Medio siglo atendiendo enfermos

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Cuán engañosa suele ser la memoria del tiempo. Recordamos la primera pisada en nuestra Alma Máter, la entonces Universidad de Santo Domingo. También mantenemos vivo el momento cuando en medio de un raudal de lágrimas dijimos adiós a las aulas que por seis años nos albergaron para recibir el cotidiano pan de la enseñanza. Verano de 1961 marca la entrada a la primada de América y el otoño de 1967, domingo 29 de octubre, señala la fecha de graduación como doctor en medicina. Durante 18,250 días continuos hemos estado en el ejercicio de la medicina, sirviendo a enfermos cuya suerte varió de curados, mejorados, estabilizados, empeorados o fallecidos. Cincuenta años caminando y mirando con pesar como una tropa inicial de egresados con alrededor de un centenar de colegas se ha ido reduciendo a unas cuantas decenas de héroes y mártires discípulos de Hipócrates .
¡Cuántas ilusiones y sueños albergados! ¡Cuántos instantes de satisfacción y de alegría vividos! Cuántos momentos de tristeza y de dolor nos han dejado estos cincuenta años de práctica médica! Enormes han sido los avances dentro del campo de las ciencias de la salud. Ayer atendíamos a la familia cuyos miembros albergaban la tétrada de parásitos intestinales que comprendían Ascaridiasis, Enterobiasis, Uncinariasis y Tricuriasis. La malaria, tifoidea, dengue, tuberculosis, sífilis, blenorragia, fiebre reumática, la anemia ferropénica, la hipertensión arterial, la diabetes, el cáncer cervico-uterino y la desnutrición eran el pan nuestro de cada día. Entonces los análisis coprológicos, de orina, hemograma y glucemia se hacían manualmente. El estetoscopio, esfigmomanómetro, otoscopio-oftalmoscopio, guantes y baja lenguas eran los aliados del examen físico. No existía la sonografía, tomografía axial computarizada, ni resonancia magnética, ni PET SCAN.
La pobreza en tecnología se compensaba escuchando e interrogando a los enfermos. Con tres millones y medio de habitantes en toda la nación nos dábamos el lujo de saludar y llamar a los pacientes por su apodo.
No se conocía el SIDA; la obesidad se entendía como símbolo de holganza financiera.
Los enfermos mentales los diagnosticaba la población y eran contados y conocidos en todo el pueblo. Medio centenar de años practicando el arte de curar e investigando las enfermedades y las causas físicas, químicas y ambientales de morbilidad y mortalidad nos llevan a la conclusión de que si bien es cierta la rápida velocidad de los avances en el conocimiento médico, todavía resulta muy poco en comparación con todo lo que se ignora. El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos nos recalca el poeta. Sin embargo, la vida del colectivo prosigue su agitado curso como epilogaba a mediados del siglo XX el comentarista Manuel Antonio Rodríguez, alias Rodriguito.
Hay principios éticos que para bien de la humanidad se resisten a las inclemencias del reloj. En nombre del progreso no podemos abandonar el amor al prójimo, la compasión, el trato oportuno, eficiente, eficaz y con equidad. Debemos continuar la lucha incansable en pro de unos servicios de salud para todos; promoción de hábitos, alimentación y ambiente saludables; prevención de males, detección y tratamiento temprano de las enfermedades, así como el manejo continuo de las afecciones crónicas y la rehabilitación de los convalecientes.
Medio siglo equivale a un segundo en la larga lucha por el bienestar continuo de la humanidad. Seguiremos batallando por salud para todos aunque en ello se nos vaya la vida.


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