Momito

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La casa tenía un pasillo extenso y ancho, como generalmente son los pasillos de los niños. Con el tiempo lo comencé a ver menos largo y mucho más pequeño, pero seguía siendo el pasillo de mis aventuras. Todas las tardes, cuando tenía cuatro o cinco años, yo caminaba sobre el frío mosaico desteñido que me conducía a la cocina. Un refrigerador chico y ovalado estaba a la derecha de la puerta de entrada. Ya había aprendido a apretar la manilla con fuerza hacia abajo para que, a mi entender, se hiciera magia. En el tramo interior que colgaba de la puerta oxidada se mostraba una botella de vidrio que contenía un líquido con olor a vainilla, alcohol y canela. Lo acercaba a mis labios y mi lengua jugaba con el hueco redondo y profundo de la botella. El licor dulce y caliente como ron de alambique llegaba explosivo hasta mi sien.

Yo regresaba por el pasillo en dirección a la galería donde veía a los cerdos que nos visitaban cada tarde. Algunos eran grandes y gordos y se movían al ritmo de su guarrido intenso, ronco y pegajoso. Con la cabeza hacia abajo y el hocico sucio, hozaban y se topeteaban unos con otros jugueteando entre la hierba enlodada del jardín. Siempre pensé que esos cochinos simpáticos que nos visitaban todas las tardes eran felices.
No sé por qué la piara terminaba en nuestro patio, pero era una visita acostumbrada. Los veía desfilar con un paso lento y torpe, por toda la calle hasta llegar a nuestra casa. El cerdo más grande, gruñendo, empujaba el portón de hierro, lo que producía un sonido chirriante e interrumpido que anunciaba la llegada de los visitantes.
Mi abuela, tan pronto los oía llegar, me subía a uno de los pilares que unía la repisa triangular que separaba el jardín de la galería. Era una verja adornada con balaustres de cemento pintados de verde tenue que yo solía rallar con mis lápices de colores. Desde ahí veía a mi cerdito preferido, un cochinito pequeño que me miraba con la ternura de un bebé. Yo le sonreía y él se rascaba la espalda con la tierra mojada. Le puse un nombre que yo podía pronunciar bastante bien. Se llamaba Momito.
Mis caminatas hacia la cocina se hacían más frecuentes mientras mi prima mayor y mi abuela se entretenían viendo a Momito y su familia jugando entre el lodo y el rosal y revolcándose en la tierra. Después de mi tercer viaje a la cocina, mi prima decidió seguirme los pasos. Me paré frente al refrigerador. No sé si fue la mezcla producida por la crema de leche y alcohol o el cansancio por la fuerza que yo hacía al abrir la nevera, pero mis pasos zigzagueantes delataron mi comportamiento.
De repente, escuché el lamento de Momito. Era uno de esos sonidos que tienen los cerdos para decir que ellos también sufren, también existen, también sienten. Una rama espinosa de la mata de rosas que adornaba el frente de la casa había caído en el lodazal y Momito, sin querer, se tiró sobre ella. Las espinas lo clavaron y de su garganta salió un dolor intenso que pude oír desde la cocina mientras la botella de vidrio se volvía a acercar a mis labios. La apresuré hasta mi boca y luego la coloqué sobre el piso de cemento recién pulido y salí corriendo. Al salir de la cocina choqué con mi prima -ella siempre buscaba la forma de enterarse de las cosas extrañas que pasaban en la casa-, la empujé con mis dos manos y salí corriendo hacia el balcón en busca de mi cerdito.
Allí estaba él, quejoso e indefenso. Sus ojos redondos y saltones me miraban con congoja mientras los demás miembros de la piara jugaban alegremente en el lodazal. Su corta cola se movía traviesa y ansiosa buscando a su padre, el cerdo más grueso y grande del grupo.
Momito necesitaba ayuda, y yo también. Él estaba adolorido por los aguijones del rosal y a mí la cabeza me daba vueltas.
La mamá de Momito, una cerda redondita y linda que también tenía los ojos prominentes e inquietos, al ver a su pequeño cerdito gimiendo de dolor, se acercó a él, con el lado derecho de su panza le acarició su pequeño cuerpo y lo condujo hacia la tierra mojada donde estaban los demás esperándolos. Momito se olvidó de los aguijones y de las rosas, pero no se olvidó de mí. Se movía vivaracho y juguetón, y su piel rosada se enterraba en el lodo mientras su hocico redondo y ancho se levantaba nerviosamente para buscarme con la mirada. En ese momento ya mi abuela me había quitado la ropa y bajo el ardiente sol de ese intenso y caluroso verano colocó sobre mi cabeza el grueso chorro de agua fría que salía de la manguera con la que todos los días ella regaba las rosas espinosas del jardín.
Mis paseos al refrigerador en busca de la exquisita bebida fría y azucarada terminaron aquel día. Momito y su familia tampoco volvieron a visitarnos y el lodazal se convirtió en un jardín de rosas hermoso que admiré durante el resto de mi infancia.
Muchos años más tarde encontré en una de las parrillas laterales de mi moderno refrigerador una botella de aquel líquido cremoso con olor a ron. Lo agité varias veces. Lo abrí cuidadosamente y lo acerqué a mi boca. Volví a sentir aquel dulce y fuerte aroma que llegó hasta mi sien. Recordé a Momito y las visitas que durante mi infancia nos hacía cada tarde para jugar entre el lodo y el rosal de la casa de mis abuelos. Entre sorbo y sorbo la imagen del cerdito se hacía más clara, hasta que al fin lo vi llegar junto a su piara. No había cambiado, era el mismo cerdito pequeñito y juguetón con la piel rosada, frágil, tierna y suave. Su mirada era profunda y aguda, como si también él me hubiera extrañado. Me olfateaba y escudriñaba intentando encontrar a través del olor, la memoria perdida por los años.
Poco a poco Momito se fue acercando a mí. Me veía con impaciencia, curiosidad y extrañeza, como si los recuerdos no fueran suficientes, o tal vez tratando de evitar que se escapen y queden dispersos como piezas de un rompecabezas desarmado e inútil.

Momito y su familia regresan todas las tardes a mi memoria. Los veo desde mi balcón chapotear alegres en el mismo fango y en el mismo rosal de mi niñez, mientras saboreo la exquisita ambrosía que desde ese día decidí conservar en el refrigerador.