Los juegos del hambre

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Cuenta el filósofo Slavoj Zizek una anécdota de los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Un oficial alemán escribe un telegrama a sus aliados austriacos: “Aquí la situación es seria, pero no catastrófica”. Los austriacos responden: “Aquí la situación es catastrófica, pero no seria”. Para Zizek, “esta última frase define nuestra época. Nos cuesta tomar en serio la debacle a la que nos enfrentamos”.
Algo parecido ocurre en Venezuela: todos sabemos que la situación económica es realmente catastrófica. Según el periodista Andres Oppenheimer, Venezuela habría entrado en una nueva etapa de declive económico: la hiperinflación, que es cuando los precios suben más de 50% por mes, augurando el Fondo Monetario Internacional, que habrá una tasa de inflación acumulada de casi 2.400% en 2018, con una reducción del Producto Interno Bruto venezolano de más de 10%. El principal daño humanitario causado por este proceso hiperinflacionario es que los niveles de hambre han aumentado en un país rico en recursos petrolíferos y que había mejorado notablemente la alimentación de la población, incluso bajo el gobierno de Hugo Chávez. Como lo tiene que confesar el político Reinaldo Iturriza López, de credenciales chavistas incuestionables y cáustico crítico de los reportajes de la prensa internacional sobre el hambre extendida en Venezuela, “entre 2008-2010 y 2014-2016, la subalimentación en Venezuela ha aumentado 9,9 puntos porcentuales. En apenas ocho años, 3.2 millones de personas pasaron a estar subalimentadas”.
Pese a esta innegable crisis económica y alimentaria, la respuesta del gobierno venezolano es que la situación es catastrófica pero no seria y ha pasado a interpretar el consabido guión populista: (i) achacando la culpa de los males a la “guerra económica” desatada por el “imperialismo yanqui” y sus aliados “escuálidos” de la burguesía venezolana, dedicados al “sabotaje” y al “acaparamiento” de alimentos de primera necesidad; (ii) controlando los precios; y (iii) confiscando los productos y empresas considerados “estratégicos”.
Muchos analistas sostienen que detrás de esta crisis hay una estrategia cuidadosamente diseñada por el gobierno venezolano y que se inscribe en la peor tradición de los más emblemáticos regímenes comunistas en la historia del siglo XX. Axel Capriles ha recordado “el uso del hambre como instrumento de sometimiento y sumisión”, como lo atestiguan la hambruna rusa de 1921-1922, la gran hambruna soviética de 1932-1933 y la gran hambruna china de 1958-1961. A esta lista yo añadiría, eso sí, guardando las distancias, el hambre estructural a cuenta gotas administrada en Cuba a través de las libretas de racionamiento, hoy también implementadas en Venezuela, y que hacen que en la patria de José Martí, alabada paradójicamente por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación por su “lucha contra el hambre”, como señala con sorna el escritor Leonardo Padura, “nadie se ha muerto de hambre, pero nadie ha comido lo que ha querido”. Más recientemente, Ángel Alayon ha analizado como Lenin y Stalin aprovecharon “el hambre como oportunidad política”, citando a Lenin para quien “un momento como el del hambre y la desesperación es único para crear entre las masas campesinas una disposición que nos garantice su simpatía o en cualquier caso neutralidad”.
Pero realmente el premeditado instrumento político de dominación no es tanto el hambre como su causa fundamental: la hiperinflación. No es que, en palabras de Zizek sobre la huella de Fredric Jameson, es más fácil imaginar el fin del mundo que alternativas al sistema capitalista, sino que somos incapaces de darnos cuenta que, como decía Valéry, reeditando a Spengler, “nosotras las civilizaciones, sabemos ahora que somos perecederas” y que la civilización capitalista -cuyo sistema nervioso central es el dinero, capaz de transformarse en mercancía y capital vía la tasa de interés, y dinero que no es una cosa sino más bien la creencia en una cosa- está basado en la confianza (“trust”) y la confianza se pierde cuando se pierde la confianza. O, como lo dice mejor John Maynard Keynes en su libro “Las consecuencias económicas de la paz” -en pasaje que encaja como anillo al dedo a Venezuela y que me ha revelado el joven y brillante economista dominicano Raúl Ovalle, varias veces ganador del prestigioso concurso de economía del Banco Central-:

“Se dice que Lenin ha declarado que el medio mejor para destruir el sistema capitalista es viciar la circulación. Con un proceso continuado de inflación, los gobiernos pueden confiscar, secreta e inadvertidamente, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos. Por este método, no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente; y aunque el procedimiento arruina a muchos, por el momento enriquece a algunos. La contemplación de esta reorganización arbitraria a favor de los ricos atenta no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la equidad de la actual distribución de la riqueza. Los favorecidos por este sistema, aún más de lo que merecen y aún más de sus esperanzas o deseos, se convierten en especuladores, objeto del odio de la burguesía, a la que la inflación ha empobrecido, no menos que del proletariado. Como la inflación sigue y el valor real de la moneda tiene grandes fluctuaciones de mes a mes, todas las relaciones permanentes entre deudores y acreedores, que constituyen el primer fundamento del capitalismo, se desordenan tan profundamente que llegan a no tener sentido, y el procedimiento para hacer dinero degenera en un juego y en una lotería. Lenin tenía, ciertamente, razón. No hay medio más sutil ni más seguro de trastornar las bases existentes de la sociedad, que envilecer el valor de la moneda. El procedimiento pone todas las fuerzas recónditas de las leyes económicas del lado de la destrucción, y lo hace de manera tal, que ni un solo hombre, entre un millón, es capaz de notarlo”.


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