Más allá de la reforma

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Los sistemas de instrucción pública no existen en el vacío ni en un mundo de abstracciones. El entorno social que los rodea está lleno de fuerzas dinámicas que influyen directa o indirectamente sobre las tareas y operaciones de sus unidades y, en último extremo, determinan su importancia, alcance y viabilidad.

En un lapso de menos de 60 años, la República Dominicana ha llevado a cabo una notable transición política desde un prolongado periodo de dictadura trujillista a una democracia en pleno funcionamiento, acompañada esta de cambios estructurales básicos en su economía, la que dejó de ser predominantemente agraria hasta evolucionar a una economía cuasi industrial y de servicio. Esos y otros grandes acontecimientos modificaron sustancialmente el entorno operativo y ético de nuestro sistema de instrucción pública. En la actualidad, el mismo se encuentra en un momento de transición desde un sistema altamente centralizado y ligado a las tradiciones hacia un sistema más diversificado y de mayor calidad que, más bien que mal, responda a imperativos y desafío globales.

Los resultados de la consulta del Pacto para la Reforma Educativa dan cuenta de cómo la opinión pública nacional se ha venido manifestando a favor de la idea de que la educación y la formación de recursos humanos calificados per se van a provocar un gran salto en el crecimiento y en el bienestar colectivo. Antes de cantar victoria, detengámonos a pensar en lo que ocurrió aquí en las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo 20. Resultó, que nuestro sistema de instrucción pública creció exponencialmente gracias a una ilusión parecida a esa; pero su impacto sobre el bienestar de la mayoría de las gentes no fue el que se esperaba. El crecimiento económico que el país experimentó en esos años no hizo más que concentrarse entre los sectores más ricos y de más poder. Todavía sentimos los efectos de esa perversa contradicción. En efecto, desde el inicio de la actual centuria, nuestro Producto Interno Bruto (PBI) ha venido creciendo de más en más y, en ocasiones, hemos batido récords mundiales en cuanto a crecimiento económico se refiere. Pero, ¿cuál ha sido el resultado? Una gran riqueza concentrada en unos pocos y, por vía de consecuencia, más gentes que antes viviendo en condiciones de pobreza y de pobreza extrema.

¿Cómo nosotros, productores y difusores del saber, habremos de vincularnos con las demandas sociales? En principio, todos, o casi todos los que con entusiasmo y dedicación participamos en el Pacto compartimos la idea de la universalización del conocimiento; pero no todos pensamos igual a la hora de, acorde con la misma, darle una respuesta nacional a desafíos globales. El asumir los nuevos contextos no debe entenderse como un mandato expreso para que nos adaptemos a las condiciones que se nos pretendan imponer.

Amables lectores, estimados colegas, participantes y potenciales firmantes del Pacto para la Reforma Educativa, os invito a ver más allá de los mecanismos a través de los cuales la expansión de los sistemas de instrucción pública se manifiestan, y a fijarnos más en las formas por las cuales el saber pueda llegar a ser una fuente de liberación en un mundo globalizado. No renunciemos jamás a nuestra misión de educadores para convertirnos en alabarderos de subculturas fabricadas por los cínicos de ciertas agencias internacionales de cooperación. El actuar en correspondencia con nuestra misión histórica no nos impide actualizar el currículum, mejorar los rendimientos académicos, dar paso a la enseñanza de competencias básicas para seguir aprendiendo durante toda la vida, ni, mucho menos, reorientar este mercado profesional a través de la producción de conocimientos útiles para la construcción de una sociedad más justa y solidaria.


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