‘PA’L GRITADERO’ UN DESAHOGO EN TEATRO GULOYA

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La obra del dramaturgo francés Guy Foissy “Dirección gritadero”, llega al Teatro Guloya en una versión del director Hamlet Bodden, renombrada “Pal’Gritadero”; la variación del título, nada nuevo en nuestros tiempos, y la transgresión –así podríamos llamarla– de Bodden, al incorporar un cuarto personaje a los tres creados por el autor, –todos mujeres– no cambia la esencia del relato.
La alteración fonética del título, propia de nuestra forma popular de hablar, la que además emplea uno de los personajes, así como el introito de la representación a ritmo de un pimentoso merengue, definitivamente, le dan un aire localista a la propuesta.
La inquietante fábula de Foissy escrita en 1988, es toda una metáfora de la incomunicación, con una visión futurista, en la que una sociedad deshumanizada y represiva, que bien pudiera ser la de hoy, ha llegado al límite de prohibir gritar, por lo que se han creado los llamados “gritaderos” especie de “zona de tolerancia” para el desahogo individual.
En su argumento, Foissy se vale de tres mujeres –aquí cuatro– “al borde de un ataque de nervios”, que se encuentran en una parada a la espera de un autobús que las llevaría al gritadero, pero la espera se prolonga, como la de aquellos personaje de Becket, eternamente “Esperando a Godot”. El símil es inevitable y consecuentemente los elementos del absurdo aparecerán durante el discurrir del relato.
La espera es punto de partida, espacio intangible que dará albergue a las mujeres que esperan, y como una luz en medio de la sombra propiciará la comunicación entre ellas. La espera se convierte en una especie de catarsis, y los deseos reprimidos, la necesidad de gritar su desesperación y frustraciones, se expresarán en diálogos metafóricos, a través de los cuales conoceremos sus miserias, la personalidad de cada una de ellas, marcadas por roles impuestos por una sociedad autoritaria que intenta controlar comportamientos y hasta la forma de pensar; sin embargo, las discusiones no llevan a las mujeres a ninguna parte, y –víctimas de la cotidianidad–, solo las unifica su postura conformista ante lo establecido.
El espacio escénico escueto, solo unos trazos especie de graffiti y dos bancos, representan esa parada adonde llegan las mujeres que no tienen nombre, sólo un número.
Pero el teatro es sobre todo actuación, y solo a través de la efectividad de las actrices, la obra, una comedia cercana a la farsa, podrá ser proyectada en su verdadera dimensión, lo que es logrado plenamente. La Señora 1 es frívola, un tanto narcisista, se resiste a envejecer. Yanela Hernández, desenvuelta, histriónica, construye este personaje a cabalidad. La Señora 2 es una humilde ama de casa, no por decisión, reprimida, se siente frustrada, su forma de hablar –propia de nuestras zonas rurales – le da el toque localista.

Luvil González, actriz versátil, devuelve la viva imagen de esta mujer apocada, pero no resignada, y haciendo del gesto un medio elocuente de expresión externa, produce momentos contrastantes, dramáticos y de hilaridad.
La Señora 3 con ínfulas de intelectual, siente que no es reconocida. Wendy Alba, con gran prestancia escénica, se apodera del personaje un tanto transgresor, y con parlamentos rebuscados, cargados de fina ironía, invita a las mujeres a pensar, a reflexionar, es una especie de conciencia crítica.

Una cuarta señora es la viva estampa de la ingenuidad. Su inseguridad para tomar una decisión la lleva constantemente a valerse de un mecanismo de la modernidad: las estadísticas. Este simpático personaje recreado por Hamlet Bodden, es encarnado por una actriz de un gran potencial dramático, Patricia Muñoz.
La puesta en escena de Bodden concretada con mínimos elementos y pautada a un ritmo sostenido, incorpora además una movilidad un tanto coreográfica en la que las “señoras” con perfecta coordinación, realizan pequeños y marcados desplazamientos, acompasados por toques percusivos.

La música es otro elemento utilizado que enriquece la propuesta, los primeros acordes del bellísimo “Claro de luna” de Debussy, produce un efecto catártico y une disimiles escenas. Hamlet Bodden, director, dramaturgista, se vale del realismo para la concreción del todo, centrando su trabajo en la capacidad de cada actriz, con una resultante excelente.

 


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