La otra deserción del PLD

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Permítame, amable lector, esta otra perogrullada. El PLD-Partido de la Liberación Dominicana-ya no es lo que fue en sus inicios. Hace rato que perdió la virginidad, que es lo mismo que decir sus sueños iniciales, sus ilusiones primarias, su pretensión de ser el partido creado para terminar la obra del patricio Juan Pablo Duarte. Este nos independizó de Haití y creó las bases legales, con todo un proyecto de Constitución de la República, para crear una nación libre e independiente y, al decir de Juan Bosch, poner en marcha los derechos sociales de los dominicanos. Ese PLD sería, según los planes originales de su fundador, el lado opuesto del Partido Revolucionario Dominicano.
Después de 17 años de disfrute de las mieles del poder, la pregunta lógica y obligada es esta: ¿Qué queda de ese PLD? La respuesta a esta pregunta no es una tarea difícil. Solo tendríamos que responder, sin mayores ponderaciones, que queda lo que tenemos a nuestra vista, lo que todos vemos que es el Partido de la Liberación Dominicana y sus cuadros políticos y sus dirigentes medios y máximos, incluyendo a los todopoderosos miembros de la nomenclatura del Comité Político.
Es obvio, por demás, que este PLD no se parece en nada al iniciado por el profesor Juan Bosch y sus doce apóstoles en la residencia del exrector universitario Franklin Almeyda. Tampoco al PLD que celebró el Congreso Juan Pablo Duarte ni al que poco tiempo después celebró el Congreso Salvador Allende. Tampoco se parece al PLD de los Círculos de Estudios, ni al de los ilusionados militantes que reclutaban 10 y 12 simpatizantes para domesticarlos en cadena y zambullirlos en la concepción boschista de la historia dominicana. No es el PLD de los métodos estrictos para hacer el trabajo partidario, a semejanza de como lo hacían la Iglesia Católica y los ejércitos nacionales. No es el PLD en el que “no había un borracho. En el PLD no había nadie que hubiera robado, o haya pensado siquiera en robar. En el PLD no había nadie que tuviera querindangas o anduviera mujereando por ahí por la calle. No había nadie que le pegara a su mujer, que se atreviera a una cosa semejante. En el PLD no hay tigres, era un partido de gente seria. En ese partido, el PLD, lo que había era una selección de hombres y mujeres realmente de excepción.
En este punto del razonamiento en que se convierte todo artículo periodístico, cabe una pregunta que posiblemente algunas personas, incluidos algunos lectores, se han hecho o se estén haciendo: ¿En qué momento cambió el PLD, cuándo el Partido de la Liberación Dominicana empezó a ser diferente? Por supuesto, esta pregunta nos recuerda aquella, ya famosa, que el periodista Zavalita, personaje principal de la celebrada novela de Mario Vargas Llosa, “Conversación en la Catedral”, pregunta que se hacía una y otra vez, “¿En qué momento se jodió el Perú?”.
Dar una respuesta sobre los cambios registrados en la vida institucional y en el comportamiento del Partido de la Liberación Dominicana no es tarea fácil. Es materia que trasciende una conversación de amigos o unas glosas de intenciones periodísticas. Es tarea de los sociólogos que auscultan los latidos de la sociedad, de los economistas cuya preocupación anda por la creación de hábitos de ahorros, de antropólogos culturales que recurren una y otra vez al útil método de las comparaciones y de los genealogistas que se dedican al estudio minucioso del desarrollo familiar y la formación de las riquezas. Es posible también que dar una respuesta adecuada a esta pregunta necesite de expertos en el estudio de las transiciones políticas o de comisarios ideológicos que certifiquen los momentos precisos de los cambios.
Lo único que nos queda claro, posiblemente por vivencia diaria o por sentido común es esto: el PLD empezó a cambiar cuando llegó al poder en agosto de 1996, un poder catapultado por ese viejo zorro de la política dominicana que se llamó Joaquín Balaguer. Ahí empezó el itinerario. Ahí Juan Bosch empezó a quedar atrás. Allí mismo, en ese instante, empezó a rodar por los suelos aquella otra teoría boschista según la cual “un partido político no puede ser un fin en sí mismo… un partido político tiene una finalidad y solo esa: la de luchar por el desarrollo político y social de su país”.
Quien quiera ver la obra de 17 años de gestión peledeísta, que observe y analice las estadísticas y mire los empleos creados, las inversiones en educación, salud, agua potable, carreteras y caminos vecinales, artes populares, creación de empleos, incluyendo los del sector público; formalidad e informalidad en el trabajo, disminución de la pobreza, salarios y costo de la vida, crecimiento del PIB y distribución de la riqueza, distribución del poder social, valor de la opinión pública, crecimiento de la prostitución, trata de niños, atención a los envejecientes, mortalidad materna e infantil, etcétera. Pero no vea, por favor, los números estáticos, compare los de hoy con los de hace 17 años. El resultado es el poder en manos del PLD.


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