Miguel Guerrero afirma solo un acuerdo con Israel permitirá la paz en Palestina

El periodista y escritor Miguel Guerrero

El periodista y escritor Miguel Guerrero responde al articulista Luis Scheker Ortiz sobre los planteamientos suyos respecto a la necesaria paz entre judíos y palestinos.
En una carta dirigida al director de este diario, Bienvenido Álvarez Vega, expresa de qué modo los palestinos podrían lograr vivir con dignidad.
A continuación el texto íntegro de la carta:
“He leído en la edición del sábado pasado (13 de enero) de Hoy, el artículo titulado “¿Por la paz deseada?” del respetado y admirado amigo doctor Luis Scheker Ortiz, abogado, prestigioso intelectual, presidente del Club Libanes, Sirio, Palestino, y presidente también del Salón de la Fama del Deporte Dominicano, sin el “estupor, horror y espanto” que le ocasionara a él la lectura de uno mío titulado “La necesaria y anhelada paz entre árabes y judíos en la conciencia de Bert Zerubavel”, publicado en Areito el sábado 6 del presente.
“En ese escrito recreo un encuentro con el intelectual judío una mañana de diciembre de 1975, dos años después de la guerra del Iom Kippur, y las largas conversaciones que sostuvimos en los días siguientes en un recorrido por Israel, en el que mostrara su angustia y su profundo deseo de que la paz se asentara definitivamente en la región.
“Un relato que al parecer ha enojado al doctor Scheker Ortiz, convencido de que el “expansionismo” israelí y la “limpieza étnica” que supuestamente practica son algunas de las causas del interminable conflicto.
“Obviamente, a juzgar por la lectura de su escrito, mi admirado amigo ha malinterpretado la intención del mío en la misma dimensión en que se resiste a aceptar la realidad que ha impedido a los palestinos realizar su sueño de tener un estado autónomo propio, tal y como la comunidad internacional lo concibiera en la resolución de las Naciones Unidas de 1947, no 1948 como señala en su artículo.
“Dicha resolución aprobó la partición del territorio de Palestina, una vez retirada las tropas de ocupación inglesas en mayo del año siguiente, en dos estados independientes: uno judío, que es hoy el moderno Israel´, y otro árabe palestino.
“Cuando las tropas de ocupación del imperio británico abandonaron la zona, los judíos rápidamente acogieron la resolución y fundaron su estado, que los países árabes vecinos intentaron abortar con el apoyo militar de la Liga Árabe, entonces financiada y comandada por los británicos. Esta acción no les dio oportunidad a los palestinos de hacer lo mismo.
“La tregua que puso fin a meses de cruenta confrontación deformó las demarcaciones establecidas en la resolución de la ONU y dejó a Israel sin fronteras estables y seguras, forzándolo a existir desde entonces dentro de frágiles líneas de armisticio y amenaza permanente de exterminio. La historia desde entonces es muy bien conocida. Guerra tras guerra han profundizado las heridas y alejadas las posibilidades de acercamiento.
“No voy a caer en la vana discusión sobre el pretendido “expansionismo” israelí y su presunta política racista de “limpieza étnica”, porque cientos de miles de árabes son ciudadanos israelíes y muchos de ellos participan activamente en la política del país, desempeñando cargos en la administración y el parlamento (Kneset), como era en 1975 cuando conocí a Zerubavel, el caso del alcalde Bethelem. Allí funcionan las mezquitas y los musulmanes practican su religión, lo que es imposible para los judíos en los países árabes. Tampoco voy a entrar en discusión sobre otra penosa realidad, que en las confrontaciones intestinas entre palestinos rivales han sido más las bajas que en sus choques periódicos con Israel.

Lo que sí no está sujeto a discusión es que los más importantes pasos hacia la paz han sido obstruidos por el radicalismo árabe negado a reconocer la existencia de Israel, como ya lo hiciera la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), en vida de su líder histórico Yasser Arafat.

Prueba de que la paz es posible y necesaria es la experiencia vivida entre 1991 y 1993, desde la conferencia de Madrid y la Cumbre de Oslo, en la que se firmaron las bases de lo que hoy podría haber sido el estado palestino. La “Declaración de Principios sobre las disposiciones relacionadas con un gobierno autónomo provisional”, como se le llamó al acuerdo, fue un paso determinante de buena voluntad de las partes, es decir Israel y la OLP, para una solución permanente del conflicto. Oslo dejaba atrás todos los malos entendidos y presagiaba una relación armónica entre los dos pueblos. Rusia y Estados Unidos sellaban su apoyo al servir como testigos. Y la presencia de Yitzhak Rabin, Arafat y el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton en la firma del acuerdo en Washington más tarde por parte de Shimon Peres y Mahmoud Abbas, eliminaba el último obstáculo.

Está hartamente documentado que las diferencias entre los propios palestinos dificultaron la aplicación del acuerdo. Y la victoria electoral años más tarde del grupo radical Hamás, que le dieron el control político y administrativo de la Franja de Gaza pulverizó todo rastro de buena vecindad.

Oslo establecía un plazo de cinco años para la materialización del tratado, al cabo del cual Israel cedería toda la autoridad sobre la zona y se retiraría de los territorios administrados. La OLP en cambio reconocía el derecho de Israel de existir como nación dentro de fronteras seguras y renunciaría al uso de la fuerza para lograr su objetivo de crear un estado palestino autónomo e independiente. Oslo permitió ver también la importancia del trato directo. Como el gobierno noruego ubicó a los negociadores en una misma casa, los dirigentes judíos y árabes pudieron tratarse y las reuniones informarles permitieron superar muchos escollos y prejuicios históricos. El anhelo de paz que angustiaba a Zerubavel en nuestro encuentro en diciembre de 1975 se daba también en Oslo.

La paz es necesaria tanto para judíos como para palestinos. El falso expansionismo que se le atribuye a Israel no tiene sentido alguno. Los territorios ocupados a Egipto y Jordania les fueron devueltos a cambio solamente de un reconocimiento y de un acuerdo de convivencia civilizada.

Solo un acuerdo con Israel, que abandone la idea de echar a los judíos al mar, permitirá al noble pueblo palestino, tener el derecho de vivir con dignidad dentro de límites autónomos y seguros, en armonía con sus vecinos israelíes. Era el anhelo de Zerubavel y supongo también para millones de árabes y palestinos.

Con sentimientos de la más alta estima, afectuosamente,

Miguel Guerrero.