La lujuria que estalla con el disfrute del poder

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Podrían pensar los amables lectores que me voy a referir a los escándalos de faldas y pantalones que se originan en torno a los protagonistas que han ostentado el ejercicio del poder en el mundo. Ellos han estimulado ocurrencias que son básicas para el desahogo de las pasiones y necesidades humanas.
Tal encabezado no es mi objetivo esta vez. No. Quiero referirme al delirio de los políticos que cuando se ven con el poder buscan por todos los medios retenerlo, disfrutarlo, aprovecharse y hasta perpetuarse en el mismo. Es como un disfrute orgiástico del cerebro que se deleitan en ese ejercicio permitiéndole a los individuos satisfacer sus necesidades de disfrutar lo que recibieron de diversas formas.
Y esa lujuria por el poder se consolida si la sangre latina corre por las venas de los políticos ambiciosos. Tan pronto llegan al poder buscan la forma de prolongarse en el cargo. En el siglo XXI tal afán lujurioso por el poder se mitiga pero no lo suficiente para ver a los presidentes de los países latinoamericanos como los dominicanos y venezolanos buscando el bajadero para perpetuarse en el poder.
El caso actual de Venezuela, con un político inepto empeñado en hacerse un mandato a la medida, ha concitado el repudio hemisférico. Y en su país la ciudadanía se ha empoderado de sus derechos y sus protestas diarias en las calles de los pueblos venezolanos son más contundentes y masivas, sumiendo al país en una parálisis de impredecibles consecuencias. La lujuria y terquedad que Maduro ha exhibido por estar aferrado al poder el cual se le está diluyendo en sus manos es un símbolo de incapacidad y siguiendo las huellas de un chavismo que solo ha traído calamidades a la patria del Libertador Simón Bolívar.
Y aquí en el país hemos tenido casos de varios políticos lujuriosos. Ni hablar de Trujillo. Ellos han llegado como presidentes al poder con buenas intenciones pero al poco tiempo la lujuria que emana de ese disfrute en el ejercicio los anima para pensar de inmediato que deben continuar por otro período más después que concluya su mandato para el cual fueron electos. Y es que para ellos su gran masa de seguidores se lo reclama y lo necesitan. Tal es la premisa del continuismo y de los enriquecimientos colaterales a la sombra del usufrutuo del mismo. Nuestra historia desde 1961 está llena de esos sucesos en que algunos políticos han tenido la suerte de mantener el poder, pero otros han fracasado en los intentos.
Desde 1961, los presidentes electos o de facto, en un determinado momento acariciaron, se vieron tentados y se embarcaron en aventuras reeleccionistas o continuistas. De esa manera podrían continuar ayudando a sus colaboradores y fortunas personales mientras el pueblo engañado apoyaba esos sacrificios de su líder. Después del frustrado, y casi efímero gobierno del profesor Juan Bosch, en los políticos surgió con fuerzas sus pasiones económicas o la lujuria del poder para administrar los recursos públicos con peculiares criterios de inversión y de gasto conspicuo provocando desde entonces una severa corrupción e impunidad paralela que es ahora cuando existen indicios que tratan de revertir esa vergüenza nacional e internacional.
Después del golpe de Estado al profesor Juan Bosch, el presidente del Triunvirato, doctor Donald Reid Cabral, quiso armar un proyecto electoral después de haber estado gobernando pero con tan mala suerte que el país se vio precipitado a una guerra civil y a la segunda intervención norteamericana en abril de 1965. Luego el doctor Joaquín Balaguer con esa arraigada lujuria por el disfrute del poder resultó electo en las elecciones de 1966. Así se instauró como gobernante disfrutando de la lujuria del poder y empeñado en permanecer como diera lugar en el mismo, hasta que 1978 fue sacado por los políticos del PRD y el sentir popular. Pero en 1986 el doctor Balaguer, ciego y con dificultades motoras, volvió al poder hasta que en 1996 se vio tronchado su periodo constitucional en dos años.
La lujuria para disfrutar del poder hizo estragos en el PRD cuando en el 2004 Hipólito Mejía, que renegaba de la reelección, vio cortado sus sueños pese haber modificado la Constitución que le abrió las puertas al PLD y su candidato de oro, el doctor Leonel Fernández, que ya era la estrella en el panorama político del siglo XXI. Pero en el 2012 se vieron tronchadas sus aspiraciones por un opaco político muy organizado y estratega de primera que ya tenía armado su proyecto de gobierno que lo llevó a modificar la Constitución para reelegirse en el 2016 y llevando a cabo una destacada labor que muchos no descartan que buscará la fórmula constitucional para intentar reelegirse en mayo del 2020.


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