La otra leona

25_11_2017 25-11-2017 areio Areíto6

La otra leona Todo empezó cuando Magaly Pineda (Q.E.P.D.) y la doctora Mirta Roses de Periago desde las instituciones que presidían  escribieron  acerca del significado y los alcances del 2012 para la población de los mayores adultos  y los envejecientes. Fue el Año Europeo del Envejecimiento Activo y de la Solidaridad Inter generacional. “El envejecimiento activo puede dar a la generación del baby boom y a las demás personas mayores del futuro la oportunidad de permanecer en el mercado laboral y compartir su experiencia, seguir ejerciendo un papel activo en la sociedad, vivir una vida lo más saludable y satisfactoria posible. Es fundamental mantener la solidaridad intergeneracional en sociedades en las que aumenta rápidamente el número de personas mayores”. Exploré la vejez. La propia y la ajena. Encontré la foto con la anciana subida a un banco escribiendo: “El control de mi vida lo hago yo”,  la anciana y el perro abandonados que se fugan juntos, y a Foucault diciendo como en el tango “ ya no sé mas quien soy”  y todo eso,  sumado a “mi loca de la casa” culmino en una historia de vida que no sabía cómo se iba a llamar pero que debía ser en clave de humor,  con  una sana risa  y a la que todavía le faltaba  un tiempo de sazón. Empecé a guardar textos, recortes de diarios, frases de Internet, fotos, entrevistas  y las anotaciones que a diario escribo de mi vida cotidiana. Y al mismo tiempo, como soy una señora de sesentaicuatro años, (cuaderno de notas del 2012)  producto del baby boom  de posguerra empecé a escribir de lo que me había pasado desde que cumplí sesenta años en  2007. Lo hice, como hago las cosas en mi vida, con alegría. Soy de naturaleza alegre. Hija única, estoy acostumbrada a la soledad  y a serme  amena aunque esté sola. Criada entre adultos como centro y objeto de sus deseos, me quisieron a su manera,  entre luces y sombras me sentí amada y eso me dio fuerza para llegar a ser  lo que soy gracias a mis mayores.  No me molesta envejecer  y  me despierta un  entusiasmo de adolescente ver cómo  es eso de la vejez activa, de ser útil a la comunidad, de aportar esas cosas que vienen morosas, lentas pero llenas de experiencia.  En el año 2011 fui al consultorio de un médico que practica medicina alternativa. Hizo  un pronóstico o historia clínica de mi vida, mis dolores y mis patologías del alma y del cuerpo.  Practicó digito acupuntura, me recetó gotas de Saint Germaine, consteló mi familia, mis empleos, mis empleadores, los hombres de mi vida, desde los esposos, los amantes, los hijos, los jefes, los vecinos, los amigos  y recetó gotitas diversas para la desesperación y el desamor. Voy a un curso de Pilates para señoras de la tercera edad porque en un sueño que tuve  en La Habana,  la leona soñada  escuchaba un solo de trompeta de Arturo Sandoval, en La Habana Vieja  y estaba  muy malhumorada  porque se vio reflejada en la vidriera  y había perdido su grácil cintura de juventud.  La vieja y gruesa leona se vio reflejada en esas vidrieras coquetas que han construido en La Habana   con los dineros de la Unión Europea para  distraer a la población  del derrumbe de cincuenta y tres  años  consecutivos de impedir que los cubanos manden en sus vidas.  En sueños se aparecieron de nuevo las dos leonas viejas,   consteladas diría mi médico alternativo para decirme vaya uno a saber qué cosa.  La flaca y desmejorada  de Washington y  la otra restablecida y engordada pero herida en la vanidad por esa cintura gruesa que pasea por La Habana vieja, mientras escucha el solo de  trompeta  en un portal semiderruido del siglo XIX. ¿Qué significan las dos leonas viejas del sueño en la duermevela  de una señora de la tercera edad que quiere ser proactiva, incorporarse al mercado laboral y  mantener la conexión intergeneracional en el siglo XXI? El 11 de abril del 2010, en Washington,  celebré la Pascua de Resurrección en una iglesia de esclavos  libertos de la Guerra de Secesión, mientras escuchaba música de César Frank tocada en un órgano de 1867 y hablaba  con el fantasma  de mi abuelo materno que ese día de 1923  se murió prematuramente en Buenos Aires.  Sentada frente a un brazo del Potomac, debajo de un árbol lleno de pájaros negros como los de Edgard Alan Poe,  le pregunté a Fernando  Patricio Anzoátegui Testa si no estaba contento de que su nieta lo sacara a pasear  por Washington. Al día siguiente regresaba a Santo Domingo  pero en  las vísperas soñé con una leona flaca y en los huesos que esperaba a los funcionarios de la oficina al final de la escalera de la institución.  Educada,  los escuchaba, después  les daba la espalda y se iba caminando, con una grupa de puros huesos,  entre un campo de lechugas y trinitarias que eran las veces del jardín de la OPS.   Caminaba, magra y enflaquecida  entre los ramos de trinitarias, aspiraba el perfume de las flores y cada tanto se zampaba una plantita de lechuga.  La vieja leona herbívora había corrido una hambruna de antología, escuchaba educadísima las conversaciones de trabajo pero se iba caminando solita y en los huesos. La pobre… caminaba  entre trinitarias y lechugas porque a pesar del desempleo en su vida mandaba ella. En cambio, la leona soñada en Cuba había engordado y perdido su esbelta cintura de  los cuarenta años. Cuando las pensé a las dos me di cuenta, que durante  mucho tiempo escribí de lo que les pasaba a los hombres de sesenta años, pero no tenía  una historia de las mujeres mayores, ni de las leonas herbívoras, flacas y sin empleo, o de las que habían perdido la gracia de la juventud. Entusiasmada, me animé desde el  2007, a registrar día a día en lo que se iba transformando en mi piel, en mis sentimientos, en mis humores, en mis afectos. A observar a los otros. De pronto fue real eso de: “Hay un punto en la vida, en que te das cuenta, quién importa, quién nunca importó, quién nos importa más, y quién importará para siempre”. Como la leona en los huesos de Washington o la que perdió su grácil cintura de juventud  en La Habana, llegó una tercera leona,  esa que programó Magali Pineda para los envejecientes del 2012. Esa  tercera leona, es  la del Santo Domingo del nuevo siglo, la del New York chiquito  donde vivir aquí es no solo un camino a contramano para las personas mayores sino para todos los estratos sociales, de edad, de sexo, de profesión.  Da lo mismo ser niño, joven, adulto o viejo.  Todos los derechos humanos en este país,  para todos, están violados y vulnerados.   En mi caso,  por ejemplo, hace diez  años ha  sido  vulnerado  mi derecho a tener trabajo  porque desde el 2004,  sistemáticamente como a Herta Muller en la Rumania de Ceacescu me echan de todos los empleos, no aprovechan  mis habilidades ni destrezas como diría un estratega del   couch, los recursos y conocimientos de toda mi vida son dejados de lado, no aprovechan mi sabiduría de mujer mayor, además, de ponerme al borde de un ataque de nervios  por no tener jubilación, ni pensión, ni retiro,  ni siquiera la posibilidad de ser “free lance” de la tercera edad.   Lo  extraordinario de este aniversario es que he cambiado tanto,  que ya no soy la leona vengativa en el desempleo  del 2009;  ni la leona herbívora de Washington, flaca y en los huesos  del 2010; ni la leona  que engordó  y perdió la gracia de la juventud, en  La Habana del 2011.   Ahora   soy una leona desconocida  parecida a  eso que Magaly quiere  para el respeto y la calidad de vida  de  la gente mayor, semejante  a esa frase de Oscar Wilde cuando dijo: “Discúlpeme que no lo reconozca… pero he cambiado tanto”. Santo Domingo, domingo, 22 de octubre 2017.


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