Lluvia de huevos

Ojalá que llueva café en el campo…”, así arranca una bella y hermosa inspiración musical de ese gran dominicano, orgullo nacional, Juan Luis Guerra. De su lado, el cantautor cubano Silvio Rodríguez enternece cuando declama: “Ojalá que la lluvia deje de ser el milagro que baja por tu cuerpo… Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda”. Ninguno de los deseos de estos hombres de las letras y el arte musical se vieron plasmados en la realidad de la inolvidable madrugada del jueves 19 de diciembre de 2013 por los alrededores del Jardín Botánico Nacional. Mas bien, en ese momento y lugar se remembraba en comedia, el ataque sorpresa al hotel Matum de Santiago, cuando nuestros militares constitucionalistas embestidos por miembros la Fuerza Aérea Dominicana. Bien de madrugada realizaba la diaria caminata como parte de los acostumbrados ejercicios que por más de tres décadas he venido realizando ininterrumpidamente. Me acompañaba mi fiel perro amigo, cuando de repente sentí los impactos de cuatro huevos como parte de una andanada de unidades avícolas que provenía de un carro blanco que había detenido la marcha en posición paralela a la acera por donde me desplazaba. Ante el asedio huevero opté por devolverme, lo que indujo al conductor del vehículo agresor a dar la vuelta en U para reanudar la exitosa granizada de potenciales pollitos. Regresé al hogar con el cuerpo molido y la ropa empapados de clara y yemas. Monté en mi auto y salí a indagar la ruta seguida por las personas que de modo espontáneo se habían desprendido de tan rica fuente alimentaria, para donarla a mi cuerpo sensible ya golpeado por los años. Gracias a la gentileza de los dueños de varias freidurías nocturnas de la zona me enteré que los ocupantes del carro blanco de cuatro puertas se desplazaron por la avenida Reyes Católicos en dirección Este, para seguir por la avenida Nicolás de Ovando, llegando hasta la avenida Ortega y Gasset. La siguiente mañana me desplacé como de costumbre, pero con la misión de agradecer a los amigos donantes su caritativo acto. A la vez les solicitaría con el mayor respeto que me dieran los blanquillos en el cartón original, a fin de hacer una gran tortilla para compartirla con mis vecinos. También pretendía reciprocarles con algún regalito algo más costoso y que perdurara en el recuerdo de dichos vándalos. Decidí no molestar a las unidades amigas del orden público para no recargarlas con vulgares y comunes denuncias ya que aún espero por noticias de los atracadores que el 24 de diciembre de 2011 me despojaron de las pertenencias que cargaba, no sin antes golpearme inmisericordemente. Solo la terquedad heredada ha impedido que abandone el hábito de caminar por las hoy peligrosas calles y avenidas de Santo Domingo.

Si esta vez acaso se trató de un acto de amedrentamiento, deberían saber los autores, que este servidor prefiere contar los días que le restan, andando de pie y al aire libre, a la opción de vivir una eternidad enjaulado, lleno de miedo y en penumbra. Ojalá que en vez de huevos me: “caiga un aguacero de yuca y té/ del cielo una jarina de queso blanco/ y al sur una montaña de berro y miel”.

 


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