Muerte horrenda en Ciudad Nueva

FABIO RAFAEL FIALLO
Angel Severo Cabral no murió en el fragor del combate, atacando una posición rival o repeliendo una emboscada, durante el conato de guerra civil que en 1965 estalló en nuestro país. En realidad, cuando él desaparece de la faz de la tierra a mediados de octubre de 1965, las armas se habían callado ya. Las partes involucradas en el litigio habían llegado a una solución negociada del conflicto: un gobierno provisional de amplia base prepararía la celebración de elecciones libres y los constitucionalistas se aprestaban a entregar sus armas y abandonar la zona que ellos ocupaban al nuevo gobierno.

Tampoco fue una bala extraviada la que llegó a segar su vida en aquel año tormentoso. No, él fue asesinado indefenso y a quemarropa por un disparo lanzado adrede en contra suya.

Murió delante de su esposa y sus dos hijas el día que los cuatro regresaban a su casa, de la que habían tenido que salir al inicio de la contienda. Una partición de zonas de influencia, especie de Yalta local tan efímero como fortuito, había dejado dicha casa bajo el control de las fuerzas cosntitucionalistas, adversarios declarados de Severo Cabral.

Herido por una turba fanatizada, iba a ser trasladado a un hospital cuando, ya en la ambulancia, alguien se le acercó y le disparó el tiro de gracia. La paradoja del destino hizo que a esas tres damas desamparadas no les quedase más remedio que verter lágrimas de ira y dolor sobre la sangre que, a caudales, brotaba del cuerpo yacente de su ser querido. Hasta el instante fatídico del suspiro final.

Fue así como un gatillo eufórico se arrogó el derecho y la autoridad moral y política para aprehender, juzgar, sentenciar y ejecutar, todo eso en un abrir y cerrar de ojos, a un reputado abogado, antitrujillista de siempre y miembro de la red de compatriotas que, el 30 de mayo de 1961, liberó la República Dominicana del más cruel tirano de su historia.

¿Cuál fue la verdadera causa, el móvil real de aquél asesinato? ¿Fue ésta la obra de un cretino fanatizado que decidió actuar por cuenta propia, sin ningún estímulo u orden proveniente de terceras personas, contra una figura política, Severo Cabral, a propósito de la cual había de seguro oído anatemas incendiarios de boca de más de un amigo constitucionalista? Puede ser; en momentos de tensión política extrema, nunca faltan iluminados dispuestos a accionar el gatillo en nombre de un ideal capaz, a sus ojos, de justificar cualquier atropello, incluso los crímenes mas absurdos. O bien, ¿acaso alguien en la zona constitucionalista, viendo acercarse el día de deponer las armas, intentó y logró explotar el fanatismo de un seguidor incondicional para suprimir físicamente a un representante importante del bando rival? La verdad a este respecto queda sin conocerse pues, como tantos otros en nuestro país, este crimen ha pasado, al menos hasta el día de hoy, a la cuenta de pérdidas y ganancias de nuestra historia ensangrentada.

Lo que, por el contrario, sí se pudo constatar es que dicho crimen no dio lugar a una condenación firme, convincente, por parte del liderazgo político supremo del movimiento constitucionalista, y en particular Juan Bosch.

A decir verdad, Bosch no tenía por qué condenar enérgicamente aquel homicidio, pues el asesinato de Severo Cabral no fue la obra de un representante o personaje eminente del gobierno constitucionalista sino de un simple simpatizante de aquel movimiento. Ni la jerarquía constitucionalista en su conjunto ni, menos aún, Juan Bosch fueron responsables de una manera u otra de aquel estúpido asesinato. A Bosch le asistía por tanto el derecho soberano de adoptar la discreta actitud que asumió ante ese crimen. Pero no por ello su actitud resultó ser políticamente acertada o eficaz.

Me explico. Ya en aquel momento, es decir, cuando cae asesinado Severo Cabral, el país se encaminaba hacia un nuevo proceso electoral, el de los comicios de mayo de 1966. Se sabía además que el contrincante principal del líder de los constitucionalistas no sería otro que Joaquín Balaguer, símbolo por excelencia del trujillismo decapitado. Ante esa encrucijada, muchos antitrujillistas influyentes que se habían opuesto a Bosch en 1962, al igual que numerosísimas personas sin vínculos con la política, todavía no habían decidido a qué candidato apoyar en las elecciones venideras. Les repugnaba la idea misma de tener que votar por Balaguer.

En ese contexto, el asesinato de Severo Cabral le ofrecía a Bosch una ocasión en oro macizo de quitarle a Balaguer un argumento de peso para atraerse a los antitrujillistas y a los indecisos. Si Bosch hubiese formulado en ese momento una condenación categórica, persuasiva, de aquel crimen, si él hubiese precisado solemnemente que actos de esa índole no quedarían impunes en un gobierno suyo, el líder de los constitucionalistas hubiera tendido oportunamente un puente a quienes todavía no habían tomado la decisión de votar en contra de él. Pero Bosch no aprovechó la ocasión. Y al no hacerlo, no fueron pocos los que, comprensiblemente, sintieron miedo ante un eventual triunfo de su candidatura. Muchos antiguos antiboschistas se dijeron entonces, ante el asesinato de Severo Cabral, lo que los “hijos de Machepa” se habían dicho a su vez seguramente al observar a los rehenes de la televisión dominicana: “Lo mismo me podría ocurrir a mí”.

Balaguer, por el contrario, no escatimó medios para explotar esa oportunidad y tratar de granjearse el apoyo de sus enemigos antitrujillistas, o al menos para reducir la justificadísima animadversión que éstos y muchos otros dominicanos sentían hacia él (lo que él no logró, de más está decir, en lo que respecta a la familia del autor de estos artículos). No fueron en efecto uno ni dos los discursos de campaña en los que Balaguer se refirió a la “sangre de Severo Cabral” como símbolo de lo que su candidatura trataba de ahorrarle al país.

La ausencia de reacción enérgica por parte de Bosch ante el asesinato de Severo Cabral fue una pifia, un acto fallido que contribuyó a que muchos de sus enemigos políticos se uniesen en su contra y favoreciesen a Joaquín Balaguer. De ahí que, parafraseando a Fouché, pueda decirse que esa actitud de Bosch no constituyó en lo más mínimo un crimen, pero sí fue un grave error.

En el próximo artículo escudriñaremos las diferencias de estilo y método, dentro del movimiento constitucionalista, entre militantes fogueados en las luchas políticas y advenedizos en estos menesteres.