No habrá luto por Fidel

No habrá luto por Fidel

Mientras cursaba sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana, Fidel Castro presidió el Comité Pro Democracia Dominicana. Siendo un joven de tan sólo 20 años, contaba con un alta consciencia sobre la difícil situación política y social que vivía nuestro país, bajo la tiranía de Trujillo.

En 1947, el entonces estudiante, a pesar de que su madre le pidió que volviera y se quedara en Cuba a disfrutar de lo que podría llamarse una “vida sin complicaciones”, decidió participar en la expedición Cayo Confites, por sentirse obligado con el pueblo dominicano a pagar la deuda que Cuba tenía con República Dominicana, en su lucha por la libertad. Cuando las naves que traían a los hombres que llevarían a cabo la lucha armada contra el tirano fueron detenidas y todos sus ocupantes apresados, Fidel arriesgó su vida lanzándose al mar, logrando estar a salvo.

Así y todo, en República Dominicana no habrá luto oficial por Fidel…

El sentido de patria de Fidel Castro superaba lo que cualquiera de nosotros pudiese imaginar. Solamente por reconocer la importancia histórica del héroe dominicano y universal Máximo Gómez para con el pueblo de Cuba, el Comandante sentía que debía pagar a los dominicanos participando en luchas como la de Cayo Confites. Fidel agradeció eternamente al General Gómez, denominándole “el maestro del arte de la guerra para los cubanos”. El gobierno de Cuba designó con el nombre de “Máximo Gómez” la Academia de las Fuerzas Armadas de ese país, y para los cubanos nacidos y educados bajo la aureola de Fidel, la estatura de Máximo Gómez es la misma que la de Martí y Antonio Maceo. Tal es el amor y la gratitud, que el Politécnico de Baní, ciudad natal del generalísimo, fue donado por Cuba a nuestra nación.

No se nos puede olvidar la solidaridad de Fidel con los dominicanos insignes.

El líder revolucionario acogió en Cuba a Francisco Alberto Caamaño, desde 1966 a 1973, dando todo el apoyo solicitado a su proyecto para terminar con la dictadura balaguerista por la vía armada. Aún a contrapelo de que Fidel y la dirección política cubana dejaron de creer que el plan del Coronel de Abril fuese viable, ese apoyo nunca cesó, respetando y colaborando con la voluntad sagrada de Caamaño.

Años más tarde, el 11 de junio de 1988, Fidel le impuso la más alta distinción del país, la Orden José Martí, al profesor Juan Bosch, con quien mantuvo durante toda su vida una singular e inquebrantable amistad, y una sólida relación política, especialmente en los años setenta y ochenta, cuando Cuba era el epicentro político y cultural de América Latina, y Bosch forjaba el Partido de la Liberación Dominicana, al tiempo que se solidarizaba con todos los proyectos revolucionarios de la región y del mundo.

Más recientemente, la humanidad de Fidel para con América Latina y nuestro país se materializó a través de la Misión Milagro, un proyecto liderado por los gobiernos de Cuba y la República Bolivariana de Venezuela que permitió devolverle la visión a cientos de dominicanos.

E insistimos: aún con todos estos hechos a la vista, en la República Dominicana no se declarará duelo oficial por Fidel…

¿Cuánto más debió entregar Fidel Castro y el pueblo de Cuba para que nuestro país le rindiera los honores que se merecen? El Estado dominicano se ha quedado corto. La historia señala que la muerte física del más grande líder político del siglo XX, solidario a carta cabal con nuestra patria, debía comprender más que una carta de condolencias o un acto de presencia en sus exequias. Se requería algo más que cumplir con lo mínimo. Más que un gesto de naturaleza diplomática, el gobierno dominicano debía actuar con toda la solemnidad, como nación y como Estado, con los rituales que se rinden a los grandes héroes y heroínas del país y del mundo. Sin pudores ridículos ni temores pusilánimes.

Ante estos hechos, no queda otra cosa que decir que, tristemente, la irresponsabilidad del gobierno dominicano demuestra que a Fidel le tocó en primera persona pasar por “el placer del sacrificio y la ingratitud de los hombres”, tal como dijo el apóstol José Martí al propio Máximo Gómez, al pedirle que fuera a luchar por la libertad de Cuba, donde no había nacido pero terminó dejando el machete y la vida.

 

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