La razón poética en María Zambrano (A Soledad Álvarez, zambraniana)

A1

Admiradora a la vez de Ortega y Unamuno, Zambrano nos mostró un pensamiento insuflado por su vocación de belleza. Nos dio lección ética de que en la razón también hay vida. Su teoría de la “razón poética” es, en cierto modo, una defensa moral de la expulsión de los poetas de la polis. En su obra convergen la razón y el delirio, el sueño y el logos, el tiempo y la utopía; en suma: la poesía y la filosofía. No solo vendió su alma a la razón, sino que la protegió y salvó para el saber. O más bien, vendió su razón al alma. No superó la poesía desde la filosofía, pues las puso a dialogar cara a cara, y de mente a corazón. Por eso su obra es una tentativa por liberar a la filosofía de la cárcel de la razón y absolver, a un tiempo, la palabra del lenguaje mismo. Evitó así que la filosofía avasallara a la vida humana. Esto hace que su obra se haga permanente y perpetua. Y actual, su pensamiento. En síntesis, usó las palabras para iluminar la vida misma, y aun la filosofía. Su obra representa un diálogo poético con la filosofía.
La filosofía dialoga con el conocimiento, y la poesía, con el tiempo. Esta ama la vida y aquella el saber, pero se reconcilian y matrimonian en su batalla contra la muerte. En Platón, la filosofía es esperanza y la poesía, tragedia. La poesía es vuelo de la pasión y la filosofía, vuelo de la razón. “De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra”, sentencia Zambrano. El filósofo alcanza la unidad del ser y el poeta persigue su desintegración. “El poeta no teme a la razón” (Zambrano). El ser, en su unidad, será una cuestión central en el filósofo; en el poeta, será su desintegración. De ahí que diga: “El poeta alcanza su unidad en el poema más pronto que el filósofo”. En consecuencia, el logos poético encarna en el poema; el logos filosófico, en el tratado o el ensayo. Así pues, el logos poético es elástico, flexible: le huye a la unidad y se refugia en el sueño -como lo logró el surrealismo-, de donde, a menudo, brota. El poeta no busca la verdad porque no cree en ella -a pesar de que el poeta John Keats dijo que “la belleza es verdad”. El filósofo anhela, quiere y lucha por la unidad, pues sabe que las cosas son o no son a la vez, pero el poeta no odia la verdad, más bien, es escéptico frente a ella, es decir, su verdad no es imperativa. Lo que sucede es que el filósofo tiene un método y el poeta no, a lo sumo, posee un método no de creación, sino de composición del poema, en la concepción de su forma. En síntesis, la filosofía busca la verdad desde la razón. Es decir, tiene sed de razón porque la razón, que le inyecta fundamento y sentido, se expresa a través del logos como verdad.
Así pues, el imperio del logos filosófico entró en polémica histórica con el pathos poético. De ese modo, la poesía vivió un largo purgatorio, en su batalla contra su hija legítima, la filosofía. “La poesía nació para ser la sal de la tierra, y grandes religiones de la tierra no la reciben todavía”, dice Zambrano. Esto revela su defensa apasionada de la poesía, en su teoría de la razón poética, donde hay siempre una metafísica subterránea. Si esta filósofa, como buena discípula de Ortega y Gasset, hizo esa defensa de la poesía, se debió a que también fue poeta, y a que nunca se divorció del poema, ni escindió sus intereses intelectuales entre la filosofía y la poesía. Optó, más bien, por su inmediación: vivió en la frontera entre filosofía y poesía.
Hay poetas filosóficos y filósofos poéticos. A veces la filosofía influye en los poetas, y viceversa. En esta autora malagueña-segoviana, el concepto se vuelve imagen en el poema, y la filosofía, ejercicio intelectual del estilo. Su aporte a la filosofía fue el concepto de razón poética, o sea, una forma de concebir el ser y la vida, donde dicha teoría se convierte en razón creadora: forma de estar en el mundo y de pensar. He ahí el nudo gordiano de su concepción. Filósofa de los sentidos y de la sensualidad, Zambrano fue fiel a la palabra y a la idea. Razón y pasión, mente y corazón se abrazan y dialogan en ella: razón soñada y pasión razonada. El conflicto entre filosofía y poesía postula una relación ambigua ante la vida de su intelecto.
Abogó por un “saber del alma”, en una actitud racional y emocional. Maestros como Ortega, Machado y García Morente dejarían una huella profunda en su razón filosófica. Su exilio, peregrinación o destierro dejaron una impronta, pero no se arraigó a ningún país o ciudad donde vivió (Ginebra, Roma, México, Puerto Rico, Cuba, París). Hizo filosofía de la mística y la metafísica; también de personajes literarios como Don Quijote y Don Juan. Recuperó el pensamiento clásico español del siglo XVI, bebió en las novelas de Galdós, en las fuentes del pensamiento islámico y el sufismo, lo que le permitió hacer la crítica del pensamiento occidental, desde lo trágico, y ver la España del presente, desde la verdad y el sueño. Su obra está poblada de sensaciones, metáforas, sentimientos y pensamientos. Su razón poética se lee como un arte filosófico. Desde El hombre y lo divino, hasta Hacia un saber sobre el alma, en Zambrano vida y obra están entrelazadas. Su sentido filosófico de la vida se fundamenta en un pensamiento que arroja luz a la razón. Pensadora inclasificable, por asistemática, por esta misma razón, su obra ha sido invisible detrás de los muros académicos.

La génesis de su razón poética hay que buscarla en la intuición, el arte y la creación. Esta autora hizo de la filosofía una obra de arte por su voluntad de estilo. Entre pensamiento y poesía postula un paralelismo que arroja claridad sobre el bosque de la razón. Es decir, que su pensamiento filosófico es un “claro en el bosque”. “La biografía de un filósofo es su sistema”, dijo. En ella la palabra deviene éxtasis del pensamiento y del estilo. Si en Ortega existe el concepto de “razón vital”, en Zambrano está el de “razón poética”, una especie de prolongación -o superación-, con lo que afirmó la equivalencia entre vida y poesía. Para ella, la poesía es encuentro y la filosofía búsqueda, a través de un método. De ahí que su pensamiento depare en diálogo con la razón y con la historia, donde convergen sus ideas políticas y sus ideas estéticas. María Zambrano terminó sus días, tras mucho errar, reconciliándose con su España utópica.