Los dilemas de la UASD

El interés por hacerse cargo de los destinos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo ha crecido con los años, tanto como sus matrículas y las muchas necesidades de atender como Dios manda un alumnado que desborda aulas contra el buen sentido de la pedagogía, fenómenos que la obligan a reafirmarse como entidad académica que escapa a consignas partidarias. Se diría que es una casa de estudios que se debate entre la libertad de ideas y el costo tan alto de ser un territorio libre para que sus contendientes se agrupen, promuevan y conviertan el presupuesto uasdiano en la cima a conquistar. Con movilizaciones y actos no académicos en los que se gastan muchos millones. Un proselitismo excesivo y desgastante en términos universitarios para lo que sería cumplir una misión que obliga a colocar a la ciencia y el estudio como lo fundamental.

Si se tratara de algo modesto, reposado en argumentaciones y propósitos, y no aplicara tanto el estilo electorero que caracteriza parte de la política que el análisis serio de la realidad dominicana objeta, se diría que la democracia interna de la UASD conviene; pero es notorio que el activismo arropante con la mira puesta en el control de la UASD delata siempre la influencia de partidos políticos de la tradición, creándose un vínculo cuestionable con quienes cada cuatro años arrastran mucha gente a votar sin que por ello dejen de defraudar a sectores de la sociedad.

Intermediación frustratoria

Después que el Estado desertó flagrantemente al claudicar ante sus políticos contra la tarea de regular el mercado para que les fuera bien a los agricultores y a los consumidores por igual, dejó el campo abierto a una comercialización extractora, a lo Drácula, de los beneficios que generen diversos renglones de producción. Ningún plátano o batata, ñame o yautía reporta la mayor tajada de ganancias a aquellos que los sembraron. Con el lucro fuerte se alzan intermediarios, ahora con menos límites que antes. Existe, y así debe ser, libertad para comprar y vender, pero admitiéndose desde muy temprano que debía existir un mecanismo oficial que mercadeara una parte importante del resultado de cosechas y enfrentar a quienes quisieran jugar ese papel sin controles razonables para la captación de utilidades. Inespre dejó al país esperando.