La razón democrática

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La crisis institucional del sistema político y, particularmente, de los partidos políticos y sus principales dirigentes, data desde el origen de nuestra nación y se agrava sintomáticamente a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, todo lo cual obliga a un detenido estudio de sus causales que dé respuesta a las inquietudes que despierta la grave disyuntiva que se avecina donde se supone que el “pueblo soberano”, ejerciendo libremente su derecho al voto, ha de decidir su destino inmediato, superando las razones que lo han mantenido sojuzgado, estando más atento al cambio del liderazgo político entronizado en el poder, que el cambio sustantivo del sistema político, económico, cultural y educativo que lo libere definitivamente de su indigencia, marginación y pobreza.
Sin salir del límite de mi biblioteca el fin de semana, tuve la fortuna de releer varios capítulos del libro: “La Razón Democrática. Cultura política, desarrollo y clientelismo en la democracia dominicana”, del eminente sociólogo Wilfredo Lozano, que quiso sellar nuestra amistad con una fina dedicatoria que no merezco.
Pocos son los cientistas sociales estudiosos e investigadores que han captado, analizado y extraído con profundidad y rigor científico la realidad política dominicana, el sistema y los partidos políticos, como se destaca a lo largo de las 685 páginas de su obra y la extensa bibliografía consultada, que nos obliga extraer algunos de sus acertados enjuiciamientos y reflexiones que contribuyan a allanar y superar la crisis política institucional que padecemos: “Las deficiencias estructurales, culturales, políticas, económicas y sociales que corroen a nuestra sociedad castrada por el ejercicio mesiánico del poder tras el trono que antepone su interés personal, de sus dirigentes y del partido al compromiso ético y moral contraído con la nación y con el pueblo, víctima de tantos abusos y desafueros, de lo que no escapa la inconsecuencia de una oposición mal vertebrada”.
En el acápite dedicado a “La oposición y sus carencias” (págs. 189 y siguientes) nos explica: “La oposición política dista mucho del modelo propuesto por Gianfranco Pasquino … “Esa diferencia no es el producto sencillo de errores (que sí existen) sino también y quizás de manera más importante, por cuanto más arraigado, un componente del sistema político, tal como se ha estructurado por lo menos desde los años setenta.”
Más adelante, para explicar la problemática de la política nacional desde el punto de vista de las acciones de sus actores, advirtiendo sus males cita a Bosch ya en su nuevo partido: “La acción de individuos y, en consecuencia, de los políticos, su condición social y específicamente de su obrar pequeño burgués: el oportunismo, individualismo, incapacidad de trabajo en grupos, desorganización mental y emocional, entre otros aspectos.” Hoy sabemos que no hay tal “determinismo fatal” entre la condición social del individuo y su comportamiento. Existen, por lo contrario, también a lo largo de la historia “conductas altruistas, no infrecuentes: entrega desinteresada a una idea, heroísmo, solidaridad, perseverancia, capacidad de acuerdo.” (Durkheim)
Esa conducta ética, de amor a su pueblo, viabilizada en la obra patriótica y la vida de Juan Pablo Duarte, de Juan Bosch y otros tantos valientes luchadores, marca el camino a seguir. La razón de la democracia.