Mao sucumbe ante los ruidos

Los pueblos como los humanos, tienen sus virtudes y defectos y corresponde a las autoridades velar para que el mal proceder de los ciudadanos particulares, no afecte negativamente a la comunidad.
Mao es un pueblo con grandes atributos y gentes que se dedican al trabajo honrado y enaltecedor. Cuna de grandes héroes, poetas, escritores, maestros, deportistas y políticos como José Francisco Peña Gómez.
Los maeños son simpáticos, buenos anfitriones, buenos ciudadanos y aunque el cáncer de la política partidista ha provocado divisiones entre muchos de sus pobladores, la cortesía sigue siendo norma.
Se dan espectáculos bochornosos como el reciente enfrentamiento entre un dirigente comunitario y el presidente de la Sala Capitular, pero la sangre no llegó al río y con las excusas correspondientes todo quedará subsanado.
No sucederá lo mismo con una fiscal que, aunque recomendada por la iglesia, no ha resultado tan católica como se esperaba, por lo que se encuentra en una delicada situación por las denuncias de corrupción formuladas en su contra.
En esta ocasión, aunque no es mi costumbre referirme a temas localistas, denuncio una situación que afecta a Mao ante la indiferencia de las autoridades de Medio Ambiente, la Policía, la AMET, Salud Pública, la Gobernación y la Alcaldía.
Me refiero al pandemónium que representa todos los días de la semana, hasta altas horas de la noche, el escándalo estruendoso que provocan las disco light, guaguas anunciadoras, vehículos privados con enormes bocinas y motocicletas sin silenciadores.
Todos estos desaprensivos, violadores de la Ley 287-04, trastornan la paz, afectan el sistema nervioso y contaminan sónicamente el ambiente haciendo invivible a “la ciudad de los bellos atardeceres”. ¡Qué pena!