Los Niños frente al duelo

Virginia Pardilla, directora MLC School.

“La hora de la separación ha llegado, y cada cual tiene que seguir su camino: yo, a morir, vosotros a vivir. Cuál es el mejor, sólo Dios lo sabe”. Esta frase del gran filósofo Griego Sócrates hace alusión al proceso de separación definitiva ante la muerte de un ser querido, circunstancia a la que todos nos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas.La tristeza que provoca este acontecimiento es una de las sensaciones emocionales más dolorosas que puede registrar un ser humano.

La desaparición física de un ser amado puede verse desde diferentes perspectivas, según la edad, el género, la cultura, educación, costumbre, aspectos emocionales, creencias religiosas, etc.; lo que si es una verdad absoluta es el dolor que nos causa.

La manera en que manejemos el duelo será determinante para superar la perdida.

En el caso de los niños el manejo del duelo por muerte es mucho más delicado, tomando en cuenta que en la primera infancia se desconoce el verdadero significado de este acontecimiento. Los infantes tienden a confundir la muerte con dormir, para ellos se trata de una ausencia temporal, aunque si le genera mucha confusión.

Ya a los cinco años el niño alcanza a entender ciertas dimensiones de la muerte, sabes que se trata de una ausencia física permanente y definitiva. Sin embargo, es normal que los niños de estas edades pregunten donde está la persona que falleció, por lo que se hace necesario explicarles varias veces el proceso.

Los niños tienden a preguntar sobre la causa de la muerte, así como si les puede pasar a ellos, si la persona que ha fallecido es su padre o tutor, el infante puede angustiarse por su cuidado.

En la primera etapa del duelo el niño protesta, llora amargamente y suplica que la persona que falleció vuelva. La conmoción, confusión y la ira por haber sido “abandonado” pueden ser normales, incluso sentir pesadillas, hacer “pataletas”, sentir miedo a separase de otro ser querido por temor a perderlo. El infante también suele presentar regresiones en la etapa de desarrollo, demandar más atención, alteración en la alimentación, sentir culpa, tristeza, cambio de conducta y de humor.

Ya en la segunda etapa el infante llora de manera insistente y empieza a costumbrase a la ausencia del ser querido.

En la tercera etapa: se produce una ruptura del vínculo y empieza a mostrar interés por el mundo que le rodea.

Después de los cinco años hay una mayor conciencia del significado de la muerte, incluso se despierta la curiosidad natural por este tema.

Entre los cinco y los nueve años, los niños pueden asumir la negación como mecanismo de defensa. Sin embargo, empiezan a comprender ese carácter definitivo e irrevocable de la muerte, pues la mente racional comienza a distinguir y a admitir las relaciones abstractas.

En los adolescentes será más frecuente el malestar psicológico producto de la perdida.

Las niñas tienden a ser más vulnerables ante la muerte de la madre y los varones adolescentes ante la del padre.

La mayoría de los niños superan el duelo sin grandes complicaciones, siempre que crezcan en un ambiente estable y que los adultos manejen la perdida de manera adecuada.

Es importante tomar en cuenta algunos aspectos para superar el duelo en los niños y adolescentes, tales como: “educar para la muerte”, si la persona está enferma y el niño quiere despedirse en la etapa final, es bueno permitírselo. Conviene informar al niño con palabras sencillas y fáciles lo que está sucediendo para irlo preparando.

La noticia del fallecimiento debe darla un familiar cercano, es importante cuidar la forma y las palabras.

Se recomienda explicarles poco a poco lo ocurrido y contestar sus inquietudes con honestidad, explicando que todo lo que vive, morirá algún día.

Las respuestas a sus inquietudes deben ser cónsonas con su edad, su desarrollo emocional y cognitivo.

No mentir. La mentira es insostenible en el tiempo.

Es conveniente permitirle al menor participar en los actos fúnebres, estos ayudan a mitigar las penas y a superar el duelo.

Se debe ser empático con el dolor del menor, dejarlo fluir sus emociones, reprimir el llanto nunca es favorable y puede impedir que el niño se desahogue.

Coméntele que no vas a olvidar a la persona que falleció, pero retome lo más pronto posible la rutina y las normas.

Recuerde que no hay sensaciones “buenas ni “malas, cada quien vivirá esta experiencia de diferentes maneras. La autora es psicóloga y educadora, directora y fundadora de MLCSchool:@MLC_Schoolrd.