La moda cubana saca la nariz del agua

Fabián Lombillo

LA HABANA.  Imbuido en el mundo de la bioquímica y la biología molecular, a Fabián Lombillo también le preocupa andar a la moda a sus 23 años, más ahora que “la cultura del buen vestir” está creciendo en Cuba, dice.
“En Cuba esa cultura de buen vestir, o de vestir cómodamente, acorde a lo que se usa, a lo que se lleva, está empezando a crecer y me parece bien”, dice Lombillo a la AFP, mientras revisa las ofertas textiles en una feria artesanal en La Habana.
Casi ahogada por la crisis de los 90, la incipiente moda cubana comienza a emerger favorecida por el pequeño emprendimiento privado y una orientación utilitaria, que deben vencer aún limitaciones económicas, trabas burocráticas y una tendencia social “kitsch”.
“Decididamente para nosotros es prioritario la ropa utilitaria. Sería una locura pensar que podamos hacer, aún teniendo los recursos, lo que puede hacer París, Londres, Milán, porque la sociedad nuestra es totalmente diferente”, dice Jesús Frías, un modisto de 55 años.
Moda de resistencia. La crisis de los 90 casi borró cierto auge que había ganado la moda bajo los estrechos límites de una industria estatal, una vez que venció frenos ideológicos que la consideraban una frivolidad capitalista en una sociedad socialista.
Con “la depresión económica la industria textil prácticamente desaparece, las prioridades eran otras, hay que ser razonable, la prioridad era sobrevivir”, dice Frías, subrayando que la creación no murió y comenzó una “moda de resistencia” que ahora emerge.
Muchos cubanos resolvieron entonces sus necesidades en tiendas de segunda mano, “ropa reciclada”, que la voz popular bautizó “trapishoping” (de trapo).
Las reformas del presidente Raúl Castro, sobre todo el trabajo privado que ya ocupa a medio millón de cubanos, trajeron de vuelta a los modistos, esta vez como artesanos particulares.
Pequeños talleres han aparecido en las ciudades cubanas, con diseños que se adaptan al clima y rescatan tradiciones culturales del vestir en el trópico.
Pero los artesanos-modistos ahora privados enfrentan “dos aristas del problema, una es la material y la otra es tecnológica”, comenta Frías.
Adscritos a una asociación de artesanos y bajo el paraguas del Ministerio de Cultura, se les permite hacer pequeñas y limitadas importaciones de materiales a precios mayoristas.
Pero son insuficientes. En el mercado local (estatal) esos materiales son escasos y caros, lo que dificulta su acceso y eleva el precio final de la prenda.