La soledad: el nuevo desafío

José Miguel Gómez

La vida postmoderna está diseñada y estratégicamente estructurada para asumir la vida en tres órdenes: consumo, búsqueda del placer y la angustia por un nuevo estatus y, para ello, el ser humano ha tenido que despersonalizarse en la búsqueda de una nueva identidad, teniendo que relativizar sus valores, actuar bajo la cultura de la prisa, y darse el permiso, sin límites, de buscar el placer y el goce de forma inmediata. El hombre y la mujer posmoderno necesitan vivir entretenidos y seducidos por los instrumentos que les entretienen y les dictan su comportamiento social a través de: internet, televisión, redes sociales, Facebook, publicidad, belleza corporal, etc. Esa cultura ha ocupado el cerebro, el cuerpo y ha conquistado los nuevos hábitos de la cultura del “parecer”. Para la posmodernidad no existe la soledad; no se contempla ni se prepara para ella, simplemente ayuda al escapismo social: compras compulsivas, adicción al juego, tecnología y vida sin propósito. Las personas viven y se van entreteniendo en el parecer, de tal forma que no llegan a conocer por dentro. La vida interior se desconoce, le huyen, le evaden y le temen. Es una angustia asfixiante para los mortales de la visibilidad tener que encontrarse consigo mismo. De ahí el temor a la soledad, encontrarse con ella, o tener que asumirla por circunstancia, por obligación, por condición de enfermedad, viudez, divorcio o vejez, etc.
La soledad para la postmodernidad es un sufrimiento, una patología y una desgracia en la que no se debe pensar, ni asumir, ni elegir porque nunca llegará. “viva para el presente” sin asumir el presente. Así condicionan a las personas y a los grupos sociales que socializan el socio-sexualidad, la cultura light, la cultura del goce y lo desechable. De ahí que existan personas llenas de temores, angustiadas y en pánico, una vez se encuentran solos/as, se deprime, se culpan, se angustian, se vuelven “panicosos”, se llenan de temor debido a su propio miedo existencial, de no saber para qué se existe. Esa soledad existencial es la vía para llegar al vacío, a la oscuridad, al suicidio, al surgimiento de unos pensamientos que cuestionan la vida y el existir “qué sentido tiene la vida” “para que estoy vivo” “vale la pena vivir”. El hombre de hoy huye de su pasado, niega su propia historia y su propia identidad y se aferra por vivir el presente; vivirlo de forma exagerada, sin límites, como si fuera a morir mañana.
La soledad, entonces, representa la nueva angustia de un ser humano que vive para el bullicio de la vida posmoderna; y todo esto lo representa la negación del ser, de vivir renunciando a la conquista del “yo”, o sea, la incapacidad de descubrir sus propios propósitos existenciales, sus propias motivaciones y sus propias necesidades. Sin embargo, la soledad es un derecho individual y social que aprende a construir de forma positiva, de donde se aporta, se nutre, se vive satisfecho y feliz, desde el punto de vista existencial.
La construcción de una vida asumida desde la propia conquista personal hace de un ser humano dueño y capitán de su propia existencia; capaz de entrar en armonía y equilibrio con sus emociones, sus ideas y su práctica de vida, sin llegar a despersonalizarse, ni relativizar su identidad, ni sus propósitos, ni sus valores. Desde esta perspectiva de vida, se puede asumir una soledad sin angustias. Pero, la peor de las soledades, es la soledad en compañía, aquella que se vive teniendo compañía, pero se vive en desafecto, el desapego, la anemia emocional, la ausencia de la palabra, y la vida sin pasión. En los países altamente desarrollados existen ya los ministerios de la soledad y las familias postizas. La soledad quiérase o no, va en aumento; crece por circunstancias diversas, pero sobre todo, sin las personas prepararse para ella.
En la adultez se debe aprender a elegir de forma responsable: ¿Cómo deseo terminar? ¿Cómo quiero que me recuerden? ¿Quiénes van hacer mis compañeros de viaje? O ¿Qué calidad de vida tendré, en compañía o en soledad? La soledad duele cuando no se está preparado ni existe una preparación cultural y existencial para asumirla. El desafío es que llega en silencio, se adueña y hasta se convierte en un estilo de vida.


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