Marcia Guerrero El proceso de una travesía

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Marcia Guerrero trabaja la línea, sus pinturas se convierten en una alquimia de surcos y colores que constituyen un efecto visual de cada obra, como si estuviéramos frente a una tela, en el sentido literal de la palabra, una tela pintada con la que se visten las mujeres de Africa, manteniéndola en paño sin corte o dándole la forma del sastre para convertirla en un traje ceremonial.
Esta artista es el resultado de la formación impecable de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Ha llevado un proceso académico serio e intenso que le permitió con oficio y creatividad encontrar una composición y una tesitura originales. Es obvio que busca todo el espesor del trópico, sin miedo de cruzar una vorágine de vegetación y luces.
Dentro de tanta abundancia natural, Marcia Guerrero sabe dar con el equilibrio del movimiento de la línea y del fondo. La figura humana está ausente, más sin embargo, el conjunto de sus obras se impone como una alegoría terrenal para el ser humano.
En toda su paleta cromática, el verde, el azul , el ocre y el amarillo se frecuentan con un equilibrio de convivencia botánica, así como sucede en el fondo de un bosque húmedo tropical, donde el verde de las frondas de las arboledas convive con el amarillo de un limón dulce, el marrón de una piel de zapote, el morado de un caimito, y poder compartir con las variaciones cromáticas de la chinola y del mango.
Si en la misma naturaleza insular, estos colores conforman una sinfonía. Así lo logra Marcia Guerrero con una limpieza admirable en el tratamiento técnico del color. Entendemos por limpieza, la sutileza llevada técnicamente para alcanzar los efectos intensos y densos hasta el fondo de tela.
El primer plano surge como el andamio de toda una construcción que evoluciona hacia el fondo en una perspectiva conducida por la línea. En términos formales la mayoría de sus trabajos podrían calificarse dentro de la tendencia abstraccionista lírica, cuyo adjetivo nos permite referirnos a la poética que se conjuga desde el diálogo entre línea y color, como un lenguaje de signos y códigos que dejan una gran libertad interpretativa y lúdica. Es a través de esas capas dibujadas y pintadas que la luz se extiende con todos sus juegos de sol y sombra.
Parece ser que la artista tiene un registro visual muy pensado y meditado con la naturaleza, de tal manera que puede archivarlo intelectualmente para condimentarlo con su propia sensibilidad y sacarlo a través de un proceso creativo. Estamos frente a un desfile de imágenes cuyas composiciones se alteran y animan con la interpretación singular del entorno existencial.
Es una lectura posible, pero también podemos pensar que todo el trabajo de la línea es una manera de llevarnos hasta un fondo filosófico y en este caso la lectura podría ser de orden más espiritual y asimilar las dinámicas de la línea y del color como señales de energías y vivencias.
Cuando las formas abstractas se visten de colores tan intensos, es imposible mantener una relación desprendida sicológicamente de la obra, caemos en una mística indefinible que depende de cada lector.
Hay una magia en la conducción de la línea imperfecta, no recta, pero sí libre suelta que guarda la pulsión de una indicación, el riesgo de una travesía donde todo está por encontrar.
Es frente a esta lectura posible que el vidente posicionado frente a la tela encuentra una libertad abierta, en una palabra una liberación de su propio imaginario. Es ahí donde la obra ya no es lo que se ve sino lo que cada uno interpreta, muchas veces la pintura viaja lejos de la intención del artista.
En el caso de Marcia Guerrero se confirma que el lirismo, la poética, son esenciales en el discurso visual.
Son factores que tocan la siquis, el ánimo, la sensibilidad y hacen de una obra de arte un medio introspectivo en cada vidente o público.
Quizás estemos tocando el factor de la emoción que provoca el arte. Este aspecto es fundamental en los trabajos de Marcia Guerrero, tanto en la tela como en el papel.


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