Los intelectuales [dominicanos] y la intervención militar norteamericana, 1916-1924

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De las quince damas firmantes de la carta del 24 de mayo de 1916 dirigida al ministro americano William Russell y al contralmirante W.B. Caperton, titulada “La verdad de los hechos”, solamente dos no se integraron a los fastos de la dictadura trujillista: Floripe Mieses viuda de Carbonell y Ogarita Pou, esta última, futura esposa del futuro general Federico Fiallo, uno de los matones del régimen en su condición de militar y jefe policial y quien se suicidó cuando el fiscal especial Rafael Valera Benítez iba a detenerle en su residencia para que respondiera de los crímenes que cometió en el desempeño de sus funciones.

(Reseña del libro de Alejandro
Paulino Ramos)

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Esto lo constaté, y con la reserva de una indagación más profunda, cuando examiné el destino político de las quince firmantes en los dos tomos de esa biblia documental del feminismo dominicano titulado Cien años de feminismos dominicanos T. I. El fuego tras las ruinas. 1865-1931 (Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2016) y t. II. Las siempre fervientes devotas. 1931-1965 (igual, ciudad, editor y año de publicación) de las autoras Ginetta E. B. Candelario, Elizabeth S. Manley y April J. Mayers e, igualmente, al contrastar la otra biblia del trujillismo en materia de intelectuales colaboradores de la propaganda a favor de la dictadura cuyo título es Bibliografía de Trujillo, obra de Emilio Rodríguez Demorizi (Ciudad Trujillo: Impresora Dominicana, 1955).
Para rematar la búsqueda acerca del destino político de las mujeres que enfrentaron la ocupación militar yanqui con la acción y la pluma abrevé en el interesante análisis titulado “Respuestas a la Ocupación: las normalistas toman la palabra” del libro de Neici Zeller Discursos y espacios femeninos en [la] República Dominicana. 1880-1961 (Santo Domingo: Letragráfica, 2012, 63-76) y, por supuesto, su continuidad en los capítulos tres, cuatro y cinco titulados “El feminismo trujillista, 1930-1938 (pp. 77-112), “Nuevas ciudadanas y partidarismo, 1940-1950” y “Las expresiones del feminismo trujillista: Simulacros de sociedad civil en la dictadura” (pp. 149-196). Y por supuesto, el excelente ensayo de Walter J. Cordero y Neici M. Zeller titulado “El desfile trujillista [de 1958]: despotismo y complicidad” en Homenaje a Emilio Cordero Michel (Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, Col. Estudios I, 2004, pp.113-174).
Único sobre este tema es, si no yerro, este ensayo sobre el gran desfile de 1958 sitúa política e ideológicamente la significación de la pragmática semiótica de los desfiles en la Era de Trujillo. Recurrí a este trabajo de Cordero y Zeller porque, antes de saber sobre su existencia, consulté a Cordero personalmente para informarle que estudiaba la pragmática semiótica del gran desfile del millón celebrado el 24 de octubre de 1960, día del cumpleaños del dictador: su última mascarada antes de ser asesinado por el proyecto del grupo del 30 de mayo, apoyado por los Vicini y el Departamento de Estado de Washington. Esta mascarada, como todas las anteriores, atrapó a Trujillo en medio de un torbellino de ilegitimidad: el debelamiento del Movimiento 14 de Junio para Reyes de 1960; la enorme cantidad de presos políticos que implicó; la carta pastoral de la Iglesia leída en todas las parroquias del país el 21 de enero de 1960; el atentado a Rómulo Betancourt y las sanciones que la OEA le impuso a Trujillo en San José de Costa Rica en agosto de aquel año; un mes después, el 25 de noviembre de 1960, el asesinato de las hermanas Mirabal ordenado por Trujillo a Johnny Abbes; un año antes, la expedición del 14 de junio de 1959 financiada y apoyada por Fidel Castro, y las dificultades familiares de Trujillo y su hijo Ramfis, quien se había marchado a disfrutar de la buena vida en Europa luego de asesinar en San Isidro a los sobrevivientes de la referida invasión.
Este es el contexto en que se vislumbraba en aquel desfile del millón la caída del régimen y el desfile fue, como en otras crisis de legitimidad, el áncora de salvación que Trujillo creyó vislumbrar al lanzarse como candidato a gobernador de Santiago en las elecciones municipales de diciembre de 1960 para, posteriormente, presentarse como candidato presidencial en mayo de 1962 y desplazar de la presidencia a su títere Joaquín Balaguer, a quien había colocado en el solio presidencial en agosto de 1960 en lugar del “renunciante” Héctor B. Trujillo, a fin de hacerle creer a Washington que la dictadura se había democratizado, en vista de lo cual se emprendió la campaña para que la OEA le levantara las sanciones al régimen.
Hubo, paralelamente, una minicampaña de los desesperados del trujillismo que comenzaron a pedirle al dictador que se hiciera cargo de la presidencia de inmediato, lo que implicaba obligar a Balaguer a renunciar en medio de todos estos obstáculos. Pero Trujillo, hábil al fin, respondió a sus íntimos que a un Presidente no se le podía jubilar. De ahí la estrategia que primó: Trujillo presidente para el período 1962-67. Pero “el sentido de la historia” en el que creían los trujillistas, les sorprendió la noche del 30 de mayo de 1961. Balaguer fue el único ganador porque, como le dijo a Juan Bosch en La Habana, él prefería esperar que el mango cayera de la mata. Esto explica también el famoso discurso de Balaguer en el estadio Trujillo cuando dijo que Trujillo jamás sería un fugitivo como los presidentes Perón, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla y Batista, sino que si debía de morir, moriría con las botas puestas en su propio país. ¿Había sido contactado ya Balaguer por su médico personal Viñas para informarle del complot del 30 de mayo y que se le prometió dejarle en la Presidencia? A lo que Balaguer respondió al emisario: Hágase de cuenta que usted y yo nunca hemos hablado de esto.
Tanto en el gran desfile de 1958 como en el de 1960 se comprobará la conclusión de Cordero y Zeller en el sentido de que las miembros del Club Nosotras y de la Acción Feminista Dominicana (AFD) que motorizaron la lucha por los derechos civiles de la mujer aprobada por ley del Congreso trujillista quedaron, desde aquel 1942, subordinadas al trabajo menor del activismo para lograr que las mujeres de la clase media baja, las asociaciones mutualistas y otras organizaciones civiles de todo el país se sumaran al carro triunfal del trujillismo, mientras que las mujeres de la élite cívico-militar de la dictadura se convirtieron en la aristocracia antifeminista del régimen, incapaces de escribir en la prensa y agitar en los barrios, mientras que las feministas del 42 sí sabían hacerlo y lo hicieron (Continuará).


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