Mano dura, ¿pero para quiénes?

Millizen Uribe

En la sociedad dominicana nunca está ausente el reclamo de la mano dura. Es común que cuando, ante un crimen, la familia o los vecinos tengan acceso a la palabra pública, levanten, de inmediato, la consigna de la mano dura.
De hecho, más de un 75% de los consultados en el estudio “Imaginar el futuro. Ciudadanía y democracia en la cultura política dominicana”, que realizaron investigadores del Instituto de Investigación Social para el Desarrollo (ISD), respondió que quiere un gobierno de mano dura.
Eso es entendible ante las deficiencias de un sistema de justicia que, a veces por sus alianzas con el poder y otras por la burocracia y falta de recursos, ha sido incapaz de satisfacer las demandas de la ciudadanía y ganarse su confianza.
También es una herencia del trujillismo, de las más latentes y persistentes. No obstante, no deja de ser preocupante que en el marco de los debates y análisis en la opinión pública formal e informal, siempre se demande mano dura.
Ahora bien, obsérvese que esa demanda sólo se hace ante la delincuencia común. Por ejemplo, recientemente hubo un caso atroz. Agentes policiales apresaron, golpearon, balearon y luego, con una esposa, ataron de una escalera, a un joven de 32 años, llamado Jonathan Santiago Vargas, para que se desangrara, según denunciaron testigos y se ve en un video.
Obviamente, esto constituyó una grave violación de derechos humanos por estos agentes policiales, quienes se extralimitaron en sus funciones. Si Santiago era un delincuente debían apresarlo y someterlo a la justicia, no erigirse en jueces y ejecutarlo, invocando el fantasma de los tristemente célebres intercambios de disparos, menos en un país como República Dominicana donde no hay pena de muerte.
El hecho, que merece indignación, encontró atenuantes entre algunos de los defensores del discurso de la mano dura. Pero, reitero, no ven que esto solo se plantea ante la delincuencia común. La delincuencia de cuello blanco se respeta, se cuida, se mima, se le garantizan derechos, reenvíos y archivos de por vida.
Contra ellos no hay mano dura, contra ellos la mano es de seda, sin importar que sean los autores de los fraudes más grandes en la historia del país y el quinto en el mundo, como fue el caso Baninter, o del principal caso de corrupción y soborno en América Latina y RD, como es Odebrecht.
Sobre esto deben reflexionar quienes exigen que los delincuentes sean ejecutados al atraparlos. No vaya a ser cosa que en un país con una institucionalidad tan floja y baja vocación de garantía de derechos, donde a cualquiera le aparece una ficha y cae en mala con la justicia, haciéndonos eco de discursos como éste, estemos afilando cuchillo para nuestras propias gargantas y las de los nuestros.