Lucernaria Lo inmedible, lo inmensurable es aquello que caracteriza a los dioses.ABC

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Nadie ha podido pesarlos, medirlos, ni decir a qué huelen, brincan en los jardines donde no abunda el tiempo.
Un dios puede venir cabalgando en la luz de un cocuyo lo mismo que en ángel que ha huido de un cuadro de Ribera, cansado de que el pintor lo haya colocado varias veces como elemento decorativo ausente de funciones específicas.
Hay que creer en los dioses y en los seres estelares con incienso o sin él, para eso son los dioses.
Nacen y renacen cada vez que lo creen conveniente.
No los vemos llegar ni salir, se pasean entre nosotros con señales que no son las de un ave que pasa o las de un ventarrón que golpea en las ventanas de cristal donde el cielo hecho agua se estrella y se disuelve con voz pesada y transparente.
No tienen sombras ni plurales, solo adjetivos útiles, como guayaba, piña, manzana o yuca amarga, porque los dioses transitan entre pulpas y sobre truenos y distancias pluscuamperfectas. Como las castañuelas repican a su modo.
1. El diminuto insecto se posa, sin mi permiso, universo que emana de una de las aletas de mi computadora. En el sonido de un poema que pasa, el insecto se posa. Veo su color de caoba y casi me reflejo en él. Tiene antenas anónimas y antónimas cargadas de preguntas. Las mueve sugiriendo una búsqueda que solo él percibe. Pero a las ocho tiene que marcharse.
Mircea Eliade nos ha enseñado que hay en la vitalidad de lo inconcluso las formas del “eterno retorno, porque los dioses, mitos, creencias y religiones nacieron en el “illo tempore” de todos los comienzos místicos.
Octavio Paz, en su delicioso libro Vislumbres de la India, nos permite apreciar ese ida y vuelta de la creación según sean las creencias dispersas y locales que conforman un variopinto mundo religioso casi infranqueable con solo pensarlo.
(Si puedes entender a un dios lo estás destruyendo, entenderlo es agredir sus mil formas creadas).
El misterio de un dios es su materia prima. Protégelo.
Un dios es la creación del “sí mismo”. Es un ego encarnado hecho de brisa o de papel crepé descubierto en la infancia.
En verdad no sabemos cuál es el nivel y porcentaje de desaparición de nuestras creencias y del crecimiento de nuestros mundos imaginarios.
Todo dios que vive con angustia en el pensamiento busca traducirse en tradición. Si no lo hace puede morir atado al mármol de su sombra.
Las tradiciones no son solamente aquellos elementos del folklore o de la sociografía capaces de ser identificados, sino las numerosas formas culturales ocultas en voces: palabras, gestos y sentimientos, lloviznas hechas de gotas nacidas hace millones de años flotando en torno a los que creemos en ellas. Podrían quizás considerarse pequeños gnomos que se caraterizan por una vida girando sobre sí misma.
Ni siquiera sabemos cuáles de nuestras tradiciones corren el riesgo de derretirse en el fuego de la globalidad o para qué nos servirán un día.
Puesto que la globalidad es impredecible e impermeable, resulta igualmente intocable su influencia, que de manera casi mágica se aposenta en nuestro interior.
2 El pequeño insecto transita como buscando un reconocimiento.
Si es una cucaracha en cierne pienso que puede afectar mi biblioteca, hacer que salgan, salten los textos de los libros convertidos en un charco de letras.
Cada vez da dos vueltas y casi me mira. Decido dejarla con vida. No tengo derecho a matar lo que el otro ha creado.
No tenemos ideas de cuáles pensamientos han pasado a formar parte del saber o de la cultura de otros, y si son realmente tradiciones que siguen siendo funcionales. Es en los estudios profundos para determinar el impacto de la brecha digital sobre nuestra cultura donde florece la amenaza.
Hoy, aquello que llamaran ocio Veblen, Dumazedier, y otros tantos filósofos no se entiende si no clasificamos de nuevo el regustar la cáscara.
Carl Ginzburg ha tocado el tema en sus libros El Queso y los Gusanos y en El Hilo y las Huellas donde analiza “lo verdadero, lo falso y lo ficticio”.. Produzco y me entretengo, podría ser una frase ilustrativa. Pero nunca sabré a quién entretengo. Uso mi tiempo libre para producir y no sé para quien. Camino silencioso entre porqués y cuandos y otro tiempo me empuja y emula mis sentidos.
Mi ocio es la nueva forma intemporal de mi trabajo. El ocio es una muerte volátil. Estamos al borde de una filosofía del ocio inducida por las variables de las nuevas tendencias y de una confusión insistente.
3. El insecto no es una cucaracha. Más bien es un cocuyo de los cañamelares. Lo dejo vivir. Es un “demás”, creo.
En el cañamelar también vive su muerte. Se apaga su presencia de coral y su insistencia hecha ya túmulo de voz brillante, amontonada.
La cultura global nos transforma y a veces desorienta hasta hacernos diferentes y puede darnos otros tipos de recreación cuando nos convierte en “los demás” para entenderlos y entendernos mejor.
Confieso que en muchas ocasiones me he convertido en un “demás”, en mi “otro”. Otro de mis demás. O el demás de mis otros. Somos muchos gozando de brillos transitorios repartidos.
El gusto cambia rápidamente los modelos de recreación muchos de los cuales serían autónomos y personales en muchos casos, parecidos a los “hobbys” pero, a veces, más productivos que estos; se presentan sin que los llamemos. Entonces entendemos a Goethe, pero también a Kafka y al insólito Kadaré. Su miedo se hizo literatura casi junto al de Nietszche. Construyeron mundos y dioses a base de imaginar. Dioses que son un aporte a los ya existentes. Que tienen su destino laboral, porque existe el sudor de los dioses cuya musculatura es de melcocha.
La modernidad ha sido un factor fundamental en la desaparición de identidades locales tanto en América como en muchos otros puntos del globo. Los dioses que se ocultan en sus rincones pueden considerarse supervivientes. Dioses aplatanados, que olvidaron manzanas espantadas en su biblia. Tratamos de revivirlos con un golpe de imaginación que los deshace a veces de modo aparente.
Dioses e imginación se ayuntan en el mismo espacio. Copulan frente a nosotros y solo nos obsequian sus gemidos. Nos agarramos entonces de dioses invisibles y pedimos una ayuda cuando el tiempo se convierte en huella sin palabras. Neptuno se aparea y el mismo pare.
4. El insecto salta, vuela y desaparece y durante días pienso en él. ¿No volveré a verlo?
Muchos países americanos como el nuestro viven la tradición mestiza, hispana y africana. Las influencias migratorias llegaron y se insertaron, los hematozooarios traían cartas de presentación en el rabillo malicioso, eran como suficiencias directas. Pero las indirectas, montadas en los procesos de globalización aportaron cuotas nuevas e incontrolables, sin manera de defensa para los pueblos abiertos para concursar en las nuevas fases de la cultura.
Dioses electrónicos vinieron atados a pesamientos de apodos medidos en dos mil kilovatios ya vivían en los textos de Karel Kapek. Recordad sus “robots universales”.
Hasta entrada la mitad del siglo veinte muchas tradiciones urbanas, rurales mestizas, fueron formas de la cultura precapitalista que comenzaban a ahogarse en las aguas de nuevos afluentes. Basuras industriales.
Todavía en los años 50 investigadores de nuestras tradiciones recogían miles de formas locales que pataleaban en campos, cañadas y voces ancestrales. Manuel José Andrade, Flérida de Nolasco, Edna Garrido de Boggs, Manuel de Jesús Mañón Arredondo, Manuel Rueda, Carlos Esteban Deive, nuestros memoriosos de antaño entre los cuales divisamos a Fradique Lizardo, lo hicieron de modo intensivo. De rodillas, implorando misericordia.
Sus memorias gritan en los libros, porque a nadie conciernen. El insecto copula con sus dos cohabitantes. (Las polillas, lo mismo, son insectos de la literatura). Con mucha suerte trabajaron para rescatar parte del pasado folklórico, de la oralidad hoy en declive, de la cual las migraciones a las ciudades, los medios escritos y radiales, han respetado parte.
Malinowsky vivió con los dioses de Oceanía, los vio, creó el funcionalismo participativo, hizo un prólogo a tientas de cuatrocientas páginas para Fernando Ortiz consagrando huracanes y al regreso a su país, sus entidades se negaron a acompañarlo: el funcionalismo estrenó el que se consideró el mejor método para cazar dioses y lo mismo hizo Ruth Bendict; firme en esa lucha de conparticipación porque sabía que ninguna cultura, por “primitiva” que se considerase, podría entenderse sin lo que pensaban sus dioses al través de su sexo, piedra angular de Freud. Por aquellos años Garabombo el invisible era un dios al acecho.
Nacieron ciencias como la etnología, la etnografía, el método participativo en el que un antropólogo o antropóloga como la funcional Margaret Mead tuviera que hacer funcionar el amor con los dueños de los dioses que estudiaba, generando un complejo panorama. Cocuyos de ultramar nacidos del orgasmo, nunca fueron descritos en sus libros. Los sociólgos y antropólogos querían leer dentro del cerebro de sus estudiados el sexo de los dioses. Sus espíritus de luz son también dioses que se inflan y desinflan. Diosas aburridas muestran que su ombligo sin definición, todavía importante.
Tras el ominoso y largo trayecto de todos conocido, el Internet, dios de la electrónica, ha marcado con sus juegos la nueva cultura ciberespacial que en ocasiones no necesita de la tradición terrestre, ni la necesitan el infante, o el adolescente, que ahora viven la transformación de un software en su compañero de juego. Un alter, falso, cuántico nos persigue, un “otro, alter de alambre zarpa, simulado”, sustituye el cara a cara de nuestras culturas. Y la imaginación, que es donde se acurrucan los dioses, crea ahora, atada a cables eléctricos y células cerebrales, espacios sustentables, buscando un proyecto para nueva filosofía. El camino hacia no se sabe dónde ha iniciado el otro pensamiento. El gerundio nos embiste de nuevo, disfrazado de dinosaurio de bestia vestida de dios…o de diosa.
5. Veinte días después de haberlo visto disfrazado de infancia, mi insecto ha retornado armado con una poética dulce y luminosa. Se descubre. Ahora entiendo su mitología. Ha crecido, y de ser un insecto con identidad dudosa es ahora un cocuyo sobre el cual cabalga cierto idioma incomprensible hecho la luz. No es una cucaracha, sino un brillo silvestre con fuego que enciende las frondas cercanas.
Mi imaginación lo ha llamado y se perenniza como un signo de los dioses pequeños y de los tiempos que me rodean. Los anoto, y voy desde los “dioses infantiles” de la Yelidá de Hernández Franco hasta las Walkirias de la Thule que previó el gran poeta Luis Palés Matos.
Es posible que los dioses pequeños también desoven con su imaginación las grandes formas del pensar.
Mercadólogos de la luz y los relámpagos que azotan el espacio, las lucernarias preguntan por el lugar donde lo luminoso habrá de esclarecer las soledades.


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