La primera huelga de nuestros peloteros hecho insólito no registrado por la crónica deportiva nacional

Discurría el año 1971-1972. El torneo de béisbol invernal, organizado por la Liga Dominicana de Béisbol Profesional (Lidom), presidida por el licenciado Manfredo Moore, buen deportista, de bajo perfil. Su secretario el licenciado Arístides Álvarez Sánchez, afable, disciplinado, acostumbrado a mandar. Presidente del Tribunal Superior de Tierras, en el umbral de su despacho exhibía un letrero que decía: “Favor de quitarse el sombrero. Pase usted.” Me trataba de “Luisito” cuando me detenía en el viejo Centro Sirio – Libanés-Palestino enfrascado en una partida de dominó con mi padre, siendo buenos y viejos amigos; pero en el Tribunal, borrada su sonrisa, con gesto adusto saludaba: “doctor Scheker, en qué puedo servirle”. Así era don Arístides, respetuoso, pero impenetrable.

Para entonces, cuatro equipos tradicionales participaban en el torneo: los Azules, Tigres de Licey; los Rojos, Leones del Escogido; los Amarillos, Águilas Cibaeñas y los Verdes, Paquidermos Estrellas Orientales, los promovía Max Reynoso en su escuchado programa “Amalgama Deportiva de la Pelota (Me Lo Dijo Adela). Cada equipo tenía un abultado roster de diez y hasta 12 peloteros importados, como “refuerzos”, sin incluir mánager y coachs, y hubo ocasión en que se presentaron hasta 8 jugadores importados en el terreno. Solo los súper estrellas criollos, los hermanos Felipe, Jesús y Mateo Rojas Alou, Federico Velázquez, Pedro González, Guayubín Olivo, Manuel Mota, Cesarín Gerónimo, Chilote Llenas, Tony Peña, Julián Javier, Ricardo Carty, Silvano Quezada, y otros pocos tenían asegurado su puesto en la alineación.

Existía la cláusula de reserva y era permitido que un importado suplantara algún jugador criollo “lesionado o indispuesto”. Las condiciones del criollo distaban mucho de las disfrutadas por los importados, no importando su categoría, no solo en cuanto al salario, también las dietas de transporte y hospedaje. Ciertamente, había una manifiesta discriminación injustificada.

La Federación Nacional de Peloteros, comandada por el mariscal Enrique Lantigua, agrupaba a la mayoría de los peloteros criollos, pero no era reconocida por la Lidom. Alentada por el triunfo de República Dominicana en el mundial amateur celebrado en Managua, Nicaragua, 1948, poco tiempo después de la tragedia de Río Verde, organizó en 1950 un torneo local entre Rojos y Azules, patrocinado por la Cervecería Dominicana y el ron Barceló, que revivió el entusiasmo de la afición beisbolera dormida desde 1937. Terminado el exitoso torneo, la Lidom tomó carta de corso y adquirió la franquicia de los cuatro equipos tradicionales, integrándose años después al béisbol organizado de los Estados Unidos.

Desde entonces la Federación, marginada, había tratado infructuosamente de llegar a algún acuerdo con la Lidom que mejorara las condiciones del pelotero nativo y le diera mayor oportunidad de juego en su país, hasta que convencido de que sus esfuerzos eran inútiles decidió pedir su colaboración como asesores a los doctores Luis Scheker Ortiz y José Rodríguez Conde, abogados y deportistas quienes elaboraron un plan de acción estratégico que inmediatamente contó con el entusiasta apoyo de sus directivos (Enrique Lantigua, Rafael Valdez, Horacio Martínez, Pepe Lucas, Felipe Rojas Alou) y los peloteros, que militantemente siguieron a sus líderes naturales, participando en una elaborada propuesta de 14 puntos a ser sometida a la Lidom para llegar a un acuerdo que reconociera oficialmente a la Federación de Peloteros y brindara un mejor trato y oportunidad de desarrollarse al material criollo, reduciendo gradual y sistemáticamente la contratación de importados.

La soberbia de la Lidom y de los dueños de equipos, negados al diálogo y a participar en una mesa de negociaciones de los planteamientos de la Federación, obligó a esta a una primera demostración táctica de fortaleza con un paro simbólico que sirvió para calibrar el nivel de compromiso y el ánimo de los Grandes Ligas y sus compañeros de equipo, que como una sola pieza, por breves instantes, no salieron al terreno cuando el árbitro principal cantó “¡play ball!”, creando una situación inusual que pareció no preocupar a los jefes de la Lidom.

Terminada la serie regular, cuando se disponía iniciarse la serie final del campeonato, hubo una última llamada desoída, al extremo de que Ramón Imbert, Moncho, presidente de los Leones del Escogido, acompañado de su auxiliar, Tony Leyba, avisados de que los abogados Scheker y Rodríguez Conde se encontraban en el dogout reunidos con los jugadores, trataron de prohibir esa reunión y sacarnos de allí en un acto de prepotencia, encontrando una monolítica resistencia de los jugadores, que defendieron su derecho, dándonos pleno respaldo, lo que les costaría a Jesús Rojas Alou y a Federico Velázquez, tildados como cabecillas, ser cambiados de equipo al siguiente año.

Llegado el momento crucial, se produjo el paro. Escuchado el Himno, Ricardo Carty desde las graderías saltó al terreno y se unió al Equipo Oriental. Otro tanto ocurrió en Santiago y en la Capital. Hubo amenazas veladas y abiertas y hasta una cita con el doctor Balaguer, presidente de la República, que les advirtió a los directivos de la Lidom que el gobierno no iba a intervenir en un asunto de carácter gremial y les recordó que su Gobierno había dado muchas facilidades y ayuda para que el pueblo dominicano disfrutara de la pelota. Quizás olvidaron que el mariscal estaba casado con una hermana del presidente. Esto disuadió a los hombres de la Lidom, luego de anunciar la terminación del torneo, a sentarse con los federados y sus asesores y llegar a un feliz acuerdo sobre la propuesta de los 14 puntos.

Fue esa una verdadera conquista gremial, valiosa, nada fácil, que trascendió fronteras caribeñas y abrió una página gloriosa en la historia del béisbol profesional dominicano al ensanchar el valor de la protesta organizada y el potencial de nuestra nación como inagotable cantera de formidables jugadores, orgullosos de ser dominicanos.