Nadie ha declamado más que Leonel sobre la institucionalidad
Leonel Fernández debería saludar de mi parte a los miles y miles de indigentes a quienes entrega canastas navideñas, porque el dinero con el que él se disfraza de filántropo proviene de los impuestos que pagamos todos. Y como en la cena faraónica con la que agasajó a cincuenta mil ciudadanos las botellitas de agua tenían su imagen, exijo también que pongan la mía, porque yo soy un contribuyente, y él es un empleado público que no tiene ningún derecho a usar de los bienes de la nación para alimentar su megalomanía.
Esto que estoy pidiendo lo pueden pedir todos los ciudadanos de este país, porque el fisco es la concreción de lo público, y todavía no vivimos en una Monarquía (al menos legalmente), aunque tengamos un presidente que se cree un Monarca, y una práctica política en la que los senadores tienen un “barrilito” clientelar, los diputados manejan “asignaciones especiales”, y los ministros se convierten de la noche a la mañana en tutumpotes de alta prosapia. Nadie ha declamado más que Leonel Fernández sobre la institucionalidad, e incluso impulsó una Reforma Constitucional en la que el país se define como “un Estado social de derecho”, pero si leemos su práctica, no su discurso, nos damos cuenta que es la rúbrica del súper-ego del yo autoritario de la historia dominicana la que él reproduce.
Si el clientelismo existe es por la negación de los derechos sociales de los ciudadanos. Y ese fardo clientelar es el modo como la práctica política dominicana ha contribuido con la delincuencia. ¿Qué es Leonel Fernández entregando una canasta navideña, o un sobre con dinero, a pobres de solemnidad? Un simple mortal transformado en un Dios engreído que encanallece la vida espiritual de la nación, se aprovecha de la pobreza, y se enreda en la simbología de la dureza de toda la recurrente modalidad opresiva con que se actúa desde el poder en países como el nuestro. Es un político desencajando a su antojo la pobrísima estructura institucional del país, hurtándole a la educación o a la salud recursos suficientes para modernizar un hospital o atender cien escuelas.
Y es algo más peligroso, porque entraña la construcción de un poder personal desmesurado, que desde los órganos del Estado ha tenido el privilegio de ir instalando un dispositivo de control que lo ha reagrupado todo (dádivas de beneficencia, bonos estudiantiles, bono-gas, bono combustibles, tarjetas solidaridad, nóminas secretas con fondos públicos, bono-luz, permisibilidad para el enriquecimiento de la estructura de dirección del partido oficial, dominio de los medios de comunicación y de comunicadores por la vía del dinero, rentismo, control de partidos políticos “opositores”, cooptación de “intelectuales” historiadores, y artistas y un largo etc.). Y si a ello agregamos ahora el dominio pleno de la suprema corte, el tribunal electoral, y el tribunal constitucional; además de la cámara de cuentas, es claro que todos los engranajes de la sociedad están en sus manos.
Jamás habíamos sentido tan nítidamente la impotencia de vivir en una sociedad secuestrada. Nada hay ahora mismo en este país que no esté bajo el control personal del presidente Fernández. Es una figura ascensional, que resume más de ciento cincuenta años de historia que ocupan los “imprescindibles” y ególatras, en el largo rosario que ha gobernado este país. Pero todos tenemos derecho a exigirle. Aunque Leonel Fernández cree que su pasta divina suspende la verdad cotidiana, es bueno recordarle que todo su glamour y bonhomía se financia con los impuestos que pagamos todos los ciudadanos. Y que él se puede creer el sueño mismo de lo grandioso, pero en cada cajita de navidad que entrega, en cada sobrecito con la dádiva, está el sudor del país, la producción de riqueza del aparato productivo, el futuro truncado de un país que es hoy el campeón de la corrupción en el mundo.
Que salude de mi parte a los miles y miles de indigentes a quienes entrega canastas, que pongan mi foto en las botellitas de agua, y que todos le pidamos lo mismo a ese ser que usa el dinero público para esculpir el epitafio de la ambición que se erigió a sí mismo.
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La verdad que gracias a Dios que ya el presidente Leonel Fernández está finalizando su tercer periodo democrático, pues esta pluma no es fácil de sobrellevarla, por mas demócrata que sea un presidente, pero este mi querido país uno se lleva tremenda sorpresa, pues así de irreverente era Aníbal de Castro con el profesor Juan Bosch y terminó como embajador en el gobierno de su partido.
Anoche en el acto de condecoración de Vargas llosa veía la cara de truño de Andrés L. Mateo cuando su jefe, el rector de la universidad APEC, Justo Pedro Castellano y el propio Vargas llosa elogiaron el avance de la Republica Dominicana en las últimas décadas llegando a decir que es un modelo a imitar en Latinoamérica.
Anoche se resistía a beber agua del vaso medio lleno el cual le fue vaciado en la cara.
(Quisiera decirlo distinguido, pero pero conciencia me lo impide)
Por este medio le pido que ponga mi foto en las cajitas, botellitas... y en el dinero que se da a la gente como si fuera una dádiva suya. Realmente soy yo y todo el pueblo que lo está dando.
Tarde o temprano le pediremos cuenta. La única forma de salvarse de que le pidan cuenta es si puede demostrar que el dinero que se ha sustraído del erario público de manera corrupta, ha sido invertido en nuestro propio país, y ha generado empleo, riquezas y mayor utilidad que si la hubiese invertido el propio Estado.
Y aquellos que han robado y lo han depositado en cuentas extranjeras, son peores. A estos les espera una larga enfermedad en sus propias conciencias, y que se extenderá al mismo cuerpo visible.
En la vida todo es relativo, cuando el Ing. Hipólito Mejía fue presidente de la República (2000-2004) hacía lo mismo que lo que hoy hace el presidente Leonel Fernández, es decir, repartía alimentos, juguetes, dineros, etc. a la gente pobre de este país; pero al amigo Andrés L. Mateo, que pagaba más o los mismos impuestos que pagas hoy nunca se le ocurrió decir que pusieran su cara en las mascotas, las mochilas y las otras tantas cosas que, en su momento, repartió el presidente Mejía. No ha habido un sólo indigente del país que hasta ahora haya rechazado las ayudas que un presidente de la República, sea quien sea, le haya dado atendiendo a la época, es decir, según sea Día de los Santos Reyes, de Navidad, de Nochebuena, Año Nuevo, etc.
El asunto sigue siendo relativo, amigo Andrés L. Mateo. Si trabajo y vivo bien no necesito ayuda de ningún presidente; pero si no trabajo y vivo mal, entonces que vengan todas las ayudas de todos los presidentes y otros funcionarios, etc.