LETRAS
Los poemas eróticos de Basilio Belliard

Por PLINIO CHAHÍN
28 junio, 2008 9:55 pm Sé el primero en comentar
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A nadie se le ocurriría hoy  poner en duda que la dimensión sexual es una de las  más importantes  de la vida humana. No hay cultura que no haga referencia a ella, a través de mitos y tabúes. No hay arte que prescinda de su evocación. No hay tal vez opción vital que le sea totalmente ajena. Englobándola en la noción más amplia, comprehensiva del “amor”, Dante le otorgó el mayor homenaje al considerarla un motor fundamental: el amor hace mover al mundo.

Al mismo tiempo, puede afirmarse que pocos temas como la sexualidad, el amor y el erotismo, han sido más reprimidos y castigados por el ordenamiento social, el ordenamiento jurídico o el imperativo religioso y ético. O se encuentran más inhibidos en la conducta humana merced a los frenos psicológicos de la pulsión, a una verdadera auto-censura. El amor hace mover al mundo, sí, pero también lo hace ocultarse tras las máscaras más inverosímiles.

En el libro,”Los pliegues del bosque”, de Basilio Belliard, publicado en el año 2008, dichos temas se definen a partir de múltiples expresiones, que rompen con determinados cánones e ideas establecidas.  Las inhibiciones de las expresiones eróticas y, el desafío a los códigos constrictores de la sexualidad, el misterio y el amor, rompen con ciertos imperativos morales, en busca de un nuevo orden, más libre y más humano.

Asumiendo un discurso estructuralmente racional, pero abiertamente “instintual”, Belliard  nos ofrece un paisaje incorporal del sexo,  para hacer un recorrido detallado por el cuerpo de la mujer. Contrario a otros autores dominicanos (León Félix Batista, Adrián Javier, Manuel del Cabral, Manuel Rueda, entre otros), el erotismo en Belliard no expresa una ceremonia solemne, sino, más bien,  un rito desmesurado y orgiástico.

En el poema de la página 21,  titulado “Sinfonía del cuerpo”,  Belliard, partiendo de una comprobación tan asombrosa como gozosa (“Un cuerpo sobre otro/son dos: un gemido, una lección”), sugiere la inmadurez  de nuestra cultura occidental, ante un hecho tan “natural” como el acto sexual.

Para la tradición  platónica, el alma vive prisionera en el cuerpo; para el cristianismo, venimos a este mundo sólo una vez y sólo para salvar nuestra alma. En uno y otro caso hay oposición entre alma y cuerpo, aunque el cristianismo la haya atenuado con el dogma de la resurrección  de la carne, y la doctrina de los cuerpos gloriosos. Pero el erotismo es una transgresión tanto de la tradición platónica como de la cristiana. Traslada al cuerpo, los atributos del alma y éste deja de ser una prisión.  Para Octavio Paz, el amante ama al cuerpo como si fuese alma y alma como si fuese cuerpo. El amor mezcla la tierra con el cielo: es la gran subversión.

Si comparamos por un momento  la “naturalidad”  con que el erotismo sexual se encuentra en la prosa de Henry Miller, de Jean Genet, de Georges Bataille, de Sade, de Lawrence, de Quevedo, puede verse en contraste, que en Basilio Belliard, se resuelven esas mismas situaciones literarias, aunque a partir de algunas expresiones retóricas que anuncian un encuentro candente, “entre torsos y perspectivas/coitales”, donde “los cuerpos se sacan filos y se apagan”(pág.20).

En realidad, la poesía erótica sigue siendo la de los “otros”, la de quienes  han conquistado ya libertades que no poseemos, y entre ellas un verbo que no se paraliza, un verbo dócil a un pensamiento con menos inhibiciones.

Sí, festejamos el erotismo en Paz, en Elizondo, en Gaitán Durán, en Cortázar y otros, pero sin advertir que la poesía dominicana continúa enverada, paralizada en un corpus retórico manido. Mientras el sistema del chivo expiatorio, siga funcionando como funciona para tantas cosas, la poesía dominicana continuará parcialmente cerrada al erotismo. Aunque escribamos obscenidades en perfecto “estilo peludo”, como ha dicho Julio Cortázar, “o nos permitamos pornografías delicuescentes a base de reconstrucciones florentinas, según la cultura y los gustos de los autores”,  no habrá una literatura erótica, y cada situación erótica de nuestros textos será objeto de un trata miento especial como hasta ahora, aunque apelemos a  todas las armas de la retórica, para decir lo que un  Henry Miller o un Jean Genet, dicen  mejor y con menos palabras.

La  poesía de temas eróticos en  Basilio Belliard, sin perder la delicadeza, antes bien, mezclándola con los demás componentes exigidos por el autor—la alegría, la ternura, la tristeza, la sencillez, la naturalidad, el amor—llega a confrontar la sexualidad de las múltiples variantes de la relación de los cuerpos, que en nuestro idioma tiene denominaciones más o menos veladas, más o menos indirectas, más o menos eufemística como para poder ser referidas pudorosamente.

Me refiero a términos como sodomía, coito, masturbación, nombres genitales, e incluso, por su cercanía a los tabúes sexuales, también los escatológicos. Casi todas estas modalidades del erotismo se encuentran en Belliard, referidas como la superación lingüística de la inhibición ante  las “malas palabras”, como la superación poética de la censura y la auto-censura, del poeta frente a la relación  de los sexos.

En este sentido, el cuerpo es objeto sólo en la medida en que es polo del deseo y de la comunión; aun lo que del cuerpo mismo puede parecer “crudeza” es también  un pliegue  infinito de purezas. Así como, una vocación de absoluto y de expiación.

Bataille describe tres formas (sería mejor hablar de tres grados) del erotismo: el erotismo del cuerpo, el erotismo del corazón y el erotismo sagrado.

Este último abarca la experiencia mística en la cual el ejemplo más destacado sería San Juan de  Cruz, en quien se unen los dones máximos de la poesía, del misticismo y del erotismo, para lograr la trascendencia en una forma no igualada en la historia del hombre.

La rehabilitación de lo erótico, para Basilio Belliard, trae implícita una rehabilitación del deseo amoroso.

El deseo se manifiesta por una iridescencia, un poder, una fuerza expresiva en la cual se vuelca toda la energética de la naturaleza,   por medio de obras pictóricas de destacados autores, de estilos y tendencias eróticas, y algunos bocetos y trazos eróticos del propio Basilio Belliard, que ilustran la portada y el interior de los poemas más abiertamente eróticos del libro.

El deseo coloca al ser en estado de alta tensión. El calificativo que con justeza se le aplica es el de ardiente, y este préstamo del lenguaje del fuego sugiere la intensa energía que el deseo desplaza.

Una energía capaz de sufrir todas las metamorfosis. Freud denominó sublimación a la transformación de esta energía de origen sexual, que sus diversas manifestaciones pone en movimiento todas las escalas de los actos del hombre, y está en el  centro de avidez del héroe, del investigador, del deportista, del místico, del criminal.

En síntesis

Amplio espectro
El erotismo parece un juego que nace  de un fondo de sobreabundancia que puede responder a ciertos fines. La ebriedad de la excitación sexual cumple el fin de la procreación. Sin embargo, el erotismo en Basilio Belliard define un amplio espectro de actividades calientes y gozosas.

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