La “oposición” simpática

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

En el variopinto de expresiones disidentes del oficialismo resulta importante construir una visión verdaderamente diferente al PLD. Eso sí, no hablo de una ruptura con la base social que, desde 1996 cambió de rumbo y encontró espacio en las filas de la organización fundada por Juan Bosch, sino de un esfuerzo sincero para devolverle a los amplios sectores afín a la tradición democrática del país la urgencia de postular por una forma nueva de hacer la actividad política.
Como característica singular y razón esencial del fantasma desesperanzador que ronda en segmentos importantes de la población tenemos un modelo opositor gelatinoso, de posturas falsas y que se percibe con enormes deseos de sustitución para reiterarse en los privilegios y prácticas irritantes. Para mí, es la oposición simpática. Así no se llega a galvanizar a sectores importantes deseosos de abordar la actividad partidaria desde una perspectiva cercana a las urgencias de la gente, y decidida a romper con los esquemas que, después del ajusticiamiento de Trujillo, sirven para profundizar la nostalgia autoritaria ante tantos fracasos.
Podría reputarse de pura ficción e idealismo, pero una amplísima franja de ciudadanos que se vinculó con el PLD y legítimamente orquestó la maquinaria electoral que le condujo por los caminos de triunfos, padece los efectos de políticas públicas desiguales, terriblemente impactados por los niveles de inseguridad, insatisfechos con los servicios del sector salud, alarmados por modelos de impunidad existentes y atrapados por una lucha intra-partidaria fratricida. Por eso, no debemos confundir los peledeístas de base y medios con los de la cúpula.
La innegable ventaja que conserva el partido oficial está asociada al crecimiento de un Estado con toda una estructura clientelar y asistencialista que transforma empleos gubernamentales en potencial electores.
De ahí que un verdadero esfuerzo opositor no puede excluir la franja que en las últimas dos décadas se aposentó en la nómina pública, y un amplio segmento llegado del reformismo siente una natural adicción por las ventajas del poder, pero sus carencias siguen siendo las de siempre. Cifras que retratan la dura realidad de los segmentos bajos en la pirámide social: un PIB que crece en 50% desde 1990 hasta la fecha, sólo provoca la movilidad social ascendente en un 2% de la población.
El modelo de crecimiento nuestro expresa una fatalidad: concentra y nos hace más desigual. Y una oposición inteligente tiene la obligación de apelar a esas consideraciones porque lo que constituye el caldo de cultivo que potencia el voto mayoritario consiste en desvertebrar al “resto” de la ciudadanía de la idea de una mejoría que no llega a sus bolsillos ni se siente en los estómagos. Lo grave es que la clásica oposición nuestra se diluye en los reclamos de siempre, peroratas obsoletas y dirigentes que no entienden los cambios experimentados en el seno de la sociedad.
Aquí la única oposición que crece y genera respeto es la percibida con reales niveles de independencia. No hablo de propuestas desbordadas, radicales ni extremistas sino del juicio certero y articulado que procura un cambio de las políticas públicas para mejoría de todos. Las expresiones opositoras que ganan reconocimiento en las calles no se parecen a los rostros ni discursos de los típicos exponentes de la partidocracia. En lo inmediato, no se traducen en votos, pero de la confianza al endoso es corto el camino.

Afortunadamente, los campos opositores están efectivamente deslindados y en la población claramente identificados los “modelos” de oposición simpática que cambian el rumbo y rol de sus organizaciones a cambio de comportamientos caricaturescos que llenan sus bolsillos en la misma proporción que pierden respeto electoral. Los ejemplos, el país los identifica. Desgraciadamente pierde la democracia nuestra!


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