La intervención militar norteamericana de 1965

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02 mayo, 2004 12:00 am Sé el primero en comentar
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Al medio día del sábado 24 de abril de 1965, las guarniciones militares de los campamentos del Ejército Nacional 16 de Agosto y 27 de Febrero, orientadas por el entonces teniente coronel del G-2 (organización y entrenamiento) Miguel Hernando Ramírez, se sublevaron contra el gobierno de facto que presidía el triunviro Donald J. Read Cabral.

El inicio de la revuelta fue anunciado por el doctor José Francisco Peña Gómez en el programa Tribuna Democrática del Partido Revolucionario Dominicano que se transmitía todos los días de una a dos de la tarde por la emisora Radio Comercial.

Las fuerzas militares y policiales que respaldaron el gobierno de facto se mostraron incapaces de someter a los militares rebeldes. En las primeras horas de la mañana del 25 de abril, una de las unidades sublevadas, la que comandaba el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, penetró en el Palacio Nacional y destituyó el gobierno de facto. Una vez derrocado el Triunvirato, los militares rebeldes declararon vigente la Constitución de 1963 y aclamaron a Juan Bosch, que en esos momentos se encontraba exiliado en la vecina isla de Puerto Rico, como Presidente Constitucional de la República.

Los militares que derrocaron el gobierno de facto acordaron con los dirigentes del Partido Revolucionario Dominicano que, en tanto regresara el profesor Juan Bosch del exilio, el doctor Rafael Molina Ureña actuara como Presidente Provisional, en su calidad de Presidente de la restituida Cámara de Diputados.

Pero, los generales de San Isidro, a pesar de no haber puesto resistencia al derrocamiento del Triunvirato, continuaron manifestando su desacuerdo de que Juan Bosch volviera al poder y demandando la instalación de una Junta Militar que gobernara al país por un año y que, al término de su mandato convocara nuevas elecciones.

Ante la persistencia de los militares rebeldes de instalar a Juan Bosch en el poder, los generales acantonados en la Base Aérea de San Isidro y en el Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA) desconocieron el gobierno de Molina Ureña y anunciaron al medio día del 25 de abril que al menos que los militares rebeldes y los políticos que los secundaban no abandonaran la idea de reponer al profesor Juan Bosch en el poder, los aviones de San Isidro bombardearían el Palacio Nacional. En efecto, alrededor de las 5 de la tarde de ese mismo día, aviones P-51 de la Fuerza Aérea Dominicana descargaron sus metrallas sobre la sede del Poder Ejecutivo.

El 26 de abril, temprano en la mañana, aviones P-51 y Vampiros de la Fuerza Aérea Dominicana comenzaron a bombardear el Palacio Nacional y los campamentos 27 de Febrero y 16 de Agosto. El bando constitucionalista contraatacaba utilizando cañones y ametralladoras antiaéreas. En la capital dominicana no había más que histeria y una espantosa carnicería. Aviones de caza y bombarderos de San Isidro disparaban sus ametralladoras y arrojaban sus bombas, causando graves daños a la población civil. Personas consideradas enemigas de la causa constitucionalista eran detenidas por las turbas y linchadas en plena calle. La situación era de muerte y de caos generalizado. Los agentes del orden público permanecían encerrados en sus recintos ofertando una neutralidad imposible de sostener. Ciudadanos extranjeros residentes clamaban antes sus respectivas representaciones diplomáticas su pronta salida del país.

Mientras tanto, la guerra civil tomó un nuevo giro, esta vez, favorable a las tropas de San Isidro: la Marina de Guerra, que hasta entonces había permanecido neutral, se inclinó a favor del bando wessinista. Alrededor de las 2 de la tarde de ese mismo día, unidades navales apostadas frente a las costas de la ciudad de Santo Domingo comenzaron a bombardear el Palacio Nacional, en aparente coordinación con los aviones de San Isidro. Un regimiento de tropas del Ejército al mando del general Montás Guerrero avanzó desde la ciudad de San Cristóbal hacia el Este con el propósito de atacar el flanco occidental de los constitucionalistas. La Policía Nacional entró de nuevo en acción deteniendo y atropellando civiles y ametrallando las posiciones militares de los sublevados. Al atardecer de ese día, todavía caían sobre la ciudad de Santo Domingo proyectiles disparados desde barcos y aviones que parecían anunciar el principio del fin.

A los efectos deprimentes de los reveses y a la falta de confianza en la victoria que se irradiaba de la dirección política del bando constitucionalista, venían a sumarse los efectos desalentadores de los bombardeos que presagiaban la inminencia de una batalla casa por casa y de una lucha cuerpo a cuerpo. La línea divisora del frente de combate no existía. Se combatía en todos los sitios. En la tarde del 26 de abril, un tanque MX constitucionalista disparó contra el cuartel de la policía de la avenida Bolívar, muriendo en el acto todos los agentes que allí se encontraban. Dos compañías de artillería de los sublevados que venían conteniendo el avance de las tropas de San Isidro sobre el Puente Duarte fueron arrasadas por el fuego aéreo y de artillería pesada. Entre los distintos grupos que sostenían la lucha o por lo menos el contacto quedaba espacios que nadie vigilaba.

Creyendo que todo estaba perdido y que nada quedaba por defender, el presidente provisional Rafael Molina Ureña buscó refugio en la Embajada de Colombia. Cientos de militares constitucionalistas abandonaron sus armas y regresaron a sus hogares. La dirección política y la cúpula militar del bando constitucionalista quedaron así seriamente resquebrajadas. En el bando de los militares sublevados imperaba un gran desconcierto que solo suplía el entusiasmo y la fe en la victoria de los mejores hombres.

El 26 de abril en la noche, varios tanques de San Isidro habían cruzado el puente Duarte y establecido una cabeza de puente en la margen occidental de la ría Ozama. Parecía que ya nadie podía detenerlos. La noche de ese día, lo que quedaba del mando militar constitucionalista con el capitán de fragata Ramón Montes Arache y el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó a la cabeza, decidieron defender las posiciones que todavía conservaban.

Los jefes militares rebeldes pasaron la noche del 26 de abril tomando contacto con las menguadas fuerzas existentes; impartiendo órdenes de organizar nuevas unidades de combate; designando nuevos mandos; situando las unidades militares mejores organizadas en los puestos de mayor peligro; y estableciendo un sistema de comunicaciones que permitiera una dirección de conjunto. A tiempo en que se adoptaban esas y otras medidas, a los combatientes constitucionalistas se les instaba a resistir sin ceder un solo palmo de terreno. La colaboración y la disposición a la lucha y al sacrificio no tardaron en manifestarse. Las tropas constitucionalistas de nuevo estuvieron dispuesta para el combate.

Al amanecer del día 27, las tropas de San Isidro se encontraban concentradas en la margen occidental de la ría Ozama dispuestas a asaltar las posiciones constitucionalistas. Para ello, los generales de San Isidro contaban con un grupo de blindados; una compañía de infantería; una de artillería; y el apoyo de unidades navales y de aviones bombarderos y de caza. Los estrategas militares del bando wessinista pensaban que ello era más que suficiente para acabar de una vez por todas con la resistencia de los militares constitucionalistas.

La radio de San Isidro se pasó la noche anterior radiando llamados a la rendición, en los que se les pedía a los oficiales rebeldes que abandonaran la lucha y que se presentaran al comando wessinista más cercano.

El mando constitucionalista contaba con escasos medios para contener la maniobra que intentaban los generales de San Isidro. Era que taponar la dirección de ataque no bastaba. Más importante que la creación de una línea de resistencia era aprovechar la reacción moral advertida en los soldados y en las gentes para exigirles una resistencia a ultranza donde el ataque tuviera lugar. Era ésta lo único que podía darle solidez a las maniobras de defensa de las posiciones constitucionalistas y de frenar el avance hacia la ciudad de Santo Domingo de los tanques y de las tropas de San Isidro.

Esa fórmula, como maniobra táctica, podía parecer tan vaga como ilusoria; pero, era la única que podía emplearse para explotar la fuerza de un pequeño cuerpo de ejército y el heroísmo de una plebe insurrecta dispuesta a batirse hasta el final.

Las tropas de San Isidro iniciaron el ataque temprano en la mañana. No cesaron de atacar. Ataques insistentemente reiterados con todas clases de medios: cañones, morteros, metrallas, bombas, disparadas por tropas a pie y desde aviones y barcos. Todos fueron rechazados por las fuerzas militares constitucionalistas que contraatacaban con éxito.

Después de horas de combates, las tropas de San Isidro se retiraron hacia la base de San Isidro. Allí, habían de permanecer a lo largo de todo el desarrollo de la guerra civil.

La mañana del 27 de abril, después de infligirles a las tropas de San Isidro una severa derrota en la batalla del puente, los constitucionalistas ganaron el completo dominio de la capital. Derrotadas las tropas de San Isidro, la resistencia de algunos cuarteles policiales quedó aplastada en cuestión de horas.

Temprano en la mañana, las tropas constitucionalistas se dispusieron a atacar el último bastión wessinista situado en el lado oeste de la ría Ozama: la Fortaleza. Por medio de altavoces, en medio de un ataque con fuego de artillería pesada, los militares rebeldes instaban a los policías encerrados en el fortín a rendirse. En el interior de la Fortaleza, el jefe policial que comandaba ese recinto, aunque confiado, no tenía ningún plan de acción concertado con los demás cuarteles policiales, los cuales, por demás, ya habían caído en manos de los constitucionalistas. Cerca del mediodía, los policías sitiados enarbolaron una bandera blanca en señal de rendición. Los constitucionalistas eran dueños de la situación.

Mientras ocurrían esos y otros acontecimientos, dirigentes de partido de derecha y personas ligadas a la Embajada de los Estados Unidos le comunicaron al embajador estadounidense acreditado en Santo Domingo que las tropas regulares no estaban en capacidad de detener el empuje de las tropas rebeldes, solicitando del mismo los medios necesarios para la protección de sus intereses.

A las 3 de la tarde del 28 de abril, el presidente de los Estados Unidos, Lindon B. Jonson, recibía en su despacho de la Casa Blanca un telegrama de su embajador en la República Dominicana informándole que la situación en Santo Domingo se encontraba fuera del control de las autoridades y que las fuerzas del orden ya no estaban en capacidad para garantizar la vida y los bienes de los ciudadanos. A las 7 de la noche de ese mismo día, el mandatario estadounidense anunciaba desde Washington que le había ordenado a su secretario de la Defensa disponer de las tropas que fueran necesarias para salvaguardar la vida de los cientos de ciudadanos norteamericanos que residían o se encontraban de visita en la República Dominicana, de suerte que fueran escoltados con seguridad a su regreso a los Estados Unidos. A esa misma hora, una fuerza de tarea compuesta por 42 unidades navales con el portaviones Boxer como buque madre se dirigía a toda máquina rumbo a la República Dominicana.

A las 6 PM del 28 de abril, el comandante James Robert Allinghham Junior, comandante de una de las unidades de desembarco, observó como aparecía la señal de ¨ cercanos a la costa, preparados para desembarcar ¨ Era que la República Dominicana iba a ser intervenida por segunda vez en menos de un siglo por fuerzas de la infantería de marina de la Armada norteamericana.

Al recrear en estas líneas ciertos episodios de la Revolución de Abril este

redactor no lo hace movido por el rencor, sino por un sentimiento de justicia hacia el pueblo dominicano. Al leerlas, es posible que sus lectores duden de la eficacia de unas acciones militares que culminaron con una intervención extranjera y que dejaron un saldo de más de 3 mil muertos. Sin embargo, la verdad tremenda de haber perdido no mengua en nada el sacrificio de los que cayeron. Por el contrario, lo realza y lo convierte en lección perenne. Su efecto moral sobrevive igualmente a la victoria o a la derrota.

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