Montesinos La “vox clamantis” “Ego sum vox clamantis indeserto….” Fray Antón de Montesinos. Sermón de Adviento, 1511

MONTESINOS

El tiempo se deshizo, ya no es tiempo,
pedazos del recuerdo y de silencios se amontonan glorificando el eco. Palabras con retruécano escindido. Algunas flores secas permiten el trasiego del canto, y en tu mano la piedra se hortaliza (del verbo hortalizar),
como en Miguel Hernández la “vox” del hortelano, retozo de poema compungido.
No sé si cuando es muerte restalla la palabra.
Resucita la vox clamantis in deserto.
La vox de los labriegos repartidos con pobre mano indiana. La de los propietarios del oleaje,
La voz de las palomas, vox quebrada, aire y sonido del Eclesiastés.
Montesinos, defensor de los indios se quema las pestañas. Son otras Navidades con nuevos Nacimientos,
Son los niños barriales llamados Jesucristo.
Todos sin apellido,
Anónimos cristianos flotando, dando vueltas. Montesinos es el tronco, vox flotante, modelo sin salida.
Un tronco en el remanso “clamante” de la isla.
Gnomos catedralicios, le respaldan,
acreedores del bien e improcedentes críticos
que asoman, ya fundidos, ocultamente juntos
en rezagada estatua caribeña ondeando, en tanto el viento, burla de monasterios y virreyes, frente al mar,
inventa “apellidazgos” magullados,
mayorazgos mareados por las trombas,
diéresis de tormentas, participios ciclónicos, mortales
frente al mar zarandeando su huracán soñoliento, su identidad privada.

Legado de la mano de Cuauhtémoc, la dura estatua grita y habla (¿debe estar loco?), expone sobre indiadas sermoneando el sudor del salitre,
la salitrosa contradicción fonética de siglos.
Mar afuera el clamoreo de remos propulsores
de canoas escapadas con cemíes a horcajadas,
migraciones del miedo, nubladas y huyendo a los adioses,
huyendo con sus dioses, nacidos entre el rumor tenaz de sus cavernas, los espíritus chillan
despedidas teñidas de sospechas.

Montesinos, cansado de tanto ser estatua,
cansado de ser bronce únicamente,
material de sandalia ferretera y cardenillo que antes fuera maná en algún desierto,
habla con voz de trueno sin que llueva.
Habla con voz de lluvia sin tronadas.
Habla:
“yo soy la voz que clama en el desierto de esta isla” …
“Soy la estatua que clama sobre el sordo simún del oleaje”.
“Nutro mi corazón metálico con incienso de lejanos velámenes,
quisiera retornar, y en la distancia aún naufraga mi oscuro planetarium, y crezco en un exilio sin estrellas”.

Santo Domingo, Adviento.
Diciembre 11 del 2016


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