Orientan estrategia hacia la creación de medios de vida

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Aunque inmensa, no le basta la obra social, cultural y humanitaria edificada en Consuelo, a la que ha consagrado cincuenta y nueve años de su vida. No le basta al espíritu emprendedor de Sor Leonor Gibb, porque el municipio reclama un empuje económico generador de empleos mediante el desarrollo agrícola e industrial.
No será suficiente mientras falten fuentes de trabajo que capte la mano de obra calificada disponible en esa demarcación, mientras consuelenses tengan que emigrar, alejarse de su familia en busca del sustento.
Cierto que mermaron los casos dramáticos de ancianos abandonados tras la creación del asilo, obra originada en la compasión, solidaridad y emprendimiento de exalumnos al encontrar diecinueve ancianos enfermos y hambrientos en un barracón plagado de ratas, sin que descansaran hasta verlos en un alojamiento digno.
“Esa fue para mí la señal de que todas las palabras, las conversaciones tratando de enseñarles habían llegado”, dice Sor Leonor.
Sin embargo, persisten situaciones que la atormentan, como el desamparo de niños y niñas, la desintegración familiar a causa de la emigración. “En estos días supe de una familia con tres niñas, una tiene catorce años, otra diez y la otra seis, y están en su casa solitas día y noche porque sus padres están fuera para trabajar”.
Con los ímpetus que impulsó escuelas y demás obras, canaliza su entusiasmo y fortaleza espiritual a la consecución de empleos y otras apremiantes necesidades de un municipio donde aquí y allá están sus huellas, patentes en el empoderamiento comunitario, en el Barrio de los Maestros, con 150 viviendas; la Casa de la Cultura, en la que invirtió los fondos de dos premios “Brugal Cree en su Gente”, renglón educación (1996) y arte y cultura (2015).
No le basta. “Hay mucho que hacer en cuanto a la comunidad, mucho, mucho, y estamos trabajando para mejorar”, afirma, esperanzada porque lo aprendido en el aula se repite en el hogar, como evidencia la limpieza en calles y escuelas, porque a niños y niñas les enseñan a no tirar basura, pues enfatizan la higiene, el cuidado del ambiente.
Confía, pero el desempleo no le da treguas. Sin desatender otras responsabilidades, gestiona la instalación de empresas que generen medios de subsistencia. Con un patronato, impulsan la creación de una industria textil, la confección de ropa interior en una nave contigua al ingenio.
Buscaron ayuda del Fondo Promocional de las Empresas Reformadas (Fonper), que les prometió instalar las maquinarias.
“Todo toma tiempo y trabajo, todo, todo. Si logramos esa industria textil, habrán muchos empleos, tenemos currículum de tantas mujeres que saben coser, pero necesitamos máquinas”.
Otras ideas revolotean en su mente. “Estamos haciendo negociaciones con unos colombianos que van a rentar el taller de tornos, hemos tratado también de hacer un proyecto de hortalizas y de crianza de peces”.
La educadora Ramona Ramos informa que esa empresa también contempla una industria de azúcar en pasta obtenida de la caña, así como fabricar cocoa, industrializar el cacao que podrían llevar del que cultivan en Hato Mayor y El Seibo.
En el ínterin, Consuelo aguarda la atención de las autoridades en las carencias del municipio, entre ellas mejores servicios de agua potable y electricidad.

Centro de salud. Supliendo necesidades, las monjas de la Orden de la Inmaculada Concepción prosiguen su obra social. Al pequeño dispensario dio paso la amplia edificación del centro de Salud Divina Providencia, de alta eficiencia.
Incluye medicina general y familiar, cardiología, pediatría, ginecología, psicología, oftalmología y odontología, una unidad de atención integral y otra de VIH, a cargo de Dulce María Jons. Además, laboratorios, medios de diagnósticos y una botica popular.
Desarrollan el programa “Niños Primero en Salud” y un proyecto de atención médica en los bateyes.
Acuden pacientes pobres que apenas pueden pagar una mínima cuota. La subvención estatal no alcanza, las religiosas reciben donativos de familiares y amigos canadienses y dominicanos, entre otros aportes, insuficientes para cuanto aspirar realizar.
Una razón para que el nuevo asilo, el Centro Geriátrico San Lucas, un moderno edificio apto para 34 personas, solo pueda albergar a 13 ancianos, dos hombres y una mujer, cuyas condiciones de vida han mejorado notablemente, recibiendo en forma gratuita servicios de óptima calidad en alojamiento, alimentación y salud.
“No operamos a plena capacidad y no por falta de ancianos sino de recursos económicos, porque necesitaríamos más empleados”, dice Sor Natividad, gerente de ambos centros, al frente de un competente equipo, entre ellos Jacqueline Rijo, directora, y Milton Rodríguez, administrador.
“Tenemos siete enfermeras, dos personas para la limpieza, y mire lo grande que es el edificio, y en lavandería es mucho trabajo para una sola persona”.

Pese a los crecientes gastos, confían “multiplicar los panes y los peces”, por lo que, aunque en un proceso lento por falta de recursos, evalúan un amplio listado de solicitudes para ingresar al pabellón femenino otras quince mujeres.
Buscando ingresos convirtieron en casa de huéspedes el antiguo asilo que construyó un club rotario de Canadá, de donde, con su siembra de valores, de amor y renovación educativa, llegó en los años 50 Sor Leonor a Consuelo, donde permanecerá impulsando los proyectos pendientes hasta el último aliento.

 

“Consuelo mío”
Amistad y hermandad dieron fin a los conflictos interraciales, confirmando que la prédica de años fue asimilada. Lo reafirmó “que llegaran a tratarse como hermanos, comprender la importancia de la unidad y solidaridad”, expresa Sor Leonor y agrega:
__Al llegar había tres grupos: dominicanos, cocolos y haitianos, peleaban todos los días, con piedras, cadenas, cuchillos, con los puños, con todo. Todos los días hemos conversado con los muchachos diciéndoles que hay que respetar, tratar al otro como hermano, somos todos hermanos porque somos hijos de Dios.
Insistía, pero la respuesta de un joven la entristeció: __Lo voy a perdonar cuando tenga mi venganza. Un día, siendo directora de la Divina Providencia, un profesor le llevó dos muchachos que pelearon, un dominicano y un cocolo. Ella les dijo: __No puedo más con ustedes, no escuchan. Siéntense debajo de la mata y resuelvan el problema porque yo no puedo. Una hora después, volvieron diciéndole que decidieron no pelear más, que eran amigos. __Esto me dio mucho ánimo, enfatiza. Al otro día llegó el padre del cocolo, y dijo: __Gracias por no botar mi muchacho. Aprendí de las hermanas que en realidad somos uno solo.
Eso me hizo sentir feliz, exclama Sor Leonor y aclara que nunca ha tenido intención de expulsar a un niño de la escuela. Tras ausentarse el padre, llegó a su oficina el profesor y escritor Miguel Phipps y le contó lo ocurrido, él fue a su casa y escribió una poesía alusiva que entregó al profesor Jesús Manzanillo, quien le puso música. Surgió así el himno del municipio: “Consuelo Mío”, grabado para recabar fondos destinados a las escuelas.

Coro y orquesta

Otras señales indican que el mensaje caló. Al inaugurar el antiguo asilo actuó el coro estudiantil y la orquesta. Asistieron los miembros del Club Rotario y al oírlos decidieron llevarlos a Canadá, adonde dieron 18 conciertos. Al regresar, sus padres, que son exalumnos, los esperaron con un letrero: “Su victoria es la nuestra”, cantando el himno nacional. Coro y orquesta siguieron sus conciertos en todo el país, famosos por ser actos patrióticos. Sor Leonor evoca el momento: “Les dije no tenemos un lugar donde hacer conciertos para nuestras familias, ganamos el premio “Brugal Cree en su Gente” y empezamos la Casa de la Cultura hace 20 años”.