Mirarse en un espejo de palote

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Antes de la invención del bolígrafo se usaban las llamadas plumas “de palote”, que había que mojar en el tintero al escribir cada frase. De estas plumas antiguas decía el poeta Franklin Mieses Burgos “que permitían pensar al escritor”; daban el respiro necesario para redactar mejor los párrafos del escrito. Las plumas “de palote” han caído en desuso, arrasadas primero por la estilográfica y después por el bolígrafo, ambos con fuente o deposito de tinta. Los espejos “de palote”, en cambio, no han desaparecido, como ocurrió con esas plumas arcaicas. Según parece, los espejos “de palote” son antiquísimos; se dice haberlos encontrado en las tumbas de los faraones del alto imperio egipcio. A pesar de ello, han conservado su vigencia.

Un espejo “de palote” es un espejo de asa, con mango o empuñadura. En las peluquerías se emplea el espejo “de palote” para que los clientes puedan revisar el recorte o el peinado, de su propio pelo, por la parte de atrás. Para “explorar” la nuca no hay mas que pararse frente a un espejo de pared y colocar en forma conveniente el espejo “de palote”. En torno de estos espejos se ha tejido una curiosa leyenda. En primer lugar, es posible que sean joyas, pues existen algunos montados en plata y oro y adornados con piedras preciosas.  Esos espejos son adminículos aristocráticos confeccionados para reinas o mujeres muy ricas. También los hay sencillos y humildes, incrustados en una lámina de plástico o pegados a un trozo de madera. Los usos de los espejos “de palote” son infinitos. Algunas mujeres viejas los utilizan para extraer canas de las cejas y acicalarse los ojos; o para rellenar arrugas con pasta de maquillaje. Se dice, incluso, que muchas mujeres gordas usan los espejos “de palote” para examinarse los órganos sexuales, sea por razones de higiene o por motivos eróticos. Pero el uso principal del espejo “de palote” sigue siendo verse la cara, por todos lados, en detalle, minuciosamente.

Los dominicanos necesitamos vernos la cara en un espejo “de palote” y, simultáneamente, musitar preguntas de carácter histórico y político. ¿Qué hemos hecho en el pasado? ¿Qué podemos hacer en lo porvenir? ¿Continuaremos alimentando rencores sociales? ¿Fomentaremos nuevas tiranías, sacadas de los moldes de Santana, Báez, Lilís o Trujillo? Ha de ser en un espejo “de palote” porque ese tipo de utensilio lo maneja el propio interesado, por decisión voluntaria. Nadie puede curar de una manía si no acude al psiquiatra. En la sociedad dominicana es cada día más evidente el triunfo de los sirvenguenzas y depredadores; los instrumentos de administración de justicia – todos – son ineficientes: Policía, leyes, tribunales, cárceles, constituyen otras tantas frustraciones. De ello se alimenta y nutre la insatisfacción social, el resentimiento de los afligidos a que aluden los Salmos. Por tanto, la posibilidad de que nos sorprendan estallidos colectivos.

Nunca antes se había visto en la República Dominicana tanta irresponsabilidad estimulada desde arriba. Jamás se habían producido tantos daños a la economía y a la convivencia, al mismo tiempo y torrencialmente. ¿Cuál ha sido la reacción de la comunidad? Primero, votar masivamente para que concluyera el gobierno de Hipólito Mejía. El conjunto de las acciones del pasado régimen – en la forma y en el fondo – tendía a fomentar las dictaduras. La inmediata, la que saldría de la reelección; la de partido, la que se formuló y coaguló en la célebre expresión: primero nosotros, después nosotros, y luego, sí queda algo, también nosotros; la dictadura militar destinada a restaurar el orden quebrantado por la pronosticada “ingobernabilidad”; y, por ultimo, la dictadura “con apoyo popular”, la que surge del cansancio y el desencanto frente a la mala conducta de los partidos políticos. 

Después de las votaciones de mayo hemos visto otros síntomas de que la parálisis de los dominicanos para asumir riesgos y tomar iniciativas no es total. El surgimiento de juntas de defensa barrial es uno de ellos. Cada dominicano debería agarrar un espejo “de palote”, hacer muecas delante de él, y preguntarse ¿Voy a permitir que me aplasten, me roben y exploten, sin oponer resistencia? ¿Debo seguir pagando las deudas, dispendios y desfalcos, que contraen o perpetran los políticos? ¿Con qué cara explicaré a mis hijos y nietos las causas de mi pasividad ante ese estado de cosas? Al mirarnos la cara en un espejo “de palote”, ese objeto doméstico nos devolverá la imagen exacta de lo que somos. El espejo tendría así una función auxiliar del psicoanálisis. ¿Nos gusta, acaso, vivir en el desorden; es que preferimos prolongar la existencia de esta comunidad de seres hundidos en la pobreza, maltratados y sin esperanzas?

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