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Manuel García Arévalo Un reflejo del legado de la emigración española al país

Entrar a la Sala de Arte Prehispánico es descubrir una parte de su esencia y de esa vocación por la historia que convierten cualquier conversación con el empresario Manuel García Arévalo en un maravilloso viaje a través del tiempo para descubrir de dónde venimos y cómo hemos evolucionado.
Cada una de las mil doscientas piezas que forman parte de la colección que hoy expone la Fundación García Arévalo en el edificio donde estuvo la empresa familiar hasta el año 2004, es testigo de su pasión por la historia y su gran devoción por la arqueología.
Es que ello que, aunque tuvo una participación muy intensa en el absorbente mundo de los negocios hasta que se retiró, sacó tiempo para investigar y buscar los vestigios arqueológicos -tanto indígenas como españoles- de los primeros asentamientos hispánicos en esta y otras islas del Caribe.
¿Quién es? La historia y la arqueología son tan parte de él que lo definen como persona. “Me defino de una manera muy ambivalente, yo soy un historiador hispanista y un arqueólogo indigenista”, dice.
A eso hay que agregarle que es un reflejo del importante legado que dejó la inmigración española de principios del siglo pasado.
“Soy descendiente de españoles en una tercera generación. Mis abuelos maternos vinieron en la década de los años 10 del siglo pasado y se establecieron en San Pedro de Macorís, que era un enclave portuario y azucarero muy importante. De modo que mi madre nació en San Pedro de Macorís”, explica.
“En el año 37, a raíz de la Guerra Civil española, viene mi padre a Santo Domingo y se asocia con mi abuelo, que ya tenía una fábrica de bebidas gaseosas. Ese ha sido el negocio familiar y yo ingresé en esa escuela de empresarios dedicados al mundo de las bebidas gaseosas muy joven”, agrega.

Su relación con los negocios lo llevó a estudiar administración de empresas en la Universidad Apec y luego, a pesar de lo absorbente de su trabajo, se graduó de historiador en la Universidad Católica de Santo Domingo.

Como empresario. Aunque entiende que hubiera podido hacer un mayor aporte en el ámbito intelectual, García Arévalo nunca se ha arrepentido de haber sido empresario desde muy joven, tal como manda la tradición de su familia.
“Creo que la empresa contribuye al desarrollo socioeconómico de un país, sobre todo un país como el nuestro donde hay necesidades de creación de empleos, fomentar la inversión, pero también es muy importante saber de dónde venimos, estudiar los orígenes y reforzar la identidad nacional”, sostiene.

Ministro. García Arévalo decidió jubilarse a los 65 años, siete años después de haber vendido la mayoría de sus acciones de la Embotelladora Dominicana a Ambev. Posteriormente fue ministro de Industria y Comercio, a petición del entonces presidente Leonel Fernández.
Al hablar de su experiencia, que duró desde marzo del 2011 hasta agosto del 2012, asegura que fue muy enriquecedora. Le enseñó, entre otras cosas, que la lógica del sector privado no es la misma que la del público: la primera busca obtener beneficios, mientras la segunda persigue el bien social.
“Hay unos ajustes entre los intereses políticos, la realidad presupuestaria, el querer hacer bien las cosas, las presiones… es realmente un juego diferente”, dice y agregó que tuvo frente a él la realidad política que, en ocasiones, matiza un poco las buenas intenciones de un empresario que incursione en el mundo de la administración pública.
El museo. La colección que hoy presenta en la sala de arte comenzó cuando García Arévalo era apenas un niño y encontró la primera pieza de lo que años más tarde sería una interesante exposición de arte taíno.
“Todavía conservo, con mucho afecto, la primera pieza que encontré, que fue en la playa de Boca Chica. Ahí hubo un gran yacimiento, un asentamiento indígena y excavando encontré una vez un fragmento”.
Con el tiempo, producto de las excavaciones que hacía, reparó en que tenía una colección muy representativa y pensó que lo ideal sería que el público pudiera verla. Así nació, con el apoyo de las empresas de su familia, la Fundación García Arévalo. Corría el año 1972.
“Abrimos el museo en el año 73, o sea, primero se creó la Fundación para tener un cuerpo jurídico e institucional y después se instaló el museo”.
Además de crear la galería con objetos que pertenecieron a los aborígenes de la isla, la fundación ha editado libros de carácter cultural pero sobre todo antropológicos, históricos y de folclore que, en ocasiones, no tienen un gran mercado.
La emigración. Cuando habla de la emigración española hacia la República Dominicana, García Arévalo explica que no ha sido tan cuantitativa como en Argentina, Cuba y Uruguay pero sí ha sido cualitativa.
“La emigración española ha sido sumamente relevante por su contribución, tanto económica como intelectual, al país de acogida. En el caso, por ejemplo, de los empresarios españoles e hijos de españoles forman parte muy importante de la médula empresarial del sector productivo nacional. A base de esfuerzo, a base de ahorro, a base de jornadas de trabajo muy largas, han podido ir acumulando un capital, haciendo crecer los negocios y la verdad es que tienen un patrimonio de hazañas en el mundo empresarial que realmente ha sido una manera de retribuirle al país de acogida la receptividad que han recibido por parte de la sociedad dominicana”.
Tras destacar que los españoles han hecho una contribución importante al desarrollo nacional, García Arévalo también resalta el aporte intelectual. Y es que, recuerda, a raíz de la Guerra Civil española llegaron cerca de cuatro mil exiliados del bando republicano, quienes tenían un importante nivel profesional y académico, sobre todo en el mundo de las artes.
“La contribución de la emigración republicana en el aspecto intelectual también dejó una honda huella muy favorable para el desarrollo de las ideas y de la educación en República Dominicana”, resaltó.
Sobre España. Como historiador García Arévalo cree que reforzar la presencia de España y los valores de la hispanidad fortalece la esencia de la dominicanidad puesto que reivindicar lo que ha hecho España en América enraiza nuestra propia identidad.
Tras esa identidad García Arévalo va con frecuencia a España para realizar sus investigaciones históricas. En España, sostiene, hay unos archivos que son un océano de posibilidades para los historiadores.
En esas aguas, evidentemente, le gusta nadar porque la historia es su mundo. Además porque regresar a España es volver a su casa grande: un reencuentro con las raíces y el pasado.