Manos amigas para el campo

La decisión oficial informada por el ministro de Agricultura de redirigir el poder de compra del Estado para apoyar la producción nacional de frutas y de los derivados industriales que de ellas se obtienen está llamada a impactar favorablemente sobre un renglón agrícola urgido de un impulso mayor, siendo el Gobierno el más llamado a causarlo. Los gruesos compromisos públicos de suplir alimentos al vasto sector estudiantil, a pacientes de hospitales y a través de otras asistencias sociales deben especializarse, en lógico propósito justiciero, para generar demanda preferencial de lo que el país produce lo que inteligentemente, y para este caso, va a incluir un “encadenamiento”: las frutas deberán fluir hacia industrias del territorio nacional.

Por más de una situación actual, renglones de la agropecuaria enfrentan adversidades. El cambio climático golpea plantaciones por diversos sitios con crecidas que arrasan cultivos, unas veces; y en otras generan rudas sequías. Los costos para lograr que la tierra rinda frutos y frutas suben por el embate de plagas estimuladas por condiciones ambientales y falta de controles fitosanitarios. El cotidiano reclamo de que el Estado repare destrozados caminos y carreteras pone a la luz condiciones calamitosas. Los arroceros se sienten amenazados por falta de rentabilidad y los ganaderos enfrentan competencia desleal en forma de importaciones. Se necesitan más políticas de respaldo al campo.

Temperancia de lado y lado

Algunas convocatorias a huelgas regionales de tono encendido y con una miscelánea de reclamos generan preocupación porque pueden incluir el riesgo de derivar en saldos trágicos. Si las demandas ponen en evidencia desatenciones de autoridades obligadas a dar soluciones con medios disponibles para hacerlo, lo correcto sería dejar que la protesta legítima fluya sin convulsiones. Sin alterar el orden ni dañar bienes públicos o privados.

La violencia en vías públicas sale sobrando si se está del lado de la razón y más si, como ocurre a veces, crea condiciones para el exceso aislado de infiltrados o de represión en que a veces caen autoridades con el uso de instrumentos letales que deben estar reservados para responder con prudencia agresiones del mismo calibre, todo en nombre de lo invaluable de la vida.


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