Murallas de Jericó, muro de Berlín, pirámides de Pedro Mir

Rafael Acevedo

Hay sistemas fortificados cuya destrucción puede ser más fácil de lo aparente. La clave: atacar los puntos de equilibrio en las estructuras menores que conforman la estructura mayor. Por razonamiento simple, si dos cosas pesan exactamente lo mismo, un mosquito que se asiente de un lado inclinará la balanza. Por eso, una incipiente vaguada en el Atlántico sur de África es vista con cautela por los meteorólogos de la Florida.
Aunque el agua a 5º centígrados la vemos igual a la de 15 grados, la primera solo necesita un leve soplo de frio para volverse sólida.
Los expertos en construcciones saben cuándo una fisura pequeña refleja una falla estructural.
Algunos pueblos son oprimidos porque no saben canalizar pequeños temores y prejuicios. El Manifiesto Comunista decía: “No tenéis nada que perder salvo vuestras cadenas”; ello liberó muchas gentes del bestial capitalismo de los siglos 19 y 20. El pájaro acostumbrado a su jaula, aunque la puerta esté abierta, suele no aventurarse a los riesgos de vivir en libertad; el rebelde asecha la oportunidad de escapar.
Las transformaciones sociales se producen cuando conflictos y contradicciones rebasan determinados límites.
Contrariamente a la meteorología, las ciencias sociales no han desarrollado métodos predictivos en base a detección de “puntos de alta y baja presión” (equivalentes a condiciones objetivas y subjetivas; actitudes y estados emocionales), ni han podido establecer los indicadores de “conducividad estructural” (Dahrendorf), que dan cabida a los cambios sociales y políticos.
A menudo el punto de giro es una pequeñez, algo tan simple como “la muerte de ciertas mariposas” (decía Pedro Mir). La historia hebrea registra que bastó que el pueblo creyera que Yahvé les había prometido territorios ocupados por el enemigo, y que Josué o Gedeón creyeran y confiaran en la consigna que Dios había revelado: Que marcharan ruidosamente alrededor de Jericó hasta que sus pisadas multitudinarias y constantes derruyeran el cemento de sus murallas. O irrumpiendo con luces y ruidos inusitados mientras el campamento enemigo dormía tranquilamente, sorprendiéndolos y creándoles gran confusión. Ciertamente, siempre es necesario un plan, algo de coraje y mucha fe para hacer funcionar la estrategia.
El sociólogo David Riesman (La Guerra de Nylon, 1951) apostaba que, si desde aeroplanos se lanzaba medias de nylon y objetos de consumo a la población rusa, viendo la gran prosperidad norteamericana, estos se decidirían a rechazar la dictadura. En 1988, poco antes de la caída del muro de Berlín y del comunismo soviético, vi jóvenes rusas hojeando entusiásticamente catálogos de Sears y Macys. En la actualidad, se diría que ciertas condiciones técnicas existen en demasía en nuestros países: comunicación satelital y redes para uso personal que también los pobres poseen. Ponerse de acuerdo es infinitamente más fácil que en tiempos pasados; y, como en Jericó, bastaría creer que se puede, que un país no tiene por qué ser esclavo de sus propios vicios y egoísmos, ni de su propia falta de responsabilidad y de vergüenza. Falta más inteligencia y voluntad ciudadanas para lograrse los cambios sociopolíticos.