Parteras y cesarólogos (2)

Eusebio Rivera Almodóvar

A principio de los años 80 se intentó implementar un programa, con apoyo de organismos internacionales, que proponía entrenar, con la entrega de material quirúrgico en un maletín o algo parecido, a “parteras empíricas” o “comadronas” para atender a parturientas en lugares de difícil acceso, lejanos de clínicas rurales y hospitales. Me opuse planteando que eso era volver hacia atrás, pues lo lógico era promover la desaparición total de las comadronas a cambio de mejoría de las condiciones de acceso, el establecimiento de más clínicas rurales y el envío de más médicos a los campos. El tiempo me dio la razón; las comadronas desaparecieron.
La disminución del índice de cesáreas en nuestro país a través de la formación de enfermeras obstétricas (en Estados Unidos y Canadá son llamadas “midwives” y en España “matronas”) estaría dejando de lado, en el caso de los hospitales públicos, el rol de los médicos en entrenamiento (residentes) en ginecología y obstetricia así como la realidad de que, donde las parteras profesionales son dejadas a cargo de la atención del parto, requieren de 4 años de enseñanza solamente en obstetricia y una licencia especial después de terminar su carrera como enfermera profesional. La realidad podría golpear a las autoridades de salud cuando el aumento del número de partos asistidos por enfermeras lleve aparejada una dramática elevación de la mortalidad materna porque el precario entrenamiento retrase la detección del alto riesgo y las complicaciones en el parto, con la participación tardía de los residentes de término o especialistas.
Hay que detener la formación pura y simple de “cesarólogos” entrenando verdaderos obstetras que no dependan solamente del uso festinado del bisturí.


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