Mi padre Gabriel en la larga distancia

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No sé por qué este año sí, y otros anteriores no. Lo cierto es que este año muchas felicitaciones, “gracias, igualmente” la mayoría de ellas. Y las llamadas de mis hijas. Y he visto o me ha parecido ver más presencia de la fecha en gentes en calles y comercios.
No podría explicar la diferencia con años anteriores. Salvo que hoy he recordado muy especialmente a mi padre.
Lo de la larga distancia es porque yo era muy joven a la muerte de mi padre… y en el exilio, muy lejos de casa. El último abrazo nos lo dimos en el aeropuerto donde tomé el avión hacia La Habana en el año 50 del pasado siglo. Y de esto ha pasado mucho tiempo.
Vivíamos en un pequeño pueblo o aldea grande del Cibao. El tren cruzaba a diario de Sánchez a La Vega y de la Vega a Sánchez. Y era casi el único evento noticioso de la zona. Y al mismo tiempo actividad social por la gente que en sus coches pasaba, o a veces llegaba a pasar allí unos días.
Y mi padre fue allí el notario público. Tuvo sus buenos tiempos y sus años no muy buenos. Mi madre administraba el dinero. Mi padre distribuía, en seguida, todo el dinero que mi madre le dejaba. Una parte era para unos amigos que pasaban gran parte de su tiempo en la notaría en charla con papá. Yo tardé mucho tiempo en darme cuenta que estos amigos eran también “la guardia de seguridad” de mi padre.
Nunca ocurrió allí un caso de violencia mayor. Pero sí llegué a presenciar el caso de la repartición de bienes de una herencia. Uno de los herederos acusaba al abogado y al notario de que él recibiera menos que los demás herederos. Y, por supuesto, con ademanes y gestos y palabras ya no muy apacibles. Bueno, para esto estaban allí los amigos de mi padre, por si acaso. Eran hombres de mucho tacto y grandes agallas.
Mi padre fue un hombre pacífico y tranquilo. Quizás no todo su tiempo. Mi madre contaba, siempre con una curiosa risita, que mi papá siendo comandante de armas en Castillo un vagabundo le dio una pedrada y huyó, por supuesto. Lo agarraron luego y lo iban a fusilar. Se formó entonces una comisión de damas, entre las cuales estaba mi mamá, para pedirle a papá que no fusilaran al muchacho. Y así fue. La risita de mi madre siempre que contaba esta historia se debía, y esto era muy lógico, a que el empaque tranquilo y pacifico que mi padre tenía ya en sus días de notario, hacía muy contrastante esa vieja historia de su marido.
Mi padre siempre estuvo a mi lado y nunca me reprochó por mi participación en el grupo contrario al régimen trujillista, “JuvenudDemocrátiva”.
Y sabía los riesgos que corríamos. Que en definitiva, ese evento del 1946 fue mucho menos violento que otras actividades contrarias al régimen. No obstante, años después de mi salida del país a él lo hicieron preso y lo despojaron de su notaría. Murió poco después.


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