La verdadera tarea de la hora

Los aguaceros torrenciales son para los dominicanos como espejos que permiten que nos veamos tal y como somos. Nos desnudan, hablan de nuestra humanidad, presentan nuestra realidad social y económica, nos hablan de nuestras asimetrías y nos dicen, en una lectura de lo visto, que la sociedad dominicana tiene un largo camino que recorrer en eso que ahora llamamos inclusión social.
Abundan las “casas-suicidas”, hechas siempre de materiales desechados que no aguantan el mínimo viento ni la mínima lluvia. Los enseres de que disponen esas casas no pueden reflejar con mayor verismo la pobreza de sus pobladores, y las calles, en muchos casos callejones y casi caminos vecinales, se quedan en el intento de ser vías adecuadas para el tránsito de vehículos y personas. Esta es una realidad que no es casual ni exclusiva de lugar alguno. La encontramos a lo largo del territorio nacional, en ocasiones colindantes con el otro país, con los que viven “mejorcito”.
Vamos a reiterarlo. Los aguaceros torrenciales y los vientos que nos llegan como coletazos de alguna tormenta tropical que se desplaza por el Caribe o el Atlántico, nos dibujan como si fueran espejos. Algo tiene que cambiar en el país, nos dicen. Hay que mirar más allá de la economía de estadísticas e internarnos en la esencia de los hechos que no es otra que la realidad del hombre y la mujer de carne y huesos para quienes el crecimiento económico o el progreso es un espejismo o una verdad que solo se columbra en los anuncios gubernamentales o en las noticias de los diarios y la televisión.
Esto es lo que los sabios nos han enseñado: la economía va bien cuando los sujetos de la misma sienten que su vida avanza en bienestar, cuando sus necesidades fundamentales son satisfechas, cuando hay alimentos, servicios sanitarios adecuados, educación integral y útil, deportes, protección social en el sentido más amplio de la palabra, cuando es posible adquirir una vivienda, cuando el niño puede vivir su niñez a plenitud… La República Dominicana de estos tiempos puede vanagloriarse de sus 50 y tantos años de crecimiento económico, en algunas ocasiones colocándose en lugares cimeros entre los países de la región, pero no puede jactarse ni exhibir alegría por una distribución equitativa de los beneficios dejados por ese largo y significativo crecimiento.
Esta es la tarea de la hora.