra los franceses, donde acumularon una gran experiencia.

La independencia fue alcanzada porque los habitantes de la parte Este de la isla habían constituido para la década del 1840, las bases de una nación. El desarrollo de una economía propia, una lengua, una cultura nativa, y naturalmente, un territorio propio, determinaron las bases materiales para la formación de la nación. No hay que confundir la nacionalidad dominicana con la independencia. Es un proceso que se remonta a principio del siglo 17, sigue en el 18, toma cuerpo en la mitad del siglo 19 y remata al calor de la guerra de la Restauración en 1863-1865.

La lucha contra las devastaciones del 1605-1606, los movimientos de Juan Sánchez Ramírez y Ciriaco Ramírez y la proclamación de la independencia “Efímera” de Núñez de Cáceres en 1821 simbolizan el proceso de nacimiento y desarrollo de la conciencia nacional.

La independencia de los Estados Unidos, el estallido de la revolución francesa, la guerra entre Francia y España, las luchas anticolonialistas en América del Sur por la independencia, fueron acontecimientos, que en mayor o menor medida, repercutieron en el país y estimularon el surgimiento de una corriente política separatista. Las sacudidas del terremoto social en Francia de 1789 se sienten en su más poderosa colonia, Haití, donde los esclavos estimulados por las consignas libertarias y abrumados por el yugo esclavista producen la primera revolución anticolonial y social en América Latina. El Tratado de Basilea, firmado en 1795 mediante el cual España cedió a Francia la parte oriental de la isla, fue capitalizado por los negros rebeldes para ocupar la parte Este en dos ocasiones a principios del siglo 19.

La ocupación haitiana de 1822 debe ser estudiada en su contexto histórico, o sea, en las condiciones que reinaban en la isla con posterioridad a la desocupación francesa en 1809.

En efecto, el movimiento de Juan Sánchez Ramírez en favor de la reincorporación de la parte Este de la isla a España no fue seguida por un interés de España en recuperar su territorio. En esos años se instauró un período que los historiadores llaman “La España Boba” caracterizado por el abandono de la ex-colonia española en todos los órdenes. En los primeros años de ocupación, una especie de luna de miel entre haitianos y dominicanos caracterizó la situación.

Pero, la crisis entre las dos comunidades se hizo patente al correr de los años, al transformarse la ocupación en un régimen despótico, de opresión nacional. La República “única e indivisible” había terminado en un evidente fracaso.

Sin embargo, el hecho de que en 1838 se formara el primer movimiento verdaderamente independentista, La Trinitaria, fundado por Juan Pablo Duarte, revelaba que una tendencia claramente nacionalista comenzaba a cobrar espacio entre los dominicanos más avanzados que pretendía liberarse del yugo haitiano.

Durante todo el período de la dominación haitiana, que va de 1822 a 1844, el desarrollo de la nación dominicana,. se fue, pues, perfilando. Las fuerzas económicas y sociales que aspiraban a recorrer un camino propio, cobraban cada vez mayor vigor. No obstante, faltaba un hecho que galvanizara la lucha contra el ocupante.El momento se presentó en 1843. La oposición interna en Haití contra el Presidente Boyer desencadenó el movimiento llamado de la Reforma encabezado por Charles Herard.

Cuando fue conocida en Santo Domingo la rebelión contra Boyer, se constituyeron las Juntas Populares, compuestas por haitianos y dominicanos antiboyeristas. Derrocado Boyer, en junio de 1843 se celebraron elecciones a la Constituyente.

Los lideres trinitarios participaron y alcanzaron triunfos abrumadores en todo el país. Los hechos acaecidos entre enero de 1843 y febrero de 1844, muestran la existencia de un factor que facilitó ampliamente la culminación de la independencia: la política de alianzas que practicaron los trinitarios. Primero, con los reformistas haitianos partidarios de los cambios políticos en Haití; segundo, con los dominicanos antihaitianos, proclives a la separación, pero no a la independencia. Inmediatamente Boyer fue derrocado, la alianza concertada con los haitianos reformistas, se deshizo como un castillo de naipes al primer soplo del viento. Los trinitarios concibieron la alianza con los haitianos, no como un fin en si mismo, sino como un trampolín para pasar a una segunda fase de la lucha: la conquista de la independencia.

La lucha por la independencia estuvo a punto de fracasar por la división de las fuerzas criollas antihaitianas. El célebre “Plan Levasseur” (Andrés Levasseur era el Cónsul francés en Puerto Príncipe en esos años) concebido por Buenaventura Báez y Manuel Joaquín del Monte, tenía el objetivo de establecer en la parte Este un protectorado. Por esta razón, el sector público dirigido por Buenaventura Báez se le conoce como los “afrancesados”.

En estos momentos, los trinitarios estaban dirigidos por Francisco del Rosario Sánchez puesto que Juan Pablo Duarte se vió obligado a salir del país para no ser apresado.

Los trinitarios procuraron entenderse con el grupo conservador de Santo Domingo que encabezaba Tomás Bobadilla y el del Seibo dirigido por los hermanos Santana, de donde surgió otro Manifiesto, el del 16 de enero de 1844 que proclamaba la necesidad de la separación.

El 27 de febrero, la independencia fue proclamada por los trinitarios. Su dominio de la situación militar y política en Santo Domingo fue total. El desarrollo de la nación dominicana se veía, pues coronado a través de la constitución de un Estado independiente.

Días después, Juan Pablo Duarte que se encontraba exiliado regresó al país siendo recibido por el Arzobispo Portes Infante quien lo aclamó como el “Padre de la Patria”.

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