Leer al adversario

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El pasado 11 de julio se cumplieron 129 años del nacimiento del gran jurista alemán Carl Schmitt. A propósito de esta fecha, publiqué en mi cuenta en Twitter (@EdJorgePrats) un breve comentario donde señalaba que Schmitt era un pensador de renovada y permanente actualidad, insertando dos artículos, uno de Pablo Simón, explicando la democracia en el pensamiento del alemán y otro mío, publicado en esta misma columna, donde me refería a la distinción entre democracia y liberalismo -avanzada hace casi un siglo por Schmitt- y como la misma iluminaba el camino de Venezuela, desde ser una democracia populista iliberal bajo Chávez hasta convertirse en el régimen populista impopular bajo Maduro (“Carl Schmitt en Venezuela”, 28 de febrero de 2014). Mi tuit provocó algunas reacciones que demuestran el clima espiritual de radical pugnacidad y maniqueísmo en que vivimos en la tuitosfera y que, en ese tono sarcástico e irónico que es la marca de identidad de los tuiteros más populares, resaltaban lo paradójico de proclamar la relevancia de un hombre que se consideró el jurista de la Corona nazi, fue seguidor de Hitler, enemigo de la democracia y defensor del Estado totalitario.

Las anteriores aserciones son o infundadas o medias verdades: Schmitt muy pronto cayó en desgracia en el régimen de Hitler; nunca fue un fanático de Hitler, no lo trató personalmente y se inscribió en el último minuto en el Partido Nacionalsocialista; no puede decirse que era opuesto a la democracia sino más bien al liberalismo; y, finalmente, más que partidario del Estado totalitario propugnaba por lo que él llamaba un “Estado total”, que se contraponía al Estado total liberal. Pero eso no es lo importante. Porque además todo ello es discutible y muy controvertido. Aquí lo que resulta crucial es considerar que un intelectual, comprometido en este caso con el nazismo y con ideas en muchos casos autoritarias, no debe ser estimado un erudito preeminente y, por tanto, no debe ser leído. Si tenemos este prurito, entonces no debemos leer a Platón por su colaboración con los tiranos de Siracusa, ni a Maquiavelo por su asesoría a los príncipes de su época ni a Peña Batlle por ser un intelectual al servicio de Trujillo.

El escritor mexicano Jesús Silva-Herzog, refiriéndose a la obra ensayística de Isaiah Berlin, remarca que uno de los aspectos más interesantes de esta es el hecho de que Berlin, un liberal de capa y espada, se ocupó de leer y estudiar a antiliberales como Marx y antimodernos como Joseph de Maistre. Y es que, como bien afirma el mexicano, “leer a los aliados es aburrido. Es mucho más interesante leer a los adversarios porque ellos nos ponen a prueba. Eso es lo que intenta Berlin: reexaminar sus convicciones de liberal atribulado a través de las interpelaciones de sus críticos más enérgicos”.

El propio Schmitt -el creador y propulsor de la distinción amigo/enemigo que hoy subyace tras la lógica de la guerra permanente contra el terrorismo y que recargan los populismos de izquierda vía la razón populista de Ernesto Laclau y los de derecha a través de Alain de Benoist y el Groupement de Recherce et d’Études sur la Civilisation Européenne (GRECE)- leyó a sus adversarios: Marx, todos los liberales clásicos desde Locke hasta Montesquieu, y los juristas Herman Heller y Kelsen, con quien sostuvo una célebre y todavía actual disputa sobre el sentido de la jurisdicción constitucional.

“¿Por qué leer a Carl Schmitt en la actualidad? ¿Mantiene todavía su concepción de [la dialéctica] amigo-enemigo alguna pertinencia en nuestra era “pos-política”? ¿Tienen los demócratas liberales algo que aprender de su crítica del liberalismo? ¿Continúa siendo relevante su teoría de la soberanía en un mundo globalizado?” Estas son las preguntas que se hacía Chantal Mouffe al presentar en 1999 el libro colectivo “The Challenge of Carl Schmitt”. Para Mouffe, “a pesar de su estigma moral él es un importante pensador político y sería un grave error ignorar su obra por el solo hecho de su apoyo a Hitler en 1933. Sin duda que Schmitt es un adversario de destacable calidad intelectual, y nosotros podríamos beneficiarnos del contacto con él. Al ignorar sus puntos de vista nos privaríamos de muchas ideas que puedan ser usadas para repensar la democracia liberal en vistas al fortalecimiento de sus instituciones […] En la actual coyuntura, el pensamiento de Schmitt nos sirve como advertencia contra los peligros de la complacencia que acarrea un liberalismo triunfante”.

Los peligros de que los estados de excepción se vuelvan permanentes, las diferencias entre derechos fundamentales y derechos meramente legales, la existencia de un núcleo duro al interior de la Constitución que no es susceptible de reforma, los límites de la despolitización o neutralización política de los órganos constitucionales, los problemas de la partidocracia y del parlamentarismo, la militarización de las policías y la conversión de las guerras en operaciones policiales, la criminalización de los adversarios en guerra, lo inhumano de las “guerras humanitarias” y el Derecho penal del enemigo, son solo algunas de las cuestiones que no pueden ser abordadas ni entendidas a cabalidad al margen de Schmitt. Hoy se puede afirmar que Schmitt es el principal pensador político del siglo XX. Por eso, como indica Jorge Volpi, “la literatura sobre Carl Schmitt crece sin cesar con todos los síntomas de un fenómeno inflacionario”. Para aprender, para ser tolerantes, para corregir los defectos de nuestras democracias, para probar nuestras ideas, hay que leer a los autores incómodos, desagradables, contestatarios y políticamente incorrectos. Hay que ser “un lector omnívoro y promiscuo” (Julio Villanueva Chang), o si se quiere utilizar una frase con la que se autodescribió el propio Schmitt ante su interrogador en Nuremberg, un verdadero “aventurero intelectual”.


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