Nacimiento, auge y colapso de la industria textil dominicana

Por Edwin Croes
09 enero, 2010 8:02 pm Sé el primero en comentar
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Especial para Hoy
La euforia neoclásica y la demoledora artillería de recursos del Consenso de Washington obnubilaron la visión económica de una parte importante de los economistas y de las élites políticas dominicanas desde finales de la década de 1980.

El lema era: “no importa si son microchips o potatochips, lo importante es exportar”. Este radicalismo impidió ver el callejón sin salida al que se condujo el destino de la industrialización del país. Los que sosteníamos una visión diferente y propugnábamos por estrategias tipo asiáticas fuimos tildados de “teóricos desfasados”, “izquierdistas trasnochados” y hasta “lunáticos” e “impertinentes”.

No fue un enfrentamiento de intereses, sino de ideas. Ya Keynes lo había advertido en su último párrafo de la Teoría General, destilando lapidariamente su experiencia: “No son los intereses creados, sino las ideas las que son peligrosas”.

Fue necesario esperar un cuarto de siglo, que casi desaparecieran la agricultura y la manufactura dominicanas, que 70 mil desempleados de zonas francas estén pululando en las calles, que los activos públicos fueran dilapidados  en una deficientemente diseñada privatización y que el narcotráfico secuestrara los mecanismos básicos de gobernanza nacional para que, finalmente, la historia, con su inmisericorde frialdad,  desnudara la razón.

Textiles y capitalismo industrial

¿Por qué es tan importante la industria textil? Primero, se encuentra estrechamente vinculada al sector primario a través del cultivo del algodón y otras fibras vegetales y animales, lo cual establece un primer eslabón de su larga cadena de valor. No importa si el insumo se importaba en su casi totalidad, como en los casos de Gran Bretaña y Japón, ya que el comercio mismo generaba riquezas y la fase crucial era su manufactura. Pero cuando el eslabón unía ciudades y campos de un mismo país, el efecto se hacía aun más poderoso, como en el caso de Estados Unidos y la India. Segundo, la transformación de la fibra en hilo y luego en tela dio lugar a la matriz tecnológica que desencadenó la revolución industrial en un sinnúmero de países. La transformación de la tela en vestimenta a través del proceso de confecciones, uno de los que más requiere de trabajo manual, fue el taller en que primero se entrenó la clase obrera, y de donde nace el mercado interno de masas que sostendrá el proceso de industrialización rama tras rama. No debe obviarse que es esta industria la que rompe las cadenas patriarcales que habían hecho de la mujer un ciudadano de segunda categoría.

Regresión al taller

A la muerte de Trujillo, los enemigos de Gadala pasan a la ofensiva y al poder, logrando que los gobiernos subsiguientes nacionalicen sus propiedades (el único inversionista extranjero que fue expropiado), luego las empaqueten en el conjunto de empresas de Trujillo que se transfieren a CORDE y allí fuesen secuestradas e inutilizadas para siempre.

La lógica de distribución de beneficios fiscales que implantó la élite industrial desde mediados de la década de 1960 se fundamentó en solo otorgarlos a empresas existentes y en ramas en que no existiera suficiente capacidad instalada para satisfacer la demanda. De allí que fuera importante que no se destruyera totalmente la capacidad instalada de las empresas de Gadala, ya que justificaba impedir la entrada de nuevos inversionistas eficientes.

Al abaratar artificial y drásticamente el costo de los insumos importados, el destino de la rama textil estaba trazado de antemano en la ruta de la industrialización ligera y trivial de los talleres de costura basados en mano de obra de baja calificación y barata.

Esta ruta vino a ser reforzada por las zonas francas que se desarrollaron chupando del “caramelo envenenado” de las preferencias arancelarias ofrecidas por los Estados Unidos, a través de la Iniciativa para la Cuenca del Caribe (ICC), de abrir su mercado a las confecciones dominicanas siempre y cuando no utilizaran insumos locales sino los producidos en dicho país.

Camino al fracaso

En 1991, ya la producción de algodón (y sisal) había prácticamente desaparecido a favor de las  importaciones de insumos sustitutos. Pero es a partir de 2002 que se completa la pérdida definitiva de la cadena de valor, ya que mientras comienza a crecer la importación de productos terminados, la de insumos se mantiene estancada al nivel más bajo de toda su historia reciente. En otras palabras, la industria vuelve a sus orígenes y se transforma en un negocio de importadores de vestimenta terminada.

Donde se unen las historias de la industria textil sustitutiva y la de zona franca es en que ambas se desarrollaron sobre la base de descartar los eslabonamientos que conforman los fundamentos de la competitividad en la industria textil.

La apertura de los mercados textiles de las economías desarrolladas en 2005, según estaba previsto hacía más de una década, significó una extraordinaria oportunidad de crecimiento para los países subdesarrollados que se habían preparado en el desarrollo de su base industrial textil. Sin embargo, para los países que la habían destruido para concentrarse en talleres de costura, como el caso dominicano, el cambio significó el colapso del negocio. Resultado: entre 2003 y 2009, 70 mil obreros de las zonas francas dominicanas han perdido su empleo.

Oportunidades

La experiencia pasada y reciente demuestra, sin lugar a duda, que la reestructuración depende de acceso a tela de alta calidad y a buen precio, lo cual es muy escaso en el caso dominicano. Hay muy poca producción de tela, y la que se produce es tejido de punto fabricado por un par de productores integrados verticalmente. No hay producción de tejido plano y con los altos costos de electricidad y agua es poco probable que haya inversiones adicionales en el país para producir estos tejidos. No todos los países de la región fueron tan incompetentes en su visión del desarrollo textil. En la última década se produjeron nuevas inversiones extranjeras y nacionales en México.

Nada de lo que ha hecho el G obierno ha dado resultado. La nueva Estrategia Nacional de Desarrollo 2010-2030 no propone líneas de acción suficientemente poderosas para cambiar la tendencia, sino que aun se encuentra atrapada en las políticas neoclásicas de “remover obstáculos”  y “facilitar los negocios y la inversión extranjera” para que la “mano invisible” de los mercados haga su magia, que fueron precisamente las políticas que nos condujeron adonde estamos.

Del taller a la industria

Trujillo aborrecía la visión de pequeños talleres de costureras y sastres que dominaban la industria textil dominicana en la década de 1930. Inmediatamente después que la Convención Domínico-Americana se lo permite, Trujillo empieza a otorgar privilegios fiscales para promover la industrialización.  Entre 1944 y 1952, Trujillo convence a varios comerciantes extranjeros (Armentero, Bendek y Najri) de que establezcan plantaciones de algodón e hilanderías modernas disfrutando de total protección y exenciones fiscales garantizadas por contratos con el Estado. El mismo Trujillo inicia su proyecto de sacos de sisal (cabuya). Sin embargo, todas las plantaciones de estos proyectos fracasan y pasan a depender de insumos importados.

En 1953 pone a prueba al empresario salvadoreño Elías Gadala María para que se haga cargo de su plantación y fábrica de sacos de sisal, y en pocos años el complejo agroindustrial despega exitosamente. En 1957 Gadala María implementa su verdadero objetivo, el “Consorcio Algodonero Dominicano C. por A.”, integrando una gran plantación moderna de algodón, una planta desmotadora, procesamiento de la semilla de algodón para fabricación de aceite, y fabricación de hilados y tejidos. El impacto en la producción es inmediato, así como en la sustitución de importaciones de dichos insumos.

El éxito reforzó los vínculos entre Gadala y Trujillo, pero generó energías negativas entre otros sectores. Primero, despertó el apetito del hijo de Trujillo, Ramfis, por adquirir estas empresas. Segundo, había quedado al desnudo la incompetencia de los empresarios que habían fracasado antes. Tercero, con la fábrica de aceite, Gadala entraba en competencia directa con otro segmento poderoso de la élite industrial (la familia Ariza, que había logrado articular con éxito la cadena de valor agroindustrial de oleaginosas a partir del maní).

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