Los otros costos y peligros de la corrupción

El Centro de Estrategias y Estudios Internacionales (CSIS) presentó un informe donde concluye que la corrupción en la República Dominicana es un mal endémico que en la última década se ha extendido de manera preocupante a todos los estratos de la administración pública. Nos hemos acostumbrado a la corrupción como algo natural del dominicano y de nuestra cultura política. Y a otros aspectos personales, de nuestras conductas privadas y delante de los demás, que no contamos como tales y acaso ni siquiera consciencia de ello tengamos.

Economistas y sociólogos desarrollistas han argumentado seriamente acerca de los efectos de la corrupción en el sistema institucional y el aparato administrativo del Estado. Las enormes masas de dineros sustraídos al erario imposibilitan muchos planes que según los presupuestos anuales irían a desarrollar la infraestructuras física y humana, y todas las actividades que fortalecen y viabilizan los procesos institucionales que darían sustento, tanto en el plano de las iniciativas privadas, nacionales y extranjeras, como en el propio de la sociedad civil (organizada) y de la gente común en su búsqueda de modos de adaptación y supervivencia.

Hay escasa conceptualización y muy poca contabilización del costo (directo y de oportunidad) de esa enorme distracción de recursos: gerenciales, de planeamiento, ejecución, supervisión y sanción; en tanto los funcionarios y empleados públicos se dedican a cualquier cosa menos a aquello por lo cual se les paga. Aparte de lo que se dilapida en viajes y gastos superfluos y perversos. Es imponderable el mero costo del nefasto ejemplo de funcionarios corruptos e ineptos, ocupando cargos infuncionales, supernumerarios. El solo mal ejemplo de muchos legisladores, síndicos, ministros y directores generales ejerce con demasiada, frecuencia, un efecto devastador sobre la moral colectiva, sobre nuestra cultura organizacional y comunitaria. El nivel de descreimiento, cinismo, frustración y agresividad que ello provoca aún entre nuestros ciudadanos más correctos, es fácil de observar en cuestiones elementales, como la forma en que conducen un vehículo o se apropian de espacios y bienes públicos, y de los ajenos, incluida su vida, cuando pueden quedar impunes; no faltando empresarios que falsifican medicamentos o venden productos expirados, dañando vida y salud de miles sin consecuencia alguna.

Ya la corrupción es a la vez extremadamente peligrosa no solamente para los infelices a quienes los policías acogotan en los barrios pobres.

Los propios ricos, de cuna y prosapia, están siendo víctimas de abusos de policías y militares en vías céntricas y en carreteras, (patrullando, acaso por cuenta propia), ponen en peligro vida de ciudadanos a los que no les falta un solo documento, requisito o símbolo de status.

Hay funcionarios y oficiales que llevan su labor y rango por cuenta propia, operando como pandillas más que como representantes de la ley y el orden. Estos personajes han descubierto si las jerarquías políticas y y la oficialidad está corrompida, cada sargento se puede erigir en jefe de sí mismo, e incluso tener más mando que cualquier oficial o funcionario de supuesta mayor jerarquía. En esta lati-corrupción todos peligramos.


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