Los restauradores expulsaron a Duarte del país

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Ahora que estamos inmersos en el mes de la Patria, con todas las dependencias oficiales en mandatorias peregrinaciones hacia el Altar de la Patria, acarreando costosas coronas en honor a los padres fundadores, sería bueno sumergirnos en una etapa de la vida del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, que misteriosamente es soslayada por todos los historiadores. Ellos evaden profundizar esa etapa de la vida de un malogrado ser humano.
En 1844, Juan Pablo Duarte fue expulsado del país hacia Europa y meses después se vino a radicar en Venezuela. Allí tenía familiares y conocidos e hizo muy buenas relaciones con la cúpula política de ese país. Vivía atento a los acontecimientos que se vivía en su país, que culminaron con la anexión a España en 1861. Al momento de la anexión se aceleraron los sentimientos del patricio febrerista y se puso como objetivo retornar a su país para recuperar la soberanía en manos españolas. El grito de Capotillo de agosto de 1863 aceleró su proyecto de recuperación de la soberanía. En enero de 1864 emprendía su viaje desde Venezuela para ponerse a las órdenes de las fuerzas restauradoras. Mientras tanto Duarte procedió a realizar varios nombramientos para su estado mayor y que esperaba que el gobierno restaurador los reconociera cuando él llegara al país.
Para inicio de 1864, a 20 años de su destierro, llegó Duarte el 19 de marzo a las costas de la isla y desembarcó en Cabo Haitiano después de atravesar grandes peripecias de persecuciones marítimas y desinformaciones por la envidia que desataba su historial. Desde ese puerto haitiano se desplaza hacia su patria amada en una pequeña embarcación y llega a Monte Cristi el día 25 de marzo. Allí lo recibe Benito Monción, uno de los ideólogos del movimiento restaurador, brindándole una cordial bienvenida con todas las atenciones posibles de un país pobre. En el poblado de Guayubín se reúne, después de 20 años, con un Ramón Matías Mella muy enfermo y se dirigen juntos hacia Santiago, llegando el 4 de abril.
Duarte deja a Mella en su lecho de muerte y conversa con los dirigentes del movimiento restaurador que aparentemente se sienten felices con la presencia del patricio en sus filas. Les narra a los restauradores de sus actividades, relaciones y vida en Venezuela. Fueron instantes de gloria para el patricio hasta el día 14 de abril cuando recibe una comunicación de mala fe que lo designa como embajador plenipotenciario para que inmediato se marchara para Venezuela a buscar recursos para la causa restauradora. Es conminado, a los escasos 20 días de llegar al país, por los restauradores a salir raudo y veloz para el exterior. Fue una expulsión que se quiso disfrazar de diplomática pero que Duarte con su inteligencia comprendió el objetivo ya que en su comunicación de 21 de abril de 1864 le decía a Ulises Francisco Espaillat, vicepresidente del gobierno que: “Estoy dispuesto a recibir vuestras órdenes si aún me juzgareis aparente para la consabida comisión, pues si he vuelto a mi Patria después de tantos años de ausencia ha sido a servirla con alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de amor entre todos los verdaderos dominicanos y jamás piedra de escándalo ni manzana de la discordia”. Con ese párrafo de su comunicación desnudaba ante la historia la acción ingrata, temerosa y envidiosa de los hombres de la Restauración que en su mayoría iletrados pero tan solo con un arrojo para defender su Cibao querido, fuente de la riqueza del país de entonces.
Los restauradores aceptaron que Duarte permaneciera en el país hasta el desenlace fatal de la vida de Mella, lo cual ocurrió el 4 de junio. Para el día 28 de junio ya Duarte se encontraba en la isla de Sant Thomas después de su expulsión de poca clase que provocaron los restauradores estimulados de seguro por la única mente pensante de esos patriotas que lo fue Ulises Francisco Espaillat. Previamente el gobierno restaurador le había entregado a Duarte las credenciales y poderes necesarios para su misión de enlace para obtener ayuda y recursos de Venezuela para el apoyo al movimiento restaurador.
Quiera Dios que algún día, con una mente de mayor apertura y madurez, se pudiera analizar y colocar en su verdadero contexto y de no tergiversar nada de esa bellaquería que los restauradores le jugaron al padre de la Paria. Él retornó con entusiasmo e ingenuidad para apoyar a unos patriotas cuya meta era proteger sus campos y fuentes de riqueza que le producían el tabaco, el azúcar, el café, el cacao y el ron. En menor escala la madera, donde el sur era la región más productora.


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