María Fernanda Sánchez Calvo: una vida construyendo sueños

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Menuda, con unos ojos color cielo que invitan a soñar, su rostro sereno y alegre es el espejo de una bondad desmedida que la llevó a prendarse de la paupérrima Azua que conoció un día de agosto del año 1990. Entonces supo que tenía que volver a esa comarca alejada de su natal España porque aquí hacía muchísima falta su labor religiosa.
Por aquellos días María Fernanda Sánchez Calvo había venido a la República Dominicana porque su congregación, la de las Operarias Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, pensaba comenzar una misión fuera de España y, motivadas por el padre jesuita Matías Baz, dos monjas fueron enviadas a conocer las parroquias de la Diócesis de San Juan.
Aunque conoció todo el sur, Azua quedó anclada en su alma: con más de 75 mil habitantes, una sola parroquia, una alta mortalidad infantil por la falta de alimentos y muchos niños desnutridos y sin escolarizar, era el espacio indicado para canalizar su deseo de llegar a los más pobres.
Fue así como el 13 de diciembre de 1990, faltando once días para cumplir los 40 años, María Fernanda llegó a Azua para colaborar con los jesuitas en la parroquia Nuestra Señora de Los Remedios.
“Empezamos a ver la necesidad que había aquí, veíamos muchos niños desnutridos, que se morían, y todo aquello nos llegó a impactar tanto que ya no me conformaba con estar en la parroquia, dando catequesis a los jóvenes, organizando la Pastoral del Corazón de Jesús, todo lo que estábamos haciendo en la parroquia que estaba muy bien pero para mí ya eso me resultaba poco”.
Convencida de que tenía que ayudar a los niños, en 1994 decide enviar un proyecto a Manos Unidas, en España, con la finalidad de poder atender y acoger a los pequeños. Un año y algo después, el 20 de enero de 1996, ese espacio tendría nombre propio: Albergue Villa Esperanza.
“A mí me mandaban dinero de España y, ¿yo qué hacía? Visitaba a las familias y le daba cien pesos a esta, doscientos a la otra, para que al niño le dieran la leche pero yo veía que la leche no llegaba al niño sino que el papá seguía jugando dominó en su puerta y al niño lo que yo le había dado no le había llegado”.
El inicio. El Albergue Villa Esperanza fue construido con US$120 mil que envió Manos Unidas. “La idea mía era acoger 65 niños de los más pobrecitos y dijimos en la parroquia que vendrían unos médicos a evaluar los niños; vino tantísima gente que aquel día se desbordaba el espacio, no cabían todos. Seleccionamos los 65 más desnutridos que vinieron ese día: desde los dos añitos hasta los 10 y 11; había niños muy enfermos en esos momentos”.
Con esos niños trabajaron, dándoles todo lo que necesitaban, hasta que salieron del estado de desnutrición y, una vez recuperados, se iban del albergue para que entraran otros. “Estuvimos así durante cuatro o cinco años: cuando el niño ya salía de la desnutrición, que lo veían fuerte, ya los médicos decían ‘este fuera’, para meter a otro”.
Tras cinco años en un ir y venir de niños, arrastrando la pena de ver que después que se iban volvían a estar otra vez descalzos, dejaban de ir a la escuela y hasta olvidaban las clases del nivel inicial que ellas les daban, sor María Fernanda volvió a sentir que tenía que hacer algo para no dejar marchar a los niños. Entonces nació la escuela.
“Estuvimos dos años que ya los niños que decían que se tenían que ir no los dejábamos ir: los dejábamos aquí hasta las cuatro de la tarde, dándoles en el horario de la tarde, primero y segundo de básica para que no se fueran”.
Para hacer la escuela le escribió a muchas embajadas y organismos hasta que la embajada del Japón le aprobó el proyecto. “Gracias a la embajada de Japón y a lo que nos había aprobado Manos Unidas, que era la parte de inicial, pudimos hacer lo de la escuela”, cuenta al tiempo de agregar que para completar los recursos para el plantel tuvo que ir a España, donde la Fundación de Santander hizo un concierto benéfico con Teresa Verganza. Gracias a ello recaudaron UE$26 mil.
Así construyeron la escuela que hoy recibe a 290 niños con edades entre los 2 y los 13 años: 100 son de inicial y 190 de básica. Pero en el albergue los niños no solo reciben clases: allá comen, duermen la siesta, juegan… crecen felices.

Niños solos. Cuando habla de migración, la hermana María Fernanda lamenta que en el albergue muchos niños tengan a sus madres trabajando en España.
“Los niños están viviendo sin hogar prácticamente, viven con las abuelas o con los tíos porque son muchas las mamás que se van para allá; el año pasado había tres niños de sexto que fueron de vacaciones y la mamá se los ha quedado allá”.
Apadrinamiento. Sostener el albergue escuela no es misión fácil. Para ello, la hermana María Fernanda recurre a la buena voluntad: se sostiene con el apadrinamiento de los niños, que cuesta UE$200 o US$220 al año y cubre la comida, el uniforme, los materiales escolares, el pago de los profesores que no paga el Ministerio de Educación y el material de limpieza.
En Santo Domingo pueden llamar a la Casa de Formación Operarias Misioneras al (809) 533-3230 o visitarlas a la calle Proyecto número 2 en el Portal.
Su segunda casa. Sor María Fernanda asegura que la República Dominicana es su segundo hogar.
“Dominicana es mi segunda casa pero es mi casa de verdad: para mí hoy mi casa es Dominicana más que España. Voy a España con ilusión lógicamente, tengo mis hermanos, suelo irme unos días de vacaciones”, sostiene al asegurar que ha sido bendecida desde que pisó este país.
A España también va cada en verano porque pertenece al consejo general de la congregación del Sagrado Corazón de Jesús y se reúnen allá todos los años.
Cuando va, sin embargo, se siente tan dominicana que hasta le da frío cuando los demás sudan en Santander. “Estoy tan dominicanizada que ya solamente pienso que el día que me tenga que quedar en España va a ser para mí de verdad un trauma; un trauma porque me he hecho mucho al calor dominicano; la gente dominicana me encanta, es una gente tan acogedora, tan alegre. Sobre todo la alegría. Hay que ver que en España tenemos de todo y estamos tristes, no estamos felices. En Dominicana no hay nada y la gente es feliz y eso se transmite, se le mete a uno dentro también”.
No para de soñar. Desde que llegó a Azua no ha parado de soñar: primero soñó con el albergue para darle de comer a los niños desnutridos, luego con la escuela, posterior con el salón multiusos y después con un parque infantil. Cada sueño está cumplido.
Por eso tiene uno mayor: comprar los terrenos contiguos al albergue para construir un comedor y una cancha para que los niños tengan un espacio digno donde comer y dormir la siesta (ahora duermen en los pasillos). ¿Alguien la ayudará a cumplir este sueño? Queda esperar que, como siempre, así sea.


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