One, Two… U

Manauri Jorge

En la decadente línea por la que cruzaba mi matrimonio las opciones de renovación marital no eran muchas. 26 años compartiendo la misma cama, el mismo baño y las mismas desilusiones conyugales. Era momento de dar un cambio radical en la rutina que nos esclavizaba el “día a día”.

Y mientras cambio los canales de la misma televisión que antes veíamos a dúo, en unas de mis masturbaciones mentales me llega a la memoria la tarjeta que Raúl me dio para las emergencias. “One, Two… U” era el nombre del club que eróticamente relucía el rectángulo en mis manos. La examiné como ginecólogo a su paciente, mientras la concupiscencia opacaba las pocas neuronas funcionales que me quedaban.

Estaba dispuesto a lo que sea para salvar mi matrimonio –y de paso suplir la fantasía original de la mayoría de mi especie-, por lo que mi esposa, casi hermana, entendería mis intenciones y accedería en la visita al club.

Al principio se negó rotundamente a visitar el nido de orgías, pero los argumentos utilizados por mi macabro cerebro la dejaron sin justificación.

-El problema con nosotros es que no hacemos nada distinto desde hace décadas-, estrujé en la cara de Doris.

Ella usó las frases silentes que lanzan las miradas inconformes y después de un prolongado suspiro, expresó “está bien. Si eso es lo que quieres, iremos al club ese”.

Antes de salir me bañé como nunca antes lo había hecho; usé mi mejor loción y me puse la camisa que mejor figura me pronunciaba. Después de esperar a mi esposa por dos horas, salimos de la casa con la orden expresa a los hijos de que no se acostaran tarde porque su madre y yo llegaríamos pasada la medianoche.

Frente a One, Two… U dos enormes trogloditas nos preguntaron si íbamos para el bar o al VIP. Como desconocía el procedimiento, decidí entrar al bar y luego llamaría a Raúl para que me explicara.

Ya en la barra pedí dos tragos suaves, pero mi esposa no quería tomar nada. La timidez le brotaba por la melanina, se aferraba a su bolso como si fuera a depositar en él la vergüenza de nunca haber visitado un bar. La tomé de la mano y la invité a tomar un trago ligero para que se relajase.

Mientras compartíamos copas en la barra, una joven no mayor de 25 años se acercó y nos invitó subir al VIP. No sabíamos las secuelas del famoso segundo nivel, pero nunca vi que quien subía bajaba. No tenía que ser erudito para darme cuenta que la verdadera diversión estaba a un paso del cielo. Subimos.

Doris se encadenó a mi antebrazo y me insistió en irnos. Ya me había dicho que sí antes, pero tuve que darle una terapia para que sacudiera los tabúes que llevaba en las entrepiernas. A mis 52 años, de vez en mes, tomaba una que otra pastilla para la erección, pero la minifalda de esa jovencita llevó la sangre justo a mi segunda cabeza sin mucho esfuerzo.

Mi esposa notó que dentro de mis pantalones se presenciaba el trípode.

-Ya veo. Tu problema no es por la edad como dices, es la falta de motivación. Sin vergüenza-, reprochó Doris.

-¿Cómo crees?, le contesté, aunque sabía que eso de la erección era más sicológico que otra cosa y viendo esa muchachita con ese cuerpazo invitándome al trío, se me paró hasta la respiración.

Justo frente a la puerta de la habitación Doris se reusó entrar. Ya estaba molesto por sus “incomprensibles” acciones y le advertí que si quería seguir en la rutina de un matrimonio que se mantenía por inercia estaría bien, pero que no me culpara luego por no ser innovador en la cama.

Me miró fijamente a los ojos, sacó un vibrador del bolso y dijo:

“Perfecto mi querido esposo. Voy a entrar, pero tú te quedas de este lado sin poder tocarnos, mientras ella y yo salvamos nuestro arruinado matrimonio”.

Nunca antes había perdido la erección tan rápido como cuando las dos mujeres cerraron la puerta de cristal y me dejaron fuera de la fantasía que se convirtió en la peor de mis pesadillas.