López Obrador y la antidemagogia

Rafael Acevedo

Los demagogos suelen prometer al pueblo cosas que saben de antemano que no son posibles, o que requieren de demasiados esfuerzos y sacrificios de parte de los propios votantes.
López Obrador prometió algo fácil de prometer pero no tan creíble ni tan realizable: Meter en la cárcel a todos los corruptos. Lo que, aparentemente, es solo es cuestión de voluntad política del gobernante. Aunque, cual el personaje de Mario Moreno, cerca ya del solio, afirmó que los corruptos viejos no se encarcelan. Los malos corruptos serán los nuevos.
Pocas veces se piensa en la complejidad de la corrupción: el solo entenderla podría ocupar todo nuestro tiempo e inteligencia.
El costo y dificultad de capturar cabecillas y secuaces de una narco-pandilla requiere de inteligencia y persecución policial internacional con un presupuesto en dólares. Capturar siquiera a unos cuantos rateros de barrio, es tarea que pocos comandantes se atreven, a menos que aquellos hayan desafiado reglas básicas del equilibrio político-administrativo-policial-barrial. Hay corruptos y delincuentes contra los cuales el sistema político-policial no puede.
Un simple pillo de barrio sabe agenciarse protección e información sobre posibles redadas, a cambio de dádivas a agentes mal pagados para comprar los útiles escolares de sus hijos. (Hay que estar en los pantalones de un policía cuando sus hijos llevan cinco días de escuela sin presentarse con los libros y utensilios de rigor, mientras otros niños estrenan mochilas y enseres; un bulín cruel y silente que pocos niños y papás resisten.)
Cuesta poco esfuerzo imaginarse el costo económico actual y de oportunidad, y el grado de dificultad de desmantelar un complejo sistema de corrupción crónica en cualquiera de nuestros países; cuya lista de instituciones involucradas es larga, y la variedad de trucos, trapisondas legales, “indelicadezas” y mañoserías es incalculable. Muchísimos ciudadanos, quienes a menudo son víctimas, muchas veces son clientela beneficiaria de esas prevaricaciones.
En la Gran Corrupción los mecanismos de complicidad son de Grandes Ligas. Independientemente de cuanta voluntad política tenga un gobernante, de cuanta popularidad tenga, y poder acumule en las cámaras; el costo material y el tiempo de montar una operación contra la corrupción administrativa es tal, que Estado y gobernante difícilmente cuenten con los recursos monetarios, el personal, la inteligencia, la estrategia ni el tiempo para esa tarea. Sin contar con la capacidad de nuestras sociedades de asimilar y generar nuevas formas de desorden administrativo.
Hay países que si eliminan a todos los corruptos del tren administrativo casi se quedarían sin personal.
A menudo, hay serio dilema entre usar tiempo y recursos para mejorar la calidad de vida ciudadana o enfrentar un enemigo tan formidable.
López Obrador será dichoso y reconocido por la posteridad como un gran gobernante si logra disminuir significativamente la corrupción en su período. Quiera Dios que su declaración de que no va a perseguir la vieja corrupción, sino solamente la nueva, no sea tan solo una declaración de derrota al llegarle la hora de la verdad.
Que tenga mucho éxito y nos muestre la estrategia de cómo también lograrlo. Dios lo guarde.