Los dominicanos no leen

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No lo digo yo, me lo dijo un mensajero que pasa el día en su motor calle arriba y calle abajo. No recuerdo a qué vino el comentario, pero desde ese día he pensado varias veces en su aseveración: “los dominicanos no leen”. El resultado es que he entendido mejor algunas cosas.
Los insultos. En la cantidad de artículos que leo en los periódicos digitales, lo que aparece al final, fundamentalmente, son insultos de los lectores; casi nunca veo un argumento que refleje compresión del texto y análisis. Es vómito mental.
Las faltas ortográficas. Con la proliferación de las nuevas redes sociales se encuentran a diario muchas faltas de ortografía. Cierto, no es fácil escribir correctamente a la velocidad del relámpago, pero muchas faltas son garrafales y no son producto de la rapidez en el teclado.
Los accidentes de tránsito. Los letreros en las carreteras, cuando aparecen bien indicados, son muchas veces ignorados. Las estadísticas de accidentes están ahí para demostrar que la insensatez, el alcohol y la falta de atención tienen mucho que ver con esas tragedias.
El origen del déficit en la lectura. ¿Cuántos libros, en promedio, lee un estudiante dominicano en primaria, en secundaria? ¿Hay mucha diferencia entre las escuelas públicas y privadas? ¿Y en las universidades? No tengo el dato. Si existe, por favor que alguien me lo pase.
La Feria del Libro. Se decía que vendían más comida que libros. Hay muchas casetas de instituciones del Gobierno con algunas publicaciones que no atraen ni siquiera al burócrata más aburrido. ¡Eso sí, con impresión costosa! Ahora dicen que la Feria está más enfocada en la lectura. ¡Ojalá así sea y tenga buenos resultados!
La caída del libro. En un país de unos 10 millones de habitantes, como es la República Dominicana, la edición de mil copias de un libro se considera todo un éxito porque no hay clientela. Las librerías van quebrando, aquí y en otros lados; y el mundo digital aplasta el impreso. ¿Qué lee la gente? ¿Facebook, WhatsApp y Twitter? La vida definida y expresada en pocas palabras.
No es nostalgia, nunca he sido nostálgica de la sociedad de antes. Pero me preocupa que en la medida que se abren los canales de opinión a más y más personas, no exista un mecanismo de instrucción para desarrollar en la población la capacidad de reflexión, argumentación y expresión.
Sin eso, la interacción social se vuelve irrelevante, prevalece el dime y te diré, la polarización irreflexiva, y un constante denostar porque en la disminución de uno está el triunfo del otro.
La comunicación reflexiva es fundamental para avanzar, alcanzar sociedades más humanistas y menos guerrerista, buscar la justicia, construir la paz, y encontrar mayor bienestar.
El empoderamiento mediante la palabra bruta, agresiva y destructora no augura buen futuro. La palabra es arma potente de apoyo o agresión, dulzura o amargura.
Pongamos más atención a las palabras con las que organizamos nuestro pensar y accionar. La lectura es un camino hacia las palabras, hacia la historia, el presente y el futuro.
Alerta: recientemente, la Asociación Internacional para la Evaluación de Rendimiento Escolar (IEA) publicó los resultados del Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana, basado en un examen a 94 mil estudiantes de secundaria en 24 países del mundo que evalúa conocimientos y actitudes cívicas. Los cinco países participantes de América Latina obtuvieron los últimos lugares, y de ellos Perú y República Dominicana los últimos. La baja educación cívica, como muestra el estudio, se traduce en valores más autoritarios.