Los restos de Pedro Santana y los intríngulis de una discusión bizantina

Por JORGE TENA REYES
13 diciembre, 2008 10:11 pm 1 comentario
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El 11 de mayo de 1856, Pedro Santana renunció a la Presidencia de la República argumentando problemas de salud. Más tarde, la Asamblea Popular lo acusó de conspirador y el Senado lo declaró en Estado de acusación. En esa condición fue requerido por el Consejo de Ministros para que se presentase en Santo Domingo, orden que fue cumplida  por el general José María Cabral que lo trajo  desde El Seibo a la fortaleza Ozama donde recibió, ¡oh ironía del destino! especiales atenciones por parte del comandante de armas, general Francisco Sánchez del Rosario, a quien Santana le había fusilado una tía y un hermano.

De la Fortaleza fue sacado a medianoche en la goleta Ozama con destino a Martinica, donde no se le permitió la entrada.  El 1º  de febrero de 1857 estaba de regreso en Santo Domingo donde tampoco el gobierno lo dejó desembarcar, y se decidió que la goleta Ozama “se mantenga barloventeando sin rebasar la isla Saona hasta nuevo aviso”.  También le fue anulado por el Consejo de Ministros presidido por Báez, el contrato de usufructo de esta isla.

Largas fueron las penurias de Santana en este período que culminó en la isla de Guadalupe, gracias a la intervención del contralmirante francés Gueydon.  El célebre expatriado permaneció en Guadalupe hasta el 21 de agosto de 1857 cuando  pasó a Saint Thomas,  año en que fue llamado, junto a otros desterrados, por el gobierno revolucionario de Santiago, que enfrentaba al Presidente Buenaventura Báez.  Llega a Santiago el 25 de agosto y el gobierno encabezado por José Desiderio Valverde lo recibe con una salva de 17 cañonazos, al tiempo que lo nombra Jefe de los Ejércitos del  Sudeste y Sudoeste.

El Gobierno de Báez  capitula  el 18 de julio de 1858 y Santana tomó posesión de la ciudad, donde es aclamado General en Jefe de los Ejércitos y por la soberana voluntad de los pueblos encargado de restablecer el imperio del orden.   El 31 de enero presta juramento como presidente de la República, cargo que ocupaba de facto desde julio de 1858, a  pesar de su pasado comportamiento como Jefe de Estado en desmedro de los sagrados derechos de la libertad ciudadana, actitud incompatible con quienes elaboraron ese año la afamada Constitución de Moca de 1858, considerada la más avanzada en derechos y libertades de cuantas se habían promulgado hasta ese entonces.  Esa decisión del gobierno de Santiago como se verá, fue un costoso error político que culminó con la anexión a España.

Pero la decisión de 1857 puso de manifiesto, una vez más, que el repudiado general era la figura política y militar más confiable de esa época, y al que se recurriría cada vez que la existencia de la República era amenazada por fuerzas externas, o cuando los conflictos entre nacionales requerían la presencia de una autoridad competente.

Para mayor comprensión, y posible toma de decisión en torno al copioso expediente de impropias  acusaciones vertidas hasta hoy en desmedro de la figura del victorioso general, nos parece oportuno consignar que así como ha tenido radicales detractores,  no le han faltado, en el pasado y en el presente, decididos defensores, situación que nos lleva a coincidir con el maestro de la historiografía dominicana, Dr. Vetilio Alfau Durán, cuando señala que “la polémica de Santana se ha repetido y seguirá repitiéndose de tiempo en tiempo. Algunas décadas después de la Controversia de 1889, la primera y hasta ahora la más interesante polémica sostenida en torno a tan importantes acontecimientos de nuestra historia patria, en 1956 el periódico El Caribe inició una encuesta acerca del general Santana, en la que intervino un numeroso grupo de intelectuales (Véase:   Controversia Histórica.   Polémica de Santana.  Prefacio y Notas de Vetilio Alfau Durán, 1968).

El mismo año de 1956 debatieron el referido tema en un programa televisivo conducido por el doctor  Rafael Molina Morillo, los doctores Francisco Elpidio Beras y Manuel de Jesús Goico Castro en pro del “General Libertador”, y el licenciado  Pedro Troncoso Sánchez y el doctor Hugo Tolentino Dipp en situación opuesta. 

Este último publicó después un polémico opúsculo titulado La Traición de Santana, con el cual surgió nuevamente el fantasma de la polémica en torno al vapuleado Marqués de Las Carreras, recurrencia que hemos vuelto a sentir, esta vez provocada por la presencia de sus restos en el Panteón Nacional, depositados en ese Sagrado recinto por disposición del doctor Joaquín Balaguer en su calidad de Jefe del Estado, quien en el discurso de instalación tuvo la valentía de explicar las razones que indujeron a tomar esa comprometida decisión, reconociendo las extravagancias del controversial militar y primer presidente de la República.

El sabio estadista se refirió entonces a la “estatua sin pedestal…”  para concluir afirmando: “Que la justicia de Dios, más grande que la justicia de la Historia, te proteja contra la persecución de tus enemigos y te permita al fin reposar definitivamente en este templo de la inmortalidad”.  Deseos que al parecer no tienen visos de cumplirse.

Este hecho nos hace pensar, tal vez en forma subjetiva, cual sería la actitud de ahora si esa decisión la hubiera tomado otro gobernante que no fuera el  autor del Cristo de la Libertad (Juan Pablo Duarte), y de El Centinela de la Frontera (Antonio Duvergé), ambos próceres víctimas del gestor del Artículo 210 y autor de la anexión a España.  De ahí que en el contexto de la crítica histórica dominicana, la figura de Santana se presenta con el dilema de su doble personalidad: la del héroe y la del apóstata.  Entonces nos preguntamos, ¿cuál de los dos tiene calidad histórica para permanecer en el Panteón Nacional?

Ante esta disyuntiva se nos ocurre traer a colación dos frases que expresan una dolorosa realidad de nuestra historia: “No me muevan el altar que se me caen los santos” (Ulises Hereaux);  “El martirio salvó la gloria” (Manuel M. Gautier…).

Como no es posible en una apretada síntesis como ésta pretender ser ni siquiera medianamente exhaustivo, nos permitimos, como epílogo de estas disquisiciones citar la opinión de Gregorio Luperón, la “espada de la Restauración”, acerca de la “espada de la Independencia”, Pedro Santana Familia:  “Mientras la historia, dice el héroe de la batalla de San Pedro, se ocupe un día de escribir sin parcialidad la biografía verdadera del general Santana,  aparte de cuanto de su vida política han escrito ya sus amigos y sus enemigos, como no somos enemigos de un muerto que fue gran soldado de la Patria  tendríamos por lo mismo horror a calumniarlo ,…”

Y agrega: “Como hombre moral y honrado, ninguno ha podido serlo más que el general Santana en su país.  Como soldado, tuvo desde el primer día de su carrera, maravillosa penetración, gran perspicacia, admirable entereza, gallardo valor y extraordinaria energía”.

No somos partidarios del General Pedro Santana, pero somos “incapaces de calumniarlo”, como dejó dicho el general Luperón, porque él seguirá siendo para algunos “Liberador de la Patria”, y para otros el aberrante ciudadano cuyos restos no merecen estar en el Panteón Nacional, sobre todo porque ese hecho se produjo bajo la inspiración del Dr. Joaquín Balaguer, motivo a nuestra manera de ver de los intríngulis que solapadamente se mueven detrás de una discusión a  todas  luces   bizantina  según  nuestro  parecer,  porque  creo  que  en  estos momentos una discusión acerca del lugar donde se encuentran los restos del general Pedro Santana no es una prioridad nacional.

Introducción

Jorge Tena Reyes, autor del presente artículo, es miembro de número del Instituto Duartiano; escribió la obra “Duarte en la historiografía dominicana”, tal vez “la más voluminosa antología conocida acerca de la vida y la obra del fundador de la República”. Con este trabajo pretende  “poner en buen recaudo la razón ante el sectarismo”. Considera insólito que en las actuales circunstancias en el Congreso Nacional se agoten largas jornadas discutiendo si deben o no permanecer en el Panteón Nacional los restos del general Pedro Santana Familia, tal vez “con la intención final de devolverlos a un oscuro rincón de su otrora poderosa hacienda El Prado”. Pero Tena Reyes advierte que se trata del héroe del 19 de marzo (1844) y de Las Carreras (1849). “En fin, el hombre que con su espada y su reciedumbre salvó en el sur la obra redentora de Juan Pablo Duarte y Diez”.

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